En Simoca o en Nueva York: las raíces tucumanas de Manu Sija
Historias de acá
Una mirada íntima a la vida y a la obra del músico simoqueño que deslumbró a una leyenda mundial del jazz como Pat Metheny y que revolucionó a toda la escena nacional del folclore. Su último disco y su rebelión contra el machismo en la música.
Manu Sija en el estudio de su casa en Balderrama.
Como cualquier niño de ojos encandilados ante la vidriera de una juguetería, de changuito, cada vez que su padre venía desde Simoca hasta San Miguel de Tucumán para pagar las cuentas, Manu Sija -por entonces Manuel a secas-, lo acompañaba y se detenía en Swan, el local de instrumentos musicales de la galería La Gaceta. Todos los meses, una vez al mes, Hugo Sija repetía de manera casi ritual el mismo viaje y, a fuerza de una insistencia que terminó volviéndose un hábito, ese comercio se convirtió en la insospechada guardería de su pequeño hijo. Al principio fue la fascinación de quien se conforma con mirar hasta que llegó el día en que se animó a pedir permiso para tocar. Y le dijeron que sí. Manu, que por entonces ya había aprendido a tocar la guitarra en la vieja guitarra de su padre y el violín en un violín prestado, había encontrado ahí su pequeño paraíso personal. “Cuando yo era chico soñaba con vivir dentro de una casa de música”, confiesa hoy a los 30 años el músico tucumano que llegó a tocar trece instrumentos diferentes en uno de sus cuatro discos, que compartió escenario con artistas de la talla de Carlos Vives, Marta Gómez, Divididos, León Gieco, Los Manseros Santiagueños y que despertó la atención del gurú del jazz Pat Metheny.
Dicen que quienes vienen por primera vez a la casa de la familia Sija en Balderrama, a ocho kilómetros de Simoca y a la vera de la ruta 157, suelen pasarse de largo. El que conoce muy bien el camino y viene cada vez que puede es Manu, que desde hace más de dos años vive en el barrio de Villa Crespo, en Buenos Aires, pero nunca ha dejado de volver. Acá, en esta casa levantada por las manos de su padre, a quien en Simoca todos conocen como Don Huguito, rodeado de un patio y un jardín regados de naranjos y pomelos, nació y se crió el Manuel que de chico bailaba danzