MAFIA PARAESTATAL

Asalto frustrado en un country a Roberto Sagra: quién es el zar del juego que explota el monopolio de la Caja Popular desde hace 30 años y factura más de $54.000 millones (USD 37 millones) por año

El pasado viernes a las 20:30, cinco hombres —uno con chaleco policial— llegaron al country Los Olivos hasta la casa de Roberto José Emilio Sagra; los vecinos evitaron el atraco y la fiscala María del Carmen Reuter investiga si hubo connivencia de la guardia privada, según la crónica policial. El dueño de casa explota desde el 22 de mayo de 1996 —bajo la gobernación de Antonio Domingo Bussi y con la venia de todos los gobiernos hasta la actualidad— el negocio privado del monopolio estatal del juego que administra la Caja Popular de Ahorros: unas 200 agencias de lotería y quiniela y las operadoras Pálpitos, Novoplay, Maverick y Brothering's; tres de ellas declaran al sistema financiero facturaciones de hasta $54.000 millones anuales (unos 37 millones de dólares) y emplean a más de 350 personas —entre ellas, ex dueños de las firmas que se repartían las tragamonedas en 2006, hoy asalariados del zar—. Su fortuna, que estimaciones conservadoras sitúan entre 50 y 100 millones de dólares —en Tucumán solo los hermanos Lucci, con 680 millones según el ranking Forbes de 2018, documentan una mayor—, no figura en ningún registro: no presenta declaraciones juradas, su deuda bancaria no llega a 4.000 dólares y ante ARCA declara como actividad principal «servicios inmobiliarios». Tuvo negocios con Daniel «el Tano» Angelici, el representante Christian Bragarnik y el ex alcalde de Tijuana Jorge Hank Rhon; fue multado por la Unidad de Información Financiera (UIF) en 2012 y señalado como posible testaferro en el juicio al clan Ale. Su vínculo con Cisneros está escriturado: su hijo de crianza, Gustavo Adolfo Cisneros —detenido en mayo en el aeropuerto con una Glock cargada—, le cedió el 80% de Brothering's y le vendió al diputado seis inmuebles del fideicomiso Terrazas Park, el desarrollo de La Gaceta. Y los edictos del Boletín Oficial muestran que en abril de este año, dos semanas después de la apertura de la causa federal, Sagra transfirió el control de Pálpitos a sus hijos de 23 y 18 años y vació la sociedad de sus socios históricos: la familia Sagra se quedó formalmente con el 94% de las acciones.

05 Ago 2026 - 23:49

Roberto Sagra brinda con Champán junto a Daniel "el tano" Angelici (Foto minutodecierre.com).

El pasado viernes 31 de julio a las 20:30, un vehículo con cinco hombres ingresó al country Los Olivos, sobre avenida Presidente Perón al 1.300, en Yerba Buena. Uno de ellos vestía un chaleco de la Policía. La guardia privada de la empresa Smart no aplicó el protocolo de ingreso. Un vecino advirtió el movimiento y se acercó. En ese momento llegaron dos familiares del dueño de casa. Los cinco hombres escaparon; algunos vecinos intentaron detenerlos, sin éxito, según reconstruyó la crónica policial.

La casa es la de Roberto José Emilio Sagra, de 62 años, que reside en Los Olivos aunque registra su domicilio fiscal en otro barrio privado de Yerba Buena: el Country Jockey Club, lote 16 — un dato que, como se verá, importa. El empresario radicó la denuncia al día siguiente. "Mis movimientos son siempre los mismos", declaró: si hubieran querido robarle, dijo, podían haberlo hecho en cualquier otro lugar. Le parecieron sospechosas dos cosas: la conducta del guardia y el uniforme policial. La causa quedó en manos de la fiscala María del Carmen Reuter, con intervención de la ex Brigada de Investigaciones.

Hay un contexto que ninguna crónica policial consignó. El dueño de esa casa orbita, desde hace meses, la investigación más sensible de Tucumán: su nombre y el de su entorno atraviesan la causa que tiene al diputado Carlos Aníbal Cisneros al borde de la imputación definitiva, y en mayo su hijo de crianza fue detenido en el aeropuerto con una pistola cargada. Para entender por qué esa casa concentra tanto interés hay que responder una pregunta que Tucumán esquiva hace treinta años: quién es Roberto Sagra.

