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La economía del dolor: por qué el duelo es un proceso saludable e inevitable

En su columna diaria en FM latucumana 95.9, el psicoanalista Alberto Yapur analiza la pérdida de los objetos amados, la dificultad de elaborar los desamores en la era de la inmediatez digital y la frontera exacta que separa una pena esperable de la depresión.

30 Oct 2026 - 11:49

Frente a la muerte y a las pérdidas inevitables de la vida, las sociedades suelen construir rodeos en el lenguaje para intentar nombrar aquello que resulta difícil de asimilar. Al no poder abarcar la finitud, se camina por los contornos del dolor apelando a denominaciones diversas porque, como señala el licenciado Alberto Yapur, “no nos alcanzan las palabras frente a eso que ya no está”. En ese escenario, la clínica psicoanalítica propone una definición precisa: “El duelo es la pérdida del objeto amado, y no necesariamente es una persona; hay duelo cuando perdemos un vínculo, hay duelo cuando perdemos un ideal”.


Existe una diferencia sustancial entre la muerte física de un ser querido y la ruptura de una relación sentimental. Ante el fallecimiento, opera una causa de fuerza mayor e irreversible ante la cual se suele buscar consuelo pensando que la persona se fue en un buen momento o manteniendo el afecto. En cambio, el denominado desamor o “mal de amor” plantea una encrucijada distinta. Según explica el especialista, cuando la persona sigue con vida, “tenemos que elaborar de que se ha ido el vínculo; perdemos el amor netamente”. Al permanecer el otro en el mundo terrenal y estar expuesto al escrutinio cotidiano o digital, surgen preguntas punzantes sobre si la ruptura se pudo haber evitado, desencadenando una profunda sensación de impotencia.

Para comprender el desgaste subjetivo que este proceso acarrea, el psicoanálisis recurre al concepto de economía libidinal desarrollado por Sigmund Freud en 1917. Durante el apego o la convivencia, el sujeto deposita una suma considerable de energía en la figura amada. Si ese referente desaparece, la energía queda desorientada y retorna de manera abrupta sobre el propio sujeto, planteando el dilema expresado en la célebre canción de Silvio Rodríguez: “¿Dónde pongo toda esta energía?”.

Este repliegue energético produce tres manifestaciones que resultan transitorias, habituales y esperables dentro de cualquier proceso de pérdida:

-Incapacidad de amar: expresada en frases típicas como “no, yo no amo nunca más” o “yo no sirvo para el amor”.

-Inhibición productiva: una disminución notable en el rendimiento laboral, académico o cotidiano.

-Desinterés por el mundo exterior: un aislamiento momentáneo para reorganizar el universo interno.

Sin embargo, la cultura contemporánea impone un obstáculo severo a la elaboración de la pena. La aceleración y la exigencia de consumo o respuesta inmediata atentan contra los tiempos lógicos del sufrimiento. Como advierte Yapur, “estos tiempos de velocidad, de celeridad que tenemos hoy, de la inmediatez... van en contra del duelo, porque para el duelo falta tiempo”. Y agrega reflexivamente: “Si a eso lo tapamos escroleando con la infodemia, ¿dónde está el espacio para poder procesar y encontrarnos con nosotros mismos?”.

La frontera entre un tránsito saludable y la patología aparece cuando la persona no logra liberar esa carga y el proceso deriva en la melancolía o depresión. En estos casos, la persona empieza a atribuirse culpas desmedidas e inconscientes por lo sucedido. Es allí donde ocurre el fenómeno descripto por Freud en el que “cae la sombra del objeto amado” sobre el propio yo, dando lugar a fantasías de autocastigo y autorreproches sin vergüenza pública. Pese a la tendencia social a esquivar el sufrimiento, el duelo no debe reprimirse ni encararse como un fallo personal. Atravesarlo es, en última instancia, una muestra de salud psíquica: “Tener duelo en la vida es lo saludable, porque todos vamos a atravesar estas experiencias en algún momento”.


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