Del bot al algoritmo: cómo una conversación fabricada puede convertirse en agenda pública
Las granjas de cuentas no necesitan convencer directamente a millones de personas. Puede alcanzar con fabricar señales de interacción, atraer usuarios reales y lograr que medios y dirigentes conviertan una conversación artificial en un acontecimiento político. Por Mg. Héctor Exequiel Soria
Mg. Héctor Exequiel Soria: Magíster en Políticas Públicas
En la política digital contemporánea no siempre es necesario convencer a millones de personas. A veces alcanza con lograr que millones crean que un tema merece su atención.
La diferencia parece sutil, pero resulta decisiva. Las operaciones digitales coordinadas no necesariamente buscan modificar de manera directa el voto o las convicciones profundas de la ciudadanía.
Su primer objetivo puede ser más concreto: intervenir en la distribución de la atención, fabricar una apariencia de relevancia y empujar determinados contenidos hacia los espacios donde se construye la agenda pública.
El caso del consultor Fernando Cerimedo volvió a poner esta discusión en el centro de la escena argentina. Años atrás, él mismo explicó públicamente una lógica que denominó “relevancia artificial”: la utilización de cuentas coordinadas para generar interacciones y conseguir que los algoritmos otorguen mayor visibilidad a una publicación.
Ya no se disputa únicamente quién produce el mensaje más convincente, sino quién logra enviar las primeras señales que los sistemas de recomendación interpretan como prueba de interés social.
La fábrica de relevancia Imaginemos una publicación que, en condiciones normales, tendría una circulación limitada. Durante sus primeros minutos recibe cientos o miles de interacciones: respuestas, republicaciones, menciones, visualizaciones o “me gusta”.
Una parte significativa de ese movimiento puede provenir de cuentas automatizadas, perfiles administrados de manera coordinada o usuarios movilizados estratégicamente. La plataforma detecta actividad. Su sistema de recomendación interpreta que el contenido está despertando interés y comienza a mostrarlo a más personas. Entonces ingresan usuarios auténticos, algunos para apoyarlo, otros para rechazarlo y muchos simplemente para entender por qué todos parecen estar hablando del mismo asunto. A partir de ese momento, la conversación deja de ser completamente artificial.
Personas reales discuten, se indignan, responden y comparten. Incluso quienes cuestionan el contenido contribuyen involuntariamente a aumentar su circulación. La operación inicial pudo haber sido fabricada, pero la atención que genera termina siendo verdadera.
Este recorrido no ocurre automáticamente ni puede atribuirse a todas las tendencias. Sin embargo, permite comprender por qué las granjas de cuentas no necesitan dominar toda la conversación pública. Les basta con intervenir en su etapa inicial y aumentar la probabilidad de que un contenido atraviese las distintas capas del ecosistema informativo.
Cuando la tendencia se convierte en noticia
El problema no termina dentro de las plataformas. La frontera entre las redes sociales, los medios tradicionales y la política institucional es cada vez más difusa.
Periodistas, dirigentes, asesores y funcionarios consultan permanentemente las tendencias digitales para identificar aquello que supuestamente preocupa a la sociedad.
Si un hashtag acumula miles de menciones, una denuncia se repite de manera persistente o una figura pública recibe una avalancha de críticas, ese movimiento puede convertirse en noticia. Los medios cubren el tema. Los periodistas preguntan por él. Los dirigentes responden. Los programas televisivos organizan debates.
Finalmente, el contenido regresa a las redes legitimado por su aparición en medios y amplificado por nuevas audiencias. Así se completa un circuito de retroalimentación: una conversación que pudo comenzar con señales artificiales termina produciendo consecuencias políticas reales.
La investigadora del Conicet, Natalia Aruguete, ha explicado que estas operaciones pueden aumentar artificialmente el volumen de determinados mensajes, instalar etiquetas, reforzar interpretaciones y producir una apariencia de consenso o rechazo superior a la que existiría espontáneamente.
El verdadero poder de estas prácticas reside, entonces, en alterar las condiciones en las que se desarrolla la conversación pública, no solamente en difundir información falsa. Esta dinámica afecta también al periodismo. Una tendencia digital no debería tratarse automáticamente como una expresión representativa de la ciudadanía.
El volumen de publicaciones no equivale necesariamente a cantidad de personas, y la intensidad de una conversación tampoco demuestra que exista una preocupación social generalizada.
Amplificar no es convencer
El análisis debe evitar conclusiones apresuradas. Detectar cuentas automatizadas o comportamientos coordinados no permite afirmar, por sí solo, que una elección fue alterada o que millones de ciudadanos cambiaron de opinión. Exposición, persuasión y modificación de conducta son fenómenos diferentes.
Una operación puede conseguir que una publicación sea vista por más personas sin modificar sus creencias. También puede fortalecer opiniones preexistentes, aumentar la polarización, desalentar la participación de ciertos grupos o instalar la percepción de que una posición minoritaria representa a una mayoría.
Por eso, las investigaciones rigurosas deben formular preguntas específicas: ¿qué proporción del impulso inicial provino de cuentas coordinadas?, ¿cuántos usuarios auténticos participaron posteriormente?, ¿el contenido alcanzó medios de comunicación?, ¿produjo respuestas institucionales?, ¿existen evidencias de cambios de percepción o solamente se comprobó un aumento de exposición?
Sin esas distinciones, corremos el riesgo de atribuirles a los bots un poder casi mágico o, en el extremo contrario, de minimizar una modalidad real de manipulación del ecosistema informativo.
Una cuestión de derechos humanos
La discusión tampoco debería reducirse a una disputa entre partidos. Estamos ante un problema de gobernanza democrática y derechos humanos.
La libertad de expresión protege el derecho a comunicar ideas, incluso aquellas que resultan incómodas o impopulares. Pero esa libertad no implica que las plataformas, los partidos o los consultores deban operar sin transparencia cuando utilizan automatización para simular apoyo social, hostigar adversarios o alterar artificialmente la visibilidad de determinados contenidos. Cuando una persona no puede distinguir entre una conversación espontánea y una campaña coordinada, disminuye su capacidad para decidir informadamente.
Cuando los algoritmos premian el volumen, la velocidad y la indignación sin considerar el origen de las interacciones, la atención ciudadana se convierte en un recurso susceptible de manipulación. La respuesta democrática no debería ser censurar contenidos ni habilitar controles estatales arbitrarios sobre el debate público.
El desafío consiste en exigir mayor transparencia: identificar la publicidad política digital, facilitar el acceso de investigadores a datos de interés público, informar sobre el funcionamiento general de los sistemas de recomendación, etiquetar cuentas automatizadas y establecer mecanismos independientes de auditoría. También necesitamos fortalecer las capacidades del periodismo. Antes de convertir una tendencia en noticia, una redacción debería analizar si existe comportamiento coordinado, determinar cuántas personas reales participan y comprobar si la conversación posee relevancia social más allá de su volumen digital.
Recuperar el gobierno de nuestra atención
La guerra cognitiva no comienza necesariamente con una mentira. Puede comenzar con la decisión de qué tema veremos primero, qué emoción será estimulada y qué conversación parecerá más importante que las demás. El poder de una granja de cuentas no reside exclusivamente en hacer pasar una falsedad por verdad. También puede consistir en transformar una señal fabricada en atención auténtica, convertir esa atención en cobertura periodística y utilizar la cobertura para provocar una reacción política. Por eso, la pregunta central de nuestro tiempo no es solamente quién produce la información. También debemos preguntarnos quién fabrica su relevancia, mediante qué mecanismos y con qué consecuencias. Defender la democracia en la era algorítmica supone proteger algo tan cotidiano como decisivo: nuestra capacidad colectiva para decidir, sin manipulaciones encubiertas, a qué asuntos dedicamos nuestra atención.
* Mg. Héctor Exequiel Soria: Magíster en Políticas Públicas - Universidad Austral Maestrando en Gobernanza y Derechos Humanos - Universidad Autónoma de Madrid Investigador sobre guerra cognitiva, gobernanza y derechos humanos Fuente de consulta: Chequeado, “Qué es una granja de bots”, 26 de agosto de 2026.
Exequiel Soria
Licenciado en Educación y Profesor de Biología. Maestrando políticas públicas. Alfonsinista.