"El Ciruja" Sagra: del básquet de Belgrano a la mesa de póker de Angelici

Sagra nació el 30 de julio de 1964. Antes que empresario fue basquetbolista: jugador y entrenador de Belgrano, presidente de la Federación Tucumana de Básquet entre 2007 y 2009, vocal de la Confederación Argentina hasta 2013. En el ambiente dirigencial lo llaman "el Ciruja".

Su desembarco en el fútbol fue por San Martín. En 2011 integró como vicepresidente segundo la lista de Jorge Garber, cuando terminaba el ciclo de Rubén "la Chancha" Ale. Después ganó la presidencia frente a Oscar Mirkin y condujo el club hasta 2021. Su gestión quedó marcada por la guerra abierta con la AFA de Claudio Tapia y Pablo Toviggino tras el torneo interrumpido por la pandemia. San Martín había terminado primero en la Zona B y reclamó el ascenso directo. Perdió la votación de la mesa divisional 31 a 1. Llevó el caso hasta el Tribunal de Arbitraje Deportivo de Lausana, según el perfil que trazó entonces la prensa nacional. En el camino movilizó a la política tucumana entera: diputados radicales y peronistas firmaron juntos la carta de protesta.

De aquella etapa quedó también su vínculo más celebrado: Daniel "el Tano" Angelici. Se conocieron, según contó el propio Sagra, en una mesa de póker porteña que compartían Gerardo Sofovich y Daniel Mautone. Tuvo palco en la Bombonera y asistió a la inauguración del predio de Ezeiza. El póker no es un detalle de color: es un rasgo de familia, como se verá.

Al dejar San Martín, Sagra entregó la presidencia al ultra cisnerista Rubén Bautista Moisello. Moisello acumulaba entonces dos cargos simultáneos: presidente del club y coordinador del Casino de la Caja Popular de Ahorros. El sucesor de Sagra en Ciudadela es, a la vez, empleado jerárquico del organismo estatal que autoriza los negocios de Sagra.

            

Y la sociedad del diputado, Emprendimientos Argentinos SAS —que concentra el 46,5% de su patrimonio declarado—, tiene por estatuto la facultad de designar permisionarios para comercializar los juegos del Hipódromo, como se documentó al revelar que Cisneros tiene una empresa que comercializa el Hipódromo. El que regula y el regulado comparten country, negocio y hasta un hijo de crianza que les vende departamentos.

La ampliación de denuncia agrega un dato que convierte esa convivencia en arquitectura. El estatuto de Emprendimientos Argentinos SAS no contiene una cláusula genérica sino una facultad nominada: "designar agentes y permisionarios para la comercialización de los juegos que se realicen en el Hipódromo de Tucumán". Y supedita expresamente esa operatoria, por partida doble, a la "previa autorización de la Caja Popular de Ahorros de la Provincia de Tucumán" — el organismo sobre el que el propio Cisneros ejerce influencia determinante. El funcionario ocupa a la vez la posición de quien requiere la habilitación y de quien la concede. El escrito pone también en números la otra fortuna del monopolio: entre 2019 y 2024, el patrimonio declarado del diputado saltó de $2.266.226 a $465.711.724 — de unos 60.000 a unos 451.000 dólares al cambio oficial de cada fecha —, con casi la mitad concentrada en participaciones societarias sin desglose.

Dos semanas después de la causa federal, Sagra pasó el control a sus hijos

Lo que los edictos muestran de este año es, quizás, lo más elocuente del perfil. La secuencia se lee sola:

FechaHecho
la falsa denuncia contra los jugadores de Vélez Sarsfield— y se presenta la denuncia por enriquecimiento ilícito


El resultado del reordenamiento del Grupo Sagra, según el edicto del 1 de junio: Roberto Sagra baja del 59% al 40%. Su hijo Lorenzo, de 23 años, pasa a controlar el 30%. Su hijo Santino, el 24%. Santino Sagra Muratore nació el 14 de abril de 2008: recibió la donación de las cuotas de su padre 16 días después de cumplir 18 años — y dos semanas después de la apertura de la causa federal. En la misma operación salieron todos los socios históricos: el abogado Nicanor Ernesto Rodríguez del Busto —socio de Sagra desde hace más de veinte años en las cuatro firmas—, Gonzalo Nahuel Masot, Maximiliano Paolini y Sergio Horacio Feler. La familia quedó con el 94% del capital.

