Malvinas: el nuevo skin nacional y popular de Milei
Camaleónico y emulando a Galtieri, el presidente apeló a la causa nacional para recuperar la agenda política. Del dicho al hecho y de la entrega territorial al relato de defensa de la soberanía como un disfraz ideológico que se nota demasiado. Por Exequiel Svetliza.
Milei como Ancap, uno de sus tantos skins.
En el universo de los pibardos gamers, skin es el nombre con que se conoce a la apariencia de los personajes de los videojuegos. En juegos como el Fortnite, Counter Strike o League of Legends; los usuarios tienen la posibilidad de comprar por algunos dólares la indumentaria de los protagonistas. En términos más analógicos, es como vestir a la Barbie o al Ken. Uno le cambia la ropita y le pone algunos accesorios y puede hacer de la misma muñeca una Barbie Doctora, una Barbie Abogada o una Barbie Policía. En los videojuegos modernos, cambiar de skin implica un cambio de facha que no modifica en nada las funciones competitivas ni la destreza del personaje. Quizás rememorando su pasado de cosplayer cuando se disfrazaba como el General Ancap -el superhéroe anarcocapitalista creado por Javier Milei antes de calzarse la banda presidencial-, el líder libertario se vale ahora de la causa Malvinas para cambiar de skin. Como por arte de magia, atrás parece haber quedado el Milei admirador de Margaret Thatcher, el que alguna vez se pronunció a favor de la autodeterminación de los habitantes actuales del archipiélago, el que permitió la fuga al exterior de las reservas de oro del Banco Central (uno de los destinos es Inglaterra), el responsable político del desmantelamiento de la soberanía nuclear, satelital y científica argentina y el que hace menos de un mes mandaba a votar en el Senado para permitirles a los extranjeros comprar todo el territorio nacional que quisieran. Desde el jueves, el presidente luce su nuevo skin nacionalista malvinero; un traje de diseño populista hecho a medida de un oportunismo político con ambiciones electorales. La pregunta es si le cabe el sayo.
Con su reciente apropiación de la causa nacional por excelencia, Milei actúa con la misma ceguera ideológica que Leopoldo Fortunato Galtieri cuando ordenó el desembarco militar en Malvinas que derivó en la guerra contra Inglaterra. La última dictadura militar también estaba alineada geopolíticamente con el Gobierno de los Estados Unidos y creía ser parte de una guerra global para defender los valores occidentales. En abril de 1982, el gobierno de facto realizó la operación militar en las islas bajo el presupuesto de que, dada su condición de aliado estratégico, Estados Unidos se mantendría neutral ante un conflicto bélico entre Inglaterra y nuestro país. El desarrollo de los acontecimientos terminaría demostrando que se trató de una presunción ingenua. Si bien al comienzo del conflicto el gobierno de Ronald Reagan hizo de mediador entre ambos países, con la escalada bélica, terminó por brindarles a las fuerzas británicas y de la OTAN un apoyo militar y estratégico clave para el desenlace de la guerra. Creer que ahora los Estados Unidos romperán esa alianza histórica con Inglaterra para sostener el reclamo argentino de soberanía en Malvinas es pecar, otra vez, de estúpido.
Cuando uno analiza el acting patriótico de Milei del jueves por cadena nacional con una perspectiva más amplia, es bastante más probable que el presidente argentino esté actuando como el che pibe de Donald Trump en su reclamo a Inglaterra por no apoyar militarmente el bloqueo impuesto en el estrecho de Ormuz que encarnando una justa reivindicación soberana. Nada hace vislumbrar en el contexto actual que estemos ante una reconfiguración del mapa geopolítico que juegue a favor del reclamo histórico de nuestro país respecto de las islas. La soberanía de Malvinas aparece como una moneda de cambio entre viejos amigos que se sacan los trapitos al sol. En todo caso, ni en 1982 ni ahora ni nunca Estados Unidos fue garante del reclamo soberano argentino. Creer que esta vez sí lo será sólo puede responder a un prodigio de la fe o a otro delirio etílico como aquellos que acompañaron las decisiones de la Junta Militar comandada por Galtieri.
Los anuncios del presidente hablan más de un volantazo ideológico, funcional a la recuperación de una agenda pública signada por la crisis económica y los múltiples casos de corrupción que acechan al Gobierno, que de una acción estratégica para recuperar Malvinas. En los dichos, Milei devino, de pronto, en defensor de los intereses nacionales. En los hechos, no anunció nada nuevo. En cuanto a las medidas para impedir la extracción de hidrocarburos que llevan adelante las empresas Navitas (Israel) y Rockhopper (Reino Unido) en la cuenca Malvinas Norte, el mandatario apeló al cumplimiento de la ley 26.915 (legislación que prohíbe de forma taxativa explotar hidrocarburos en la plataforma continental sin autorización del gobierno nacional). Se trata de una ley sancionada en noviembre de 2013 y promulgada en diciembre de ese año, durante la segunda presidencia de Cristina Kirchner, que establece sanciones penales y multas severas a quienes exploten hidrocarburos en la plataforma continental sin autorización del Estado argentino. De hecho, en 2021 el gobierno de Alberto Fernández había aplicado esa misma ley contra Navitas Petroleum, inhabilitándola a explorar la cuenca Malvinas y frenando sus operaciones en el lugar. Si al gobierno libertario le interesara de verdad la defensa de la soberanía nacional, podría haber aplicado esa ley antes de que las empresas extranjeras avanzaran con las obras de infraestructura en nuestra plataforma continental en lugar de los reclamos intranscendentes que realizó la cancillería en su momento. Tarde piaste, golondrina.
