El runrún in crescendo de que el presidente está solo y enfermo empieza a transformarse en un postulado que se acepta como probable. Y esto es muy peligroso para nuestro país. Por Sisto Terán Nougués.
(Imagen que ilustra la nota en sistoteran.substack.com)
Los acontecimientos sociales suelen sorprender a todos aquellos que nos preocupamos por tratar de interpretarlos.
El individuo juzga los hechos desde su perspectiva subjetiva que, si bien puede variar con el tiempo, usualmente está anclada a un esquema previo de prejuicios y valoraciones ideológicas que condicionan de alguna manera su visión respecto de lo que sucede en derredor suyo.
Las sociedades son conglomerados dinámicos, y sus opiniones tienen un mayor grado de volatilidad, ya que la influencia de los entornos se manifiesta con mayor fuerza, y se producen “efectos contagio”, que silenciosamente van formando corrientes de opinión que terminan disparando actitudes comunitarias.
Está claro que es muy arriesgado expresarse en términos de comportamiento social, como se se tratara de un accionar unificado y homogéneo, pero el lector entiende que cuando hablamos de estas cuestiones nos estamos refiriendo a una impresión personal de lo que parecieran, a nuestros ojos, constituir los vaivenes emocionales del accionar de las mayorías.
Como individuo he manifestado reiteradamente, desde hace mucho tiempo y casi en soledad, mis impresiones sobre el rumbo del actual gobierno nacional y sobre la conducta misma de nuestro Presidente de la Nación.
Mi frontalidad me ha valido incluso cuestionamientos hasta de amigos personales que me manifestaron su discrepancia con algunas apreciaciones mías en torno a lo que yo considero “las evidentes anomalías psicológicas de Javier Milei”. Estos amigos encuentran en mis afirmaciones una agresividad implícita que contrasta con la mesura institucional que predico. En vano intento aclarar que no agredo, simplemente describo una situación que veo y que me produce mucha tristeza. Muchos de ellos rechazan mis notas, porque consentirlas implicaría dejar al descubierto que apoyaron a alguien que no está en sus cabales para ejercer los más altos destinos de la Nación.
En octubre del 2025, la sociedad se expresó y usó los comicios de medio término para apoyar firmemente al Presidente y sus políticas. El resultado electoral dejó de lado mi visión subjetiva, y las mayorías pensaron distinto y lo expresaron en voz alta a través de su voto. Mi profundo amor a la Democracia me hizo escribir una columna bajo el título “El Pueblo ha votado”, en la cual expliqué que los verdaderos demócratas son aquellos que acatan el veredicto popular cuando este es esquivo a sus convicciones. No debemos culpar al electorado de nuestra incapacidad para explicar nuestras posiciones y puntos de vista.
Por eso mantuve esta prédica perseverante e insignificante desde lo meramente cuantitativo. Continué advirtiendo sobre la preocupante costumbre de agredir con violencia y bajeza al adversario y sobre las consecuencias dañosas de una política económica dogmática, cuya carencia de empatía y solidaridad social estaban produciendo graves daños en el tejido social, en especial a nuestra castigada clase media, cuya “movilidad social ascendente” estaba agonizando.
Seguía escribiendo, pero el mensaje no trascendía. Solo era recogido por unos cuantos, y nada hacía presumir que algo cambiaría en el corto plazo.
Hoy, sin embargo, parece que algo ha cambiado en la Argentina. Los comunicadores sociales han recogido el guante, y no ahorran críticas al Presidente y sus políticas económicas. Hasta los más allegados y fidelizados por la ideología o el “sobre”, parecen estar tomando distancia prudencial. Es como si de la noche a la mañana se hubiera producido un despertar colectivo.
Hace meses que venía insistiendo con temas como los cierres de empresas, el deterioro de nuestras rutas o la morosidad familiar creciente, pero los temas no cobraban envergadura como para formar agenda. Las peripecias funestas de Adorni y los escandaletes domésticos distraían la atención, y no se hablaba de lo que tenemos que hablar: los problemas reales de la gente.
Los mismos que antes se tapaban los ojos y simulaban no ver ni escuchar las barbaridades que decía Milei, o que las justificaban o minimizaban su importancia, hoy parecen haber tomado nota de que la mirada social ha cambiado y que no se puede dar la espalda a esas fuertes sensaciones colectivas que están aflorando.
Javier Milei ha tenido dos apariciones fulgurantes, que sucedieron a un aislamiento de más de diez días que mueve a sospechas sobre, al menos su estado anímico.
Reapareció en el Council of the Americas y en la Bolsa de Comercio de Rosario. La imagen que proyectó asustó a propios y extraños. Sus balbuceos acostumbrados eran sucedidos por explosiones de rabia, y sus dichos destilaron la agresividad que le caracteriza desde siempre.