Los precios de esas operaciones merecen un párrafo. En abril de 2024, Sagra le había cedido a Rodríguez del Busto el 2% de Pálpitos por 32.000 dólares. A ese valor de escritura, la empresa entera valdría 1,6 millones de dólares: una fracción de lo que factura en un mes. Es el mismo método de subvaluación que esta serie documentó en la casita de Tafí del diputado Cisneros, valuada hasta 26 veces por debajo del mercado. En este ecosistema, los papeles siempre dicen menos que la realidad.

Un dato más completa el cuadro familiar: los hijos heredan también el oficio. Ignacio Sagra, socio de Pálpitos hasta la donación a su hermano, es jugador profesional de póker: en diciembre de 2023 lideró la primera jornada del Super High Roller del Enjoy Poker Tour en Punta del Este, un torneo con inscripción de 5.500 dólares. Nicolás, el mayor, fundó en 2019 dos fintech: Mis Pagos SRL y One Bit Tech SRL. El apostador, el procesador de pagos y las plataformas: el organigrama generacional del negocio.

La fortuna de Sagra: un océano de dinero de dificil rastreo

Sagra no es funcionario público. No presenta declaraciones juradas y su fortuna no figura en ningún registro: hay que calcularla. Lo que sigue es una estimación de este medio, con los supuestos a la vista. Hay dos caminos independientes para hacer la cuenta, y los dos convergen en el mismo orden de magnitud.

El primero es el presente. Se mide en los informes comerciales que alimentan al sistema financiero. Cada una de sus tres operadoras principales —Pálpitos, Novoplay y Brothering's— declara una facturación anual en la banda máxima del relevamiento: entre $3.600 y $18.000 millones cada una. Sumando los techos de banda, el conjunto llega a hasta $54.000 millones anuales —unos 37 millones de dólares—, con más de 350 empleados registrados. Con los márgenes habituales del rubro y los múltiplos con que se valúan operadoras de licencia cuasi monopólica, solo esas participaciones societarias —la familia retiene entre el 78% y el 94% según la firma— representan varias decenas de millones de dólares.

El segundo es el pasado. Se mide por el flujo. De todo lo que se apuesta, la "banca" retiene —según el juego— entre el 10% y el 30%. Tomando el piso del 10% sobre los 9.500 millones de dólares que el sistema movilizó en tres décadas —la proyección ya citada, sin auditoría pública—, unos 950 millones de dólares quedaron en el circuito. Las firmas de Sagra concentraron más de un tercio de las tragamonedas autorizadas (Novoplay y Brothering's sumaban 360 de las más de mil máquinas habilitadas en 2006), una de las dos únicas plataformas online, el bingo de Maverick y una red de unas 200 agencias de quiniela, según los perfiles publicados en 2020. Asignarle a ese conglomerado apenas el 15% del negocio total es deliberadamente conservador. Aún así, sus empresas habrían facturado en el orden de los 140 millones de dólares en treinta años, con utilidades acumuladas de entre 35 y 50 millones para su dueño mayoritario.

Por cualquiera de las dos vías —el valor presente de las empresas o la renta acumulada—, más los inmuebles, las agencias y las marcas, el resultado converge: una fortuna con un piso de 50 millones de dólares y escenarios plausibles por encima de los 100 millones. Un dato de contexto completa el cuadro: el pliego de licitación de LOTBA al que se presentó en 2020 la sociedad que Sagra integraba con Angelici, Bragarnik y Hank Rhon exigía acreditar un patrimonio neto de 25 millones de dólares.

Los papeles, mientras tanto, cuentan otra historia. En la Central de Deudores del Banco Central, Sagra registra un solo banco —el Macro— y una deuda de $5,8 millones: menos de 4.000 dólares, el crédito de un auto usado. Las centrales privadas de riesgo crediticio lo clasifican en un nivel socioeconómico "B" y le estiman ingresos mensuales que no superan los $7,4 millones: el sueldo de un gerente medio. Y ante ARCA, su actividad principal declarada desde 2013 no es el juego: es "servicios inmobiliarios realizados por cuenta propia". El hombre que administró el negocio del juego de los tucumanos durante tres décadas casi no existe en los registros donde existen financieramente los tucumanos comunes. Esa invisibilidad no es una anomalía. Es el espejo personal del Decreto 1/95 del Poder Ejecutivo provincial, que eximió a la Caja Popular del control previo del Tribunal de Cuentas. El sistema y su principal beneficiario comparten el mismo atributo: operan fuera del escrutinio que rige para el resto.

La comparación provincial da la escala. Los únicos tucumanos que aparecieron en el ranking Forbes de los argentinos más ricos son los hermanos Pablo y Daniel Lucci, herederos del imperio citrícola, con 680 millones de dólares en la edición de 2018. Si la estimación de esta serie es correcta, ningún otro tucumano fuera de esa cima acumuló tanto como el hombre que administró el juego por delegación estatal. Los Lucci construyeron su fortuna sobre el limón. El zar del juego, sobre un decreto.


La casa del Zar tucumano del Juego, sin custodia

Queda la pregunta del principio: qué buscaban los cinco hombres del chaleco policial en Los Olivos. La respuesta la tiene la fiscala Reuter. Pero el episodio, cualquiera sea su desenlace, ya dejó una fotografía: la casa del empresario más protegido del sistema resultó no estar protegida. El guardia no aplicó el protocolo. El uniforme era falso. Los vecinos hicieron lo que la seguridad privada no hizo.

Los últimos cuatro meses dibujan la secuencia completa. En abril, dos semanas después de la apertura de la causa federal, el dueño de casa transfirió su empresa insignia a sus hijos y vació la sociedad de socios históricos. En mayo, el joven que crió bajo su techo —el que conecta su fortuna con la del diputado que maneja la Caja— cayó detenido en un aeropuerto con una Glock cargada. En julio, el expediente federal incorporó a sus empresas como parte de la red del juego. Y a fin de ese mes, cinco desconocidos con un chaleco de la Policía llegaron hasta su puerta. El asalto fue frustrado. El dispositivo que la casa de Los Olivos resguarda —el negocio paraestatal que une a Sagra, a Cisneros y a la Caja Popular desde hace treinta años— sigue intacto. Por ahora.

La Gaceta de hoy 5 de agosto de 2026. Ludopatía y control editorial por parte de Roberto Sagra y Carlos Cisneros.



Fuentes documentales

Boletín Oficial de Tucumán: edictos 25.563 (02/07/2003), 26.297 (31/05/2006), 27.814 (10/07/2012), 28.524 (08/06/2015), 29.530 (12/07/2019), 31.188 (27/04/2026), 31.211 (01/06/2026) y 31.247 (24/07/2026). Informes comerciales al sistema financiero (agosto de 2026). Central de Deudores del Banco Central. Registros de empleadores de ARCA. Registros societarios del mercado de tragamonedas publicados en 2006. Crónica policial de La Gaceta (05/08/2026). Resoluciones sancionatorias de la UIF (julio de 2012). Perfiles periodísticos de 2020 (Letra P; Minuto de Cierre). La Nación (diciembre de 2008). "El Avispero", Enterate Play 90.5 (15/06/2026).

Nota metodológica. Las conversiones a dólares de valores actuales se realizaron al tipo de cambio oficial del 5 de agosto de 2026 (~$1.460 por dólar); los valores históricos, al tipo de cambio oficial de la fecha de cada acto. Las bandas de facturación provienen de informes comerciales que alimentan al sistema financiero: son estimaciones sobre datos declarados, no balances auditados. La cifra de 9.500 millones de dólares en 30 años es una proyección sobre balances internos de la Caja Popular, sin auditoría pública. La estimación patrimonial es un cálculo de este medio sobre la base de los supuestos explicitados en el texto.


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Los funcionarios y empresarios mencionados en esta nota pueden ejercer su derecho a réplica escribiendo a la redacción de eltucumano.com

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