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"Te podés ir a tu casa, Leo": el tucumano que recibió el alta de coronavirus

PANDEMIA

Leonardo Arroyo tiene 54 años y trabajaba como personal de seguridad en una empresa de caudales en Buenos Aires hasta que se enteró que era positivo de Covid-19. Cómo vivió la internación y qué se le cruzó por la cabeza en el peor momento. Esta mañana recibió la noticia más esperada: “Caí de rodillas y lloré”. VIDEO





Leonardo Arroyo nació a siete cuadras de la plaza Independencia y vivió en Villa 9 de Julio hasta los 37 años. Sin un mango en el bolsillo de una provincia en crisis, agarró un bolso pequeño, metió dos camisas, tres chombas, un pantalón y se fue a pie a la Terminal de Ómnibus: “Decidí probar suerte en Buenos Aires. Viajé con 10 pesos en la mano y un desodorante en la otra. El colectivo me lo pagó un amigo, Ramón Herrera, y los 10 pesos me los prestó otro amigo, Víctor Ribeiro. Se enojó conmigo porque me iba y me mandó el billete con la mujer”.

Leonardo Arroyo habla con el tucumano y narra un pasaje de su vida con la emoción que siente en cada paso que da desde que esta mañana recibió el alta de coronavirus. Luchador de cien batallas, la pasó mal de verdad: pasó hambre, estuvo sin encontrar trabajo un mes y de a poco la mano empezó a cambiar con la dignidad del laburo: “Empecé como seguridad en un barrio semiabierto por Ruta 8, después pasé al bingo, en un parque industrial de fábrica de cintos, y entré en el Grupo San Miguel de custodio hace 12 años”.

La vida de Leo marchaba sin sustos arriba de un camión de caudales, pasando por los bancos, controlado que no pase nada raro, charlando con sus compañeros de una empresa de 1200 empleados. Hasta que llegó el 20 de marzo: “Empecé con fiebre, estuve 10 días así en mi casa, no tenía tantos síntomas como para pensar en el coronavirus. Hasta que llamé al 107, empecé con tos, subió la temperatura, me mandaron la ambulancia del SAME, me llevaron al Hospital Sanguinetti, estuve el 1° de abril a la madrugada y el 2 llegó mi señora, también contagiada. El 3 a mi hija la derivaron al Hospital Austral y le dio negativo. A nuestra hija menor que vive con nosotros también le dio positivo y está aislada en otra casa. Ese era mi mayor angustia: sentir que las podía haber contagiado”.

Con Leo en una habitación y su esposa Rosa en otra, los días de cofia y pasillos de hospital siguieron así: “Me aislaron en el Hospital, me pasaron a una sala preparada para recibir a la gente que llega con coronavirus, pedí la transferencia al Austral y finalmente me llevaron a la clínica Munro. Ahí pasé los últimos diez días. Me sentía muy mal, culpable de haber infectado a mis seres queridos. Pensaba todo el tiempo: ‘¿Si yo salía bien y mis seres queridos se iban?’ En la clínica no podía dormir, no podía comer, estaba enloquecido. Hasta que hablo a un compañero de la empresa y me dijo: ‘¿Querés escuchar la palabra de Dios? ¿Querés rezar?’ Y recé. La enfermedad es terrible: te ataca los pulmones, te provoca vómitos, diarrea. No podía respirar”.



El primer síntoma de mejoría que recibió Leonardo Arroyo fue cuando sintió cómo las agujas penetraban las venas de sus brazos: “Me sacaron sangre de los dos brazos, después me pusieron el suero común y la mitad de un suero que es todo antibiótico. Al cuadro se suma que tengo asma, diabetes y presión alta. Me estabilizaron después de una placa y una tomografía, el doctor me informó los síntomas que iba a pasar y ese día bajó la fiebre. Pero lo que no se iba era la depresión de sentir que te morís. Fiebre, dolor de garganta y diarrea es constante. El cuerpo te decae mucho, estás mitad conciente y mitad inconciente”.

Este lunes pasado llegó la primera noticia para el paciente tucumano: “La enfermera me gritó: ‘¡Leo, tu señora pasó a sala! ¡Ponete contento!’ Mi señora estaba muy caída, le faltaba ese espíritu, yo conozco la terapia, pero ella nunca había estado. El martes me dijeron que todavía era positivo. Hasta que llegó el día de hoy. Este miércoles a la mañana me dieron el alta. En ese momento me arrodillé entre la habitación y el pasillo y lloré. Di gracias por las mucamas, por la gente de la cocina, por la policía, por toda la gente de la sanidad. Ahí vino la enfermera y me dijo: ‘Leo, podés irte’”.

La voz entrecortada de Leo Arroyo se completa cuando Rosa le dicta desde atrás los nombres de los médicos, las salas, los datos del calvario que ha quedado atrás: “Tengo 54 años y mi pensamiento es jubilarme y volver a Tucumán. Toda mi familia es de ahí, con una mano cuento a mis amigos. Mi amigo que me prestó los 10 pesos para venirme me va a ayudar hasta que me establezca. Me dijo que no me preocupara: ‘La plata no importa’, me dijo. Y créanme que de verdad es así”, suspira Leo, quien sueña con volver a la provincia que lo vio nacer dentro de unos años.

Y hasta tanto se despide sin dejar de mandar un mensaje para todos quienes lean esta nota: “El coronavirus mata. No hay muchas opciones. No me llegó. Hay que usar barbijos. No hay que salir a la calle. Cuando vea a Dios en la cara, no viene a saludarte: te llevamos o te dejamos, te morís o vivís, que la gente tenga conciencia, si soy portador y salgo a hinchar las pelotas puedo matar a una familia. esto no tiene signos sociales, puede matar al pobre o al rico, no discrimina”.