Su mujer lo filmó mientras el Santo jugaba la final contra Sarmiento y registró la explosión en el tanto de Bieler. "Tuve dos infartos, un pre infarto y nueve stent, pero no hay caso: enloquezco cuando San Martín hace un gol". La historia imperdible de un fanático, el recuerdo a su hijo, la cargada a los amigos del trabajo y una promesa.
Tufic, los héroes del ascenso y su hijo Camel en el living donde todas las emociones pasaron.
Antes del partido,
Samira, la señora de
Tufic, había encerado el piso de cerámica del
living en la
casa de la familia Drube en Concepción. Era domingo y la tensión se cortaba con el cuchillo en la mesa cuando la hija mayor, tan fanática como el padre, le dijo que después de comer se iba, si la podía llevar a la terminal. “
Camila, te llevo ahora o te vas sola después, no voy a interrumpir el partido”, le dijo, la llevó, volvió y se tomó cuatro miligramos de
clonazepam para dormir la siesta, se despertó a las cuatro, puso TyC Sports, y los nervios no se iban: “Seguía el Gordo
Bonadeo en la tele con las Olimpíadas, pensé que no lo iban a pasar al partido, puse la radio, confirmé el horario y nada che, me tomé otra pastilla más, no pasaba nada,
me asusté hasta que anunció: San Martín – Sarmiento, a continuación”.
Tufic
Drube es el protagonista del
video de San Martín que se
viralizó a través de su grito de gol. Tiene 54 años y es
Ciruja "desde que tengo uso de razón". Hijo de sirios,
su padre ganó la lotería en el 74 y toda la familia se fue a vivir a Siria hasta el 82. “Era difícil estar al tanto de San Martín desde allá, no había tantas formas de comunicación como ahora. Entonces volví en un barco marinero, llegué a
Tucumán, dejé mis cosas en la casa de mis tíos en la
Lamadrid al 2600 y me fui a la cancha. Empecé a ir con mis primos a la
Rondeau, con bombo, redoblante, a todas partes”, relata
Tufic, quien vuelve a ocupar su silla en el
living frente a la televisión para ver la final, con las chinelas de cuero, el piso encerado, el volumen bajo de la tele y la radio fuerte:
“No soporto a los porteños cómo relatan”.
Son las 16.40 del domingo y San Martín sale a la cancha:
Tufic mira el recibimiento de los hinchas y empieza a emocionarse: “Ahora les toca a ellos, a los jugadores. Antes de los 10 minutos tenemos que ir ganando 2 a 0”, le dice a su señora
Samira que anda dando vueltas por la casa, haciendo cosas a su espalda, acomodando, yendo, viniendo, lo que sea para calmar la tensión de la final hasta que se le acerca al marido para confirmar:
“¿Tomaste un calmante?”
La pregunta no es casual, la familia ya venía de la experiencia contra
Dálmine y tiene el historial médico del hombre:
“Tuve dos infartos, un pre-infarto y en julio me pusieron el stent número 9. Contra Dálmine, el día del 3 a 3, no me infarté de nuevo porque los últimos cinco minutos no los ví. Me fui a correr una vuelta a la manzana. Cuando volví a mi casa la veo saliendo a mi señora a los gritos: ¡Ha empatado! ¡Ha empatado!’. En ese momento, todo agitado por la corrida, me senté en el cordón,
levanté los brazos y le dije: ‘Ya está. Vamos a ascender’”.
