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Tucumán, sepulcro de la metáfora

Opinión

La polémica generada por una obra de arte expuesta en el museo de la Casa Histórica parece demostrar que la provincia está condenada a la literalidad. Cuando la libertad de pensar es acechada por la policía del significado.

Foto: Diego Aráoz


Un amigo solía renegar de los chistes de Alberto Calliera, el humorista que los tucumanos acostumbrábamos ver por la tele. Argumentaba que el popular cómico explicaba sus chistes, incluso los más obvios. Ante esto, mi amigo se sentía subestimado. Y tenía razón: los chistes no se explican. El chiste está, precisamente, en la tarea de decodificación; en la manera en que el enunciado desafía nuestra inteligencia. Con el arte en sus múltiples formas pasa parecido. Una obra que nos llega ya explicada, masticada y deglutida no implica reto alguno para quien está del otro lado. Es pura cáscara; apenas ornamento. Ofrece un camino lineal y directo que desemboca en un significado univoco, evitando así amplificarse en redes de relaciones y constelaciones de sentido. Sin embargo, muchos prefieren esa papilla desabrida. Acaso para evitarse la tarea de masticar las ideas. Acaso porque no les da la dentadura. Para muestra, basta un botón. Prueben poner la palabra Montoneros en la Casa Histórica y fíjense qué pasa. 

Tucumán parece una provincia condenada a la literalidad. Territorio de realidades explícitas, cuasi pornográficas, sin lugar para la proliferación de sentidos. Cuando estos amagan con reproducirse y multiplicarse, los castradores de conceptos y la policía del significado ponen el grito en el cielo y claman por censura. Añorando quizás viejos tiempos donde pensar y decir eran actividades consideradas peligrosas y proclives al grillete o al exterminio. Hoy y acá, el ejercicio de esas libertades tampoco está exento de la reacción violenta de los sectores más conservadores y de la nunca inocente lapidación mediática. Bien lo sabe la artista Carlota Beltrame, quien estuvo en la mira de aquellos que vieron en su obra “Revés de la trama” una amenaza y una afrenta. Lejos de aceptar la invitación a pensar las zonas menos visibles de nuestra historia y destejer la trama de sentidos de su propuesta artística, la reacción fue negar las posibilidades de la metáfora. Y no hay peor necio que aquel que no quiere entender. 

En su obra, la artista tucumana recupera un episodio histórico poco conocido: el operativo realizado por un grupo comando de Montoneros en febrero de 1971 cuando coparon la Casa Histórica para pintar consignas peronistas en las paredes y plasmar los rostros de Perón y Evita en el salón donde se juró la independencia. En el contexto de la profunda crisis económica y social que había dejado el cierre de los ingenios en 1966, los jóvenes que realizaron esta acción reivindicaron la declaración de independencia económica hecha por Perón el 9 de julio de 1947 allí tras el pago de la deuda externa. Beltrame, traduce al lenguaje de la randa la fotografía de una de las pintadas que decía “Montoneros”. El registro del operativo del 71, incruento y de corte iconoclasta, vuelve al museo en forma de arte para ser revisitado y repensado en el presente. La mera referencia no implica el homenaje ni la reivindicación de aquel episodio histórico ni de la agrupación que llevó a cabo el operativo. Parece demasiado obvio aclararlo, pero esa es la lectura que prefieren hacer quienes abjuran del lenguaje figurado y apelan al histrionismo de la indignación violenta como respuesta; reacción de la que se hacen eco con celeridad los medios. A días de los comicios, el momento elegido para el acting de seguro no es casual. Los indignados pecan más de oportunos que de literales. No sólo leen lo que les conviene, sino cuando les conviene.

El bombardeo mediático es incesante y expansivo a la hora de replicar la falacia. En las redes sociales se comparten imágenes intervenidas de la Casa Histórica donde se aprecian las pintadas realizadas por los Montoneros en 1971, pero que se presentan como actuales. Algunos hablan de la colocación de una placa conmemorativa de aquel operativo comando. Muchos caen en la trampa y replican las publicaciones como cosa cierta, incluidos referentes de la oposición y hasta un funcionario del área de cultura de Yerba Buena que, presuponemos, posee –o debería poseer- la capacidad y el entrenamiento para decodificar el lenguaje artístico. Todos tienen la posibilidad de tomarse un colectivo hasta el museo y apreciar con sus propios ojos la obra y, con ella, los paratextos (un video y una reseña) que permiten contextualizar y recomponer los sentidos expansivos que propone el mensaje artístico. Sin embargo, eligen la puesta en escena y el recorte que nunca es arbitrario. Eligen creer antes que comprender. Eligen creer en lo que quieren creer. Y las ramificaciones del sentido chocan de frente contra la muralla de ese dogmático acto de fe. 


No es la primera vez que algunos tucumanos sienten mancillado el valor simbólico de la Casa Histórica por una acción artística. Ya pasó en 2016 con la intervención con la cual el fotógrafo Res pensaba inaugurar la VII Bienal de Fotografía Documental. Esa vez, el montaje fue vandalizado por un transeúnte al grito de “A la Casa Histórica se la respeta”. Todo aquello que proyecte nuevos y múltiples sentidos sobre la monumentalidad de la antigua casona es visto por algunos como un insulto. Como si el edificio fuera el mismo de siempre y no la deriva de sus distintas destrucciones, reconstrucciones y remodelaciones. Como si los significados fueran los mismos de una vez y para siempre y no una construcción histórica condicionada por nuestro presente. Como si el sentido fuera el mismo para todos. Y como si hubiera legítimos guardianes de aquello que el monumento representa en detrimento de otras miradas. Así pensada, esa casa, nuestra casa, se vuelve ahistórica y acrítica. 

El lenguaje del arte nos permite salirnos de la cómoda monotonía de los grandes relatos históricos para ver qué hay más allá de sus verdades perpetuas. El arte nos redime de pensarnos por siempre en una realidad única, monocorde, sin accidentes ni contradicciones. El arte nos puede salvar de la estéril y desértica llanura de la literalidad en esta provincia que, para muchos y de manera paradójica, es cuna de la independencia, pero también sepulcro de la metáfora.  

Foto: Diego Aráoz para la revista Tucumán Zeta.