OPINIÓN

La bandera de Malvinas y el micelio de una patria en peligro

El efecto mariposa de una sábana de hotel que se convirtió en bandera y activó los anticuerpos patrióticos de un país bajo amenaza. La derrota política del gobierno libertario y la victoria de un pueblo agobiado. Por Exequiel Svetliza.

09 Ago 2026 - 11:29

“Dobló la bandera en cuatro y miró el retrato de San Martín, consciente del riesgo que iba a correr. No sabía si el Libertador habría aprobado su plan, pero estaba seguro de que era lo único que podía hacer en ese momento, sin ayuda y agobiado por la responsabilidad de haber nacido argentino”

(Osvaldo Soriano, "A sus plantas rendido un león")

 

Según el efecto mariposa, postulado por el matemático estadounidense Edward Lorenz, precursor de la famosa Teoría del caos, el aleteo de un insecto en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York. En su versión argenta contemporánea, una sábana de hotel devenida en bandera improvisada, al ser exhibida en un estadio yanqui, puede activar los anticuerpos patrióticos de una Argentina bajo amenaza interna y frenar–sólo por el momento- las aspiraciones coloniales de un gobierno que de nacional tiene bastante poco. Cuando el régimen mileista y sus aliados se aprestaban a ponerle un bidón al territorio del país para que cualquier magnate extranjero pueda comprar su tajada sin restricciones, la bandera con la consigna “Las Malvinas son argentinas” que desplegó Giovani Lo Celso en Atlanta, tras la victoria ante Inglaterra en la semifinal del mundial, generó un efecto dominó. No sólo obligó en su momento al oficialismo a postergar el tratamiento en el Senado de la llamada Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, sino que además despertó células comunitarias que parecían adormecidas. Así como los hongos extienden su compleja red de conexiones subterráneas para informar a cada árbol del bosque el inicio de un incendio forestal, la bandera parece haber despertado el micelio de la patria; esas redes neuronales que nos conectan entre nosotros y con una idea colectiva que nos trasciende. Quizás suena exagerado atribuirle semejante prodigio a una tela y a una frase, pero la premisa malvinera sentó las bases del lema “La patria no se vende” con que millones en todo el país se levantaron en defensa de nuestro patrimonio. La pregunta es cómo se encauza ahora el ímpetu revolucionario de esos ríos profundos. 

Pasó el mundial como un oasis pasajero que le permitió al Gobierno nacional no sólo esconder bajo la alfombra la renuncia de un incinerado Manuel Adorni, sino que también aprovechó la distracción futbolera para tomar más deuda –primero, un vueltito de 5000 millones de dólares contraído el 22 de junio con entidades financieras internacionales y con la jurisdicción de tribunales de Nueva York ante eventuales litigios y, después, 3200 millones de dólares más el 8 de julio -, continuar con el cesanteo de trabajadores y el desfinanciamiento de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), anunciar una ola de nuevas privatizaciones para pagar deuda -de AySA, del ferrocarril Belgrano Cargas y de dos centrales termoeléctricas, entre otros valiosos activos estatales- y concesionar por 25 años la vía navegable del río Paraná a la empresa de una familia cercana a Santiago Caputo. La cereza de ese coctel entreguista era conseguir la aprobación de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada – en la que se incluía la derogación de la Ley de tierras y del tope de un 15% para el total de las tierras rurales del país que pueden estar en manos extranjeras-; otra obra maestra de la desregulación de Federico Sturzenegger hecha a medida de los tecnomagnates como Peter Thiel y su interés en usar los recursos naturales de la Patagonia para el desarrollo de Inteligencia Artificial. Pero el 15 de julio apareció la famosa bandera en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta, el aleteo de la mariposa que más tarde influyó en la derrota legislativa del oficialismo –o una victoria a medias, depende quién lo cuente- el jueves pasado en el Congreso. 

La imagen de los jugadores de la selección con la bandera se volvió viral rápidamente y recorrió el mundo. El reclamo por la soberanía de las islas regresó por un momento a la agenda mediática, a tal punto que “Las Malvinas” fue lo más buscado en Google por aquellos días. A nivel global, la postal mundialista sirvió para que muchos se enteraran de que existe una disputa histórica entre nuestro país y una potencia colonial por ese territorio usurpado por Inglaterra en 1833. A nivel nacional, revitalizó el poder simbólico de acaso la única causa nacional y popular que todavía logra trascender las divisiones ideológicas y partidarias para generar un alto grado de consenso colectivo. Aunque esa capacidad de unanimismo sea una potestad que la causa Malvinas ha conservado a lo largo de la historia, no deja de sonar como un milagro en una sociedad muy fracturada y atomizada como la Argentina actual. Mientras la imagen icónica de la sábana con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” se volvía bandera, remera, grafiti, calcomanía, tatuaje y hasta pines, como esos que reclamó con berrinche al bloque opositor Patricia Bullrich en la sesión del Senado; el Gobierno no tardó en manifestar la incomodidad que le generó el episodio. 