De vuelta al último domingo, y con todas las precauciones del caso,
Tufic se puso frente a la tele y no podía creer lo que estaba viendo: “En cada grito de gol salgo corriendo a subir el volumen de la radio. No me había terminado de sentar después del primer gol… ¡y ya lo veo a
Gonzalo metiendo el segundo! Salíamos desde el vestuario ganando 2 a 0, y en ese momento supe que no se nos podía escapar. Lo confirmé en el tercero, el que mete el Taca. Lo había visto venir”, cuenta el fanático, que no había visto a
Samira, su compañera de toda la vida y cómplice de la cámara oculta, filmándolo con el celular, desde atrás, ya arrodillado en el suelo, ya con los brazos abiertos y los dedos estirados, ahora agitando los brazos:
“¡¡¡Goooooool!!! ¡¡¡Goooooool!!! ¡¡¡Goooooool!!! ¡¡¡Goooooool!!! ¡¡¡Goooooool!!! ¡¡¡Goooooool!!! ¡¡¡Goooooool, San Martín!!!”. Siete veces un grito incontenible, y una vez más, y otra más, corriendo a subir la radio, patinando por el piso encerado, balbuceando algo ante las imágenes: “Me quería meter por el televisor, no sabía que mi señora me estaba filmando. Después lo ví al
video, y me dije:
‘No me puedo poner así, me enloquezco, salgo loco, voy a explotar”.
Y hay un momento muy especial del grito desaforado de
Tufic en el gol de
Bieler, el que sentenció el ascenso a Primera de San Martín. En su carrera loca por el
living, el padre de familia se acerca a la pared donde están los afectos que ya no están, fotos enmarcadas de los seres queridos, los que alientan desde otra parte, y a los que se les canta el gol, como queriendo abrazarse a esa imagen, dándole un beso en la cara y diciéndole:
“Gol, Camel, gol”, se emociona. “Es mi hijo
Camel que falleció en un accidente de tránsito. Le había prometido llevarlo a la cancha, pero se me fue.
Nunca más pude volver al estadio. Antes iba hasta a los entrenamientos. Pero después de aquel viernes Santo en 2012, hace seis años, ya no pude volver nunca más a la cancha, nunca más pude volver”.
Consumado el ascenso,
Tufic también se acordó de los amigos de la otra vereda, de los compañeros en el
ingenio La Trinidad, donde el fanático se desempeña como Jefe de Seguridad y al que todos los Decanos lo tenían marcado para las cargadas si Sarmiento le arruinaba el día más esperado de los últimos diez años: “Cuando nos fuimos al descenso lloré una semana. Ahora todas las chicas me gastaban y hasta habían comprado una torta color verde como los colores de Sarmiento. Pero se quedaron con las ganas y yo les caí con una torta con el escudo de San Martín y le decoré todo el salón con manteles rojos y blancos. El Gringo, la
vedette mayor, no se presentó el lunes, no apareció a dar la cara. Tampoco fue el martes. Creía que el miércoles ya iba a estar todo más tranquilo, pero no:
¡siguen los manteles ahí y le guardé un pedazo de torta con el escudo! Comió un poco, pero no tocó la costra de merengue roja y blanca”.
La felicidad desborda a
Tufic por estos días. Y ya empieza a palpitar, justo él y su corazón rojo y blanco, lo que será el partido con Atlético por la
Superliga: “¿
Boca-River? ¡Minga! Nosotros, los tucumanos, vamos a jugar ¡el clásico del Siglo! Y los vamos a llevar puestos, lo vamos a pasar por encima. Y que no se descuiden con el descenso, ¿no? Nosotros estuvimos en el fondo del mar y salimos a flote como burbuja de buzo. A la casa vieja no volvemos más, San Martín es de Primera y de Primera no se va”, cierra este fanático enfermo del Santo, con una promesa familiar hecha en el mismo
living del
video viral: “A mi señora, a mi hija mayor
Camila, a
Camel, a mi sobrino
Adnan, al menor Ale
Micael y a mi hija
Micaela ya les dije que voy a volver a la cancha. Después de todo lo que pasó, quiero volver a la cancha. ¿El corazón? Ya tengo cita con mi médico querido, el doctor Julio
Dantur.
Le voy a decir que quiero volver a la cancha. Mi señora dice que no, pero no queda otra: quiero volver a la cancha, quiero ver a San Martín en Primera, quiero verlo otra vez”.