Tampoco es nueva ni propia la iniciativa de construir una Base Naval Integrada en Tierra del Fuego. Lo que Milei anunció con bombos y platillos el jueves es un proyecto que arrancó en 2022 durante la gestión de Jorge Taiana como Ministro de Defensa. El actual Gobierno libertario, en el marco de su política de frenar la obra pública para lograr el tan mentado equilibro fiscal, paralizó el desarrollo del proyecto que, según datos oficiales, presenta actualmente un avance físico de apenas el 9,13%. En otras palabras, el presidente anunció que reactivará la obra que su propio gobierno detuvo.
Lo que sí es novedoso y, a la vez, bastante peligroso en el discurso de Milei es su invocación a la llamada Doctrina de Seguridad Nacional. Como advirtió el historiador Federico Lorenz en una nota publicada en Revista Anfibia, se trata de un paradigma de seguridad que empezó a consolidarse en nuestro país en la década del sesenta en el marco de la guerra fría. A partir de esta doctrina, la amenaza dejó de identificarse con otro país para asociarse con conflictos sociales, organizaciones políticas, movimientos sindicales, grupos estudiantiles o cualquier actor percibido como potencialmente desestabilizador. Vale decir que esta fue la piedra basal para la construcción de un enemigo interno y la puesta en marcha de los aparatos represivos del Estado durante la última dictadura militar. La Doctrina de Seguridad Nacional busca más controlar y vigilar a los propios habitantes que proteger a la Nación de amenazas externas.
La bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” que desplegó la Selección en el mundial luego del triunfo contra Inglaterra reactivó el poder de unanimidad de la causa nacional y popular. Una sociedad fracturada por distintas divisiones ideológicas y partidarias que se vuelve a encontrar en el idioma común de la patria. Es ese el lenguaje al que apela ahora Milei en un momento crítico y de profunda debilidad política para su gobierno. Su llamado a la unidad nacional y el pedido a la oposición de “bajar las armas” para encolumnarse tras una causa común suena más a un pedido de tregua que a un auténtico afán de construir un consenso político democrático. En plena debacle de su gestión, jugó el comodín de Malvinas para avivar los sentimientos que la causa ha despertado históricamente en los argentinos. Una jugada ya conocida que cierto sector del periodismo ponderó como de inteligencia política y que otros interpretan como un auténtico manotazo de ahogado.
Lo cierto es que la malvinización espontánea de Milei les sirve a sus esbirros mediáticos para instalar un discurso nacionalista bastante simplista, confuso y maniqueo. Según ese relato, oponerse al uso político de la causa Malvinas o cuestionar las decisiones del presidente equivale a ponerse del lado del enemigo y convertirse automáticamente en un traidor a la patria. Una trampa intelectual que opera ocultando una contradicción flagrante sobre la que advirtió el filósofo León Rozitchner –padre del obsecuente tuitero libertario- en plena guerra de 1982: un gobierno que somete a su propio pueblo no puede llevar adelante una lucha anticolonial como la que expresa Malvinas. O como lo planteó Martín Balza, una vez recuperada la democracia, al referirse a quienes condujeron la derrota bélica en las islas: “Malvinas es una causa noble usada por bastardos con fines bastardos”.
Quizás ustedes eran demasiado chicos para recordarlo, pero a esa película ya la vimos. En aquel invierno aciago de 1982, cuando Galtieri decidió que las Fuerzas Armadas recuperaran militarmente las islas, las papas también quemaban. La Tercera Junta Militar se enfrentaba no sólo a las denuncias de los organismos de Derechos Humanos y a la condena internacional por los crímenes del terrorismo de Estado, sino que también lidiaba con las consecuencias del plan económico de José Alfredo Martínez de Hoz –no muy distinto del actual- que habían dejado al país en un contexto de recesión y creciente inflación (el salario mínimo solo cubría el 21% del costo de la canasta familiar, la tasa de desempleo alcanzaba el 10,3% del total de la población activa y el endeudamiento público ascendía a 14.610 millones de dólares, por mencionar sólo algunas de las estadísticas más alarmantes). La dictadura vivía su declive agónico y no encontró otra salida que apelar a la única causa capaz de generar consenso en la población: Malvinas. De otro lado, el gobierno de Margaret Thatcher también afrontaba un horizonte político de crisis. Al final de esa película ya todos lo conocemos.
El satánico Karl Marx dijo alguna vez que la historia ocurre dos veces: la primera vez como tragedia y la segunda como farsa. En el ensayo general para la farsa actual, un camaleónico Javier Milei decidió calzarse el skin de redentor de la gran causa nacional, pero su performance resulta una pantomima berreta y poco verosímil. "Era grande el finao", decía una tía cuando alguien vestía una prenda que no le quedaba. Y al presidente el novedoso traje de patriota que luce ahora le calza holgado. No sólo eso, si uno mira con atención, notará que está surcado por una cremallera que devela su inexorable condición de disfraz.