Aunque inicialmente respaldó el gesto de los jugadores, el presidente Javier Milei luego calificó a la consigna como una “frase impertinente” y a la exhibición de la bandera como un “actuar imprudente”. También se jactó de que la diplomacia de su gestión había logrado avances históricos en la recuperación de la soberanía de las islas. Sin embargo, como muchas de las premisas que dice y repite el líder libertario, eso no se sustenta en los hechos. Si al gobierno nacional le importaran las Malvinas, podría empezar por exigir el cumplimiento de la ley 26.915 (ley que prohíbe de forma taxativa explotar hidrocarburos en la plataforma continental sin autorización del gobierno nacional) para impedir la exploración petrolera que llevan adelante las empresas Navitas (Israel) y Rockhopper (Reino Unido) en la cuenca Malvinas Norte, parte de la plataforma continental argentina. Pero la cancillería se limitó a emitir un reclamo intrascendente, aun cuando existe un antecedente de 2021 cuando el Estado argentino logró aplicar esa ley contra Navitas Petroleum, inhabilitándola a explorar la cuenca Malvinas. Hasta el momento, una sábana pintada a las apuradas hizo más que el Gobierno nacional por la soberanía de las islas. 

¿Podía el gesto de los jugadores con la bandera de Malvinas trascender el plano simbólico para traducirse en una acción colectiva? ¿El reclamo por las islas podía amplificarse en una demanda territorial más amplia donde la disputa no es ya contra una potencia extranjera usurpadora, sino contra la ambición entreguista del propio gobierno nacional? Decía Borges que llamamos azar a nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad y la bandera fue, sin duda, el puntapié para que “La patria no se vende” se transforme en una consigna colectiva; un axioma que logró la adhesión no sólo de algunos referentes de la Scaloneta, sino también de numerosas personalidades del arte y la cultura nacional. Incluidas figuras impensadas como Emilia Mernes y Tini Stoessel, estrellas teen ajenas a la discusión política. El Gobierno libertario comenzó a perder la batalla en su bastión favorito, las redes sociales. Y terminó de perderla ahí donde el pueblo libra las luchas que consiguen torcer la historia: las calles. 

La movilización masiva del jueves en las inmediaciones del Congreso fue una expresión popular de rechazo a la iniciativa del gobierno. Miles de personas se congregaron a pesar del frío, la lluvia y el despliegue militar de las fuerzas de seguridad. En CABA, la jornada de protesta terminó con un saldo 1500 heridos y 29 detenidos. El gobierno apeló a la represión como única respuesta posible en un claro síntoma de debilidad política, tal como lo plantea la filósofa Hannah Arendt: “La violencia aparece donde el poder está en peligro, pero, confiada a su propio impulso, acaba por hacer desaparecer al poder”. Aunque el oficialismo logró la media sanción de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada en la Cámara de Senadores, la misma pasó a Diputados con muchas modificaciones y sin dos de sus artículos más nocivos: el que pretendía modificar los topes de la ley de tierras –que habían decidido quitar antes del desarrollo de la sesión- y el que buscaba derogar la Ley de manejo del fuego (que establece que el destino de los terrenos incendiados no puede modificarse durante 60 años cuando se trata de bosques nativos, humedales y otros ecosistemas protegidos). El Gobierno y sus esbirros legislativos no tuvieron más remedio que retroceder ante la presión social. Aunque la narrativa libertaria intente disfrazarlo como un triunfo, lo cierto es que se trató de una derrota política que pone en evidencia para quien gobierna el mileismo. 

Si bien el gobierno libertario venía dando sobradas muestras de su afán colonialista, no sólo a través de Javier Milei -confeso admirador de Margaret Thatcher y autoproclamado como el presidente más sionista del mundo-, sino también en algunos funcionarios como Demian Reidel, ex presidente de Nucleoeléctrica Argentina que había declarado que “el único problema de la Patagonia” era que estaba “plagada de argentinos”; lo cierto es que la iniciativa de vender el territorio del país al mejor postor terminó por desenmascarar el carácter antinacional de este proyecto político. Tras la idea de destruir el Estado desde adentro, como propone Milei, no hay ningún recorte de privilegios de la casta política como enarbola su errático discurso, sino el desguace sistemático de los activos estatales para rematarlos y hacerse de los dólares que le permiten sostener el círculo vicioso del endeudamiento estatal. El resultado es ya sabido: hambre para hoy y más hambre aun para mañana. Hasta los que no podían o no querían ver comenzaron a verla y también a sentirla. Hoy, a la luz de los hechos, ya no se puede evitar la condición de cipayo y vendepatria al defender el modelo mileista. 

Puede que se trate de un efecto residual de ese colectivismo excepcional que vivimos a lo largo del mundial; esa sensación de ser parte de una comunidad con un objetivo y un horizonte común. La comprobación de que todavía podemos celebrar, entristecernos o enojarnos por lo mismo. O la ejemplaridad de esa resiliencia futbolística de la selección que nos impele a pelear hasta el final. A pelear por una misma causa, por lo que es de todos. Quizás estamos ante una oportunidad histórica para remalvinizar la sociedad y defender lo nacional. Pero lo cierto es que, aunque el micelio de la patria se encuentre activo y en estado de alerta, por el momento, no hay una fuerza política opositora organizada y con capacidad de conducir el destino de ese subsuelo sublevado. Ante un equipo perdido en sus propias mezquindades; un equipo que no juega a nada, no nos queda otra que caer en la actitud autocomplaciente de hacernos hinchas de la hinchada. Endeudados, empobrecidos, explotados y agobiados por la responsabilidad de haber nacido argentinos, doblamos la bandera a la espera de la próxima batalla. 

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