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"Vos tenés tres fantasmas acá": pasos, sombras y ataque de pánico en un bar tucumano

HISTORIAS DE ACÁ

Desde que recibió la llave para abrir el local, acondicionarlo e inaugurarlo, el dueño se sentía intranquilo: "Había que subirle el volumen a la música para no escuchar los ruidos. Hasta que pasó lo más espantoso que vi en mi vida".

Fantasmas en un bar tucumano.




“Desde el primer día siento que había que subirle el volumen a la música para no escuchar los ruidos. Había noches especiales en las cuales estaba intranquilo. La gente comía o tomaba algo y se iba. Había una sensación rara”.

Las palabras del dueño del bar tucumano asombran desde que atiende su celular. Jura que nunca le había pasado algo así en su vida, pero sí desde que recibió las llaves del local, abrió, acondicionó todo, e inauguró: “Intentábamos que el clima fuera agradable. Hasta que empezaron a pasar cosas más heavies y te das cuenta que no es broma. Y cada vez era más fuerte: por ejemplo, un par de amigas han visto pasar sombras cuando ya no quedaba nadie en el bar. En el momento me parecían boludeces que uno no le daba bola”.

Los problemas en serio empezaron una noche fría: “Esa noche intento acostarme en el bar porque teníamos que abrir temprano al día siguiente: intento acomodarme y taparme porque hacía frío cuando empiezo a escuchar ruidos: pasos. De boludo había apagado todas las luces para intentar dormir, estaba acostado, pero escuchaba los pasos que se acercaban a mí, cada vez más cerca, cada vez más, ya venía alguien y salgo a la calle y me meto temblando al auto que estaba estacionado afuera. No me olvido más”.

“La segunda vez siento ruido sobre el cielorraso y que a la par empiezan a sonar cajones con botellas contra la pared. Cajones que samarreaba alguien del otro lado. Temblaba todo y esa vez no había sentido pasos como la vez anterior. Es más: todo era en el techo. Pero eran golpes irreproducibles, como secos. Reconozco la dilatación de la chapa, pero era sobre el cielorraso, que no se expande si alguien caminara por encima”.

Mientras el escalofrío nos recorre las piernas, llega lo ocurrido el 31 de diciembre: “Lo peor fue para Año Nuevo: antes de esa noche había visto sombras en la cocina que pasaban por la puertita. Entonces me recomendaron que comprara palo santo: iba sahumando todo con palo santo. Yo creo en Dios así que iba rezando con el palo hasta que sentí escalofrío en tres lugares puntuales del bar: el salón central, la puertita al salón, y el depósito”.

“Cada vez que quemaba palo santo antes de abrir, el bar funcionaba bien. Hasta que pasó lo de Año Nuevo: nos habíamos quedado re poquitos y decido cerrar. No había venido mucha gente. Llovía. Éramos tres chicos y tres chicas cuando pasa lo peor: una de las chicas se va al baño y vuelve corriendo, pálida, a los gritos: ‘¡¿Quién!? ¡¿Quién ha sido?!’ Ojo, quiero aclarar, en serio, algo muy importante: estábamos todos re contra sanos, nadie había consumido ninguna sustancia rara que te podría paranoiquear. Era temprano todavía, estábamos tranquis de verdad”.

“Llega la chica corriendo, nos ve a nosotros tranquilos, se da cuenta que no era nadie y nos cuenta agitada que se le han empezado a abrir y cerrar las puertas, todas las puertas del baño sonaban fuerte. Se estaba terminando de subir el pantalón, ya estaba saliendo para putear a alguien, pero al ver que nosotros no éramos y no sabíamos qué le había pasado le agarró un ataque de pánico. Ha sido espantoso”.

Desconcertado con la situación, el dueño acudió a un brujo: “No sabíamos qué más hacer entonces me recomiendan a un brujo, un señor entrado en años, quien entra al lugar y lo primero que me dice es: ‘Vos tenés tres fantasmas acá’. Yo, la verdad, al principio no le creía mucho, lo pensaba medio chantulín. Pero empieza a recorrer el bar y en los tres lugares donde yo había sentido el escalofrío me dice: ‘Ahí lo veo, ¡ahí está el otro! ¡Acá tenés uno abajo de la tapa, mirá, abajo del sumidero! Le empiezo a creer. Y lo que hizo cuando empezó fue empezar a tirar unos líquidos, nos hizo imposiciones de mano, sacando los espíritus. A medida que iba haciendo las cosas, me anunciaba: ‘Ya se fueron dos, el viernes va a ser el último’. Y cuando se fue el último, fue terrible”.

“Pasó en el baño. Sentimos un reventón. Siempre busqué una explicación lógica a todo lo que pasa: en este caso, pensé que debía ser la pared con humedad, pero cuando entré al baño esta el cemento seco, el pegamento perfecto, pero los azulejos totalmente reventados. Y no se habían caído como puede pasar. No. Han explotado y han volado contra la otra parecita que da a la puerta de salida. Ese fue el último el viernes antes de la cuarentena. El brujo me dijo: ‘Por ahí, por la parte de los azulejos, se ha ido el último. Ahí hay un portal, por ahí se fue’. Creer o reventar, desde entonces el clima es distinto: entro con otra energía, y todo funciona con total normalidad, gracias a Dios”.