Pero esta vez no le causó gracia a nadie. Sus arrebatos y sus burlas contra los deudores, sostenidos con argumentos falaces y datos absurdos, no encontraron eco alguno en la audiencia. Es más, todos salieron consternados. Más de uno empezó a hablar de insania o alteración emocional del Presidente.
Me llamó poderosamente la atención la reacción de los principales comunicadores, de todos los medios, incluso los más afines. El rechazo fue unánime, y la propagación de opiniones respecto de la falta de salud mental presidencial se transformó en una reacción viral que nos llega desde distintas procedencias.
Intrigado, y a disgusto, me propuse ver los videos de esas dos presentaciones de Milei.
Con sorpresa lo que vi, es tan solo más de lo mismo, de eso que viene haciendo hace años, de ese estilo furibundo que tanto me choca, pero que al parecer las mayorías consideraban atractivo, disruptivo y auténtico.
Los eventos eran muy parecidos a tantos otros muy cercanos en el tiempo, y nunca hasta hoy había visto yo tanto rechazo.
¿Qué está pasando?, me pregunté. ¿Por qué ahora molesta tanto que Milei se sobrepase en sus discursos y sus insultos?
Entonces me di cuenta que lo que está pasando es que la sociedad ha empezado a dar uno de esos giros de opinión pública vertiginosos, que tipifican en ocasiones sus conductas colectivas. “Le picaron el boleto”, dijeron algunos. “Se destruyeron las expectativas”, afirmaron otros. Lo cierto es que, aparentemente la sociedad le ha empezado a dar la espalda a un personaje que aparece como disociado de la realidad, imbuido en un mundo dogmático en que él, y solo él dicta las reglas y conforma sus propios contenidos.
Un amigo muy perspicaz me señaló que Milei en sus últimas intervenciones había dirigido sus insultos y sus burlas grotescas, no contra un opositor, ni en desmedro de un empresario o un periodista conocido. Esta vez cargó su caballería contra la gente de a pie, la fulminó por su presente doloroso, se desentendió de sus problemas y les transfirió la exclusiva responsabilidad por sus padecimientos. “Nadie les puso una pistola al pecho para que tomen una deuda”, o se “endeudaron para comprar un televisor para ver el mundial”, frases acompañadas de gesticulaciones descalificatorias y ofensivas tuvieron como destinatarios a los más sufridos, a los marginados directos como consecuencia de sus políticas, a aquellos a los que le había prometido paraísos y los condenaba al purgatorio o al infierno.
Puede ser que esa nota distintiva marque alguna diferencia, pero lo que sinceramente creo es que se produjo un cambio abrupto del humor social y se ha empezado a perder la paciencia y desaparece la esperanza de un mañana mejor.
El runrún in crescendo de que el presidente está solo y enfermo empieza a transformarse en un postulado que se acepta como probable. Y esto es muy peligroso para nuestro país. En este contexto resulta casi imposible sembrar elementos que ayuden a reactivar una economía destruida. Las empresas cerradas no tienen fecha de resurrección probable y los empleos formales perdidos tienen toda la pinta de haber desaparecido para siempre.
La vida social se expresa siempre en forma de fotografías, aunque se trate de una película. Las fotografías se expresan con ritmo vertiginoso y cambian, como si se tratara de diapositivas proyectadas con la velocidad de un rayo. La noticia de ayer pasa a ser pasado remoto hoy, y es por eso difícil vaticinar el futuro. Pero la foto de hoy es angustiante. Un Milei desbordado, con un gabinete paralizado, una oposición fragmentada en peleas mediocres y una sociedad desencantada, no configuran un escenario auspicioso.
Y en paralelo a este drama, siguen pasando cosas. El “affaire ” Cerimedo amenaza con socavar aún más los cimientos morales del gobierno. Me niego a describir su patología criminal que se ha desenvuelto en tres países al más alto nivel de los poderes públicos. Basta solo una nota al pie, una mención marginal que llama la atención respecto de la catadura moral de la nueva casta que se ha apoderado del poder. Espert y sus contactos con el narcotráfico, los troles con sus mandatos de furia destructiva, Spagnuolo y el 3% de Karina, la megaestafa $Libra, personajes extravagantes encaramados al poder con mensajes de odio, y ahora uno de sus principales difusores y asesores, dueño de “La Derecha Diario”, acusado de doble intento de asesinato contra su novia y su futuro hijo mediante la contratación de sicarios…Las palabras sobran.
Poco queda por añadir, salvo reiterar la sorpresa que me genera este cambio del humor social, que aumenta con el paso de los días, y que me genera la impresión de que, por primera vez en mucho tiempo, está perdiendo el gobierno la sorda batalla en las redes sociales. “Realidad mata relato”, pareciera ser lo que está empezando a pasar.
Buenos Aires, 27 de Agosto del 2026
Sisto Terán Nougués
Artículo publicado originalmente en sistoteran.substack.com.