¿A cuándo iremos a parar?

Opinión

El avance sobre derechos conquistados, el cuestionamiento del pasado juzgado y la aparición de pequeños grupos ultranacionalistas que enarbolaron banderas con la consigna "Religión o muerte" preocupan a muchos tucumanos.

Los manifestantes que participaron de la Marcha por la vida.


Es sábado por la tarde y un grupo minúsculo de hombres va a la retaguardia de la denominada “Marcha por la vida” que conmemora el “Día del niño por nacer”. Caminan con paso marcial por el centro de la ciudad como si fueran parte de un desfile militar. Sus atuendos casi castrenses, a esta altura de la historia, sólo pueden ser vistos como disfraces: borcegos negros, boinas con pines de calaveras y preseas color punzó con la leyenda  “Viva la federación” y la figura de Juan Manuel de Rosas, el gobernador de Buenos Aires que en el siglo XIX fue conocido como el restaurador de las leyes. Lejos de camuflar o de ocultar, el disfraz los visibiliza mezclados entre las columnas de manifestantes donde predomina el color celeste que identifica a los militantes del movimiento “Pro vida”. A diferencia de estos, sus banderas son negras, con tibias y calaveras,  como las que flamean en lo alto de los mástiles de los barcos piratas. La consigna inscripta en la tela es una dicotomía tajante, una entre tantas de las que han atravesado nuestra historia y que todavía nos interpelan con fuerza suficiente como para agrietar la realidad en dos polos irreconciliables: Religión o muerte. ¿Pueden vida y muerte convivir en una misma causa sin que la contradicción la inmole? ¿Qué implican estas consignas cargadas de odio del siglo XIX en pleno siglo XXI?

Las banderas negras y el lema de religión o muerte remiten a la terrible sombra de Facundo que, una vez más, vuelve a invocarse, como lo hizo en su momento Domingo Faustino Sarmiento en su afán de explicar las luchas internas de la nación en ciernes. Facundo es Facundo Quiroga, el caudillo federal que usó ese lema como estandarte contra la reforma eclesiástica en la primera mitad del siglo XIX. Se sabe, para Sarmiento Facundo era la encarnación de la barbarie; barbarie que concebía contraria a la civilización. 

Mucho antes, religión o muerte había sido la premisa de las distintas inquisiciones de la iglesia desde el medioevo y su persecución a las mujeres acusadas de brujería, a los homosexuales y demás herejes. Y fue también la consigna con que los conquistadores sometieron y aniquilaron a las poblaciones originarias del continente desde fines del siglo XV. 

Creer o reventar, el sábado el lema volvió a aparecer, paradójicamente, en una marcha convocada para defender la vida desde el momento de su concepción. Aunque se trata de un mensaje de odio -mezcla de nacionalismo anacrónico y fanatismo  religioso- ajeno por completo a las doctrinas de amor que promulga o debería promulgar la iglesia católica, a nadie pareció molestarle entonces la presencia de los federales new age en la marcha. Las repercusiones  y la indignación llegaron recién una vez que la foto circuló por las redes sociales. A muchos pudo parecerle que se trató de un pequeño gueto que no representa a aquellos que se identifican con el movimiento “pro vida”, pero lo cierto es que estos extravagantes personajes que parecen salidos de otro tiempo, se hicieron presentes ahí y ahora. Nada de eso debería parecernos casual. Mucho menos, motivo de risa, aunque luego se haya viralizado como consumo irónico en las redes. 

El movimiento autodenominado “pro vida” tomó forma el año pasado cuando se produjo el debate en el Congreso por la ley de legalización del aborto.  Entonces, salieron a las calles masivamente en contra del proyecto de ley que, finalmente, no fue aprobado. Hasta entonces, el activismo “pro vida” había concentrado sus esfuerzos en abortar la ley, pero una vez logrado el objetivo arremetió contra eso que definen como ideología de género para que no se enseñe educación sexual en las escuelas como lo establece la ley 26150 de Educación Sexual Integral (ESI). También para que no se cumpla con el protocolo de Interrupción Legal del Embarazo (ILE), contemplados por la ley desde 1921 para casos de violación y cuando está en riesgo la integridad física de la madre.  En la marcha del sábado, desde unos gazebos apostados en la Plaza Independencia, los organizadores convocaron a los asistentes a firmar un petitorio para que se trate legislativamente la derogación de una serie de leyes vinculadas a la temática de género: 26150 de Educación Sexual Integral (ESI), 26743 de identidad de género, 24685 de Protección Integral a las Mujeres, 24515 de creación del INADI, 26618 de matrimonio igualitario y 27499, la ley “Micaela”, de capacitación obligatoria en la temática de género. Además, pedían por el cierre del INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo). Es decir, ahora el movimiento pretende avanzar sobre derechos ya adquiridos en lo que supone una vuelta al pasado en materia de legislación existente

No es el único síntoma de retroceso en la sociedad tucumana. Apenas un día después de la “Marcha por la vida”, ante una nueva conmemoración del Día de la Memoria a 43 años del golpe de Estado de 1976, las redes sociales se poblaron de mensajes negacionistas que aseguran que los 30.000 desaparecidos por la dictadura “no fueron tantos ni fueron inocentes”. Ese tipo de discursos suelen ir de la mano de la mentada “teoría de los dos demonios” para la cual el terrorismo de Estado no fue otra cosa que una guerra.  Se trata de auténticos contrarelatos que buscaron y aún buscan deslegitimar las reivindicaciones logradas en materia de Derechos Humanos desde el regreso de la democracia. Hechos ya juzgados y luchas ya ganadas para el conjunto de la sociedad. Cuestionar esa parte de nuestra historia también es una forma evidente de regresión. 

La marcha del 24 de marzo por el Día de la Memoria fue una movilización masiva, mucho más numerosa que la “Marcha por la vida” del día anterior. Pero, al igual que en años anteriores, estuvo dividida en columnas que marcharon separadas por divisiones partidarias. Un signo de que hacia adentro de los sectores que pueden considerarse como más progresistas en la provincia también existen grietas que les impiden embanderarse todos juntos bajo una causa común como lo es la conmemoración del golpe de Estado, falta de unidad que implica un flanco abierto a los grupos más reaccionarios.  

¿Es posible que una sociedad progrese yendo para atrás? El avance sobre derechos conquistados, el cuestionamiento del pasado juzgado y la aparición de pequeños grupos ultranacionalistas de carácter neonazi que enarbolan consignas violentas del siglo XIX como religión o muerte, son señales de alarma que nos obligan a preguntarnos qué  tanto podemos retroceder. En uno de los primeros capítulos de Dark, la serie alemana sobre viajes en el tiempo que puede verse por Netflix, podemos ver a Mikkel, que es un niño aficionado a la magia. Tras hacer desaparecer un objeto, su padre que había presenciado el truco, le pregunta dónde había ido a parar. Mikkel dice que la clave de la respuesta no es dónde, sino cuándo. A la pregunta, propia del sentido común, por dónde iremos a parar como sociedad quizás convenga reformularla: ¿A cuándo iremos a parar en Tucumán?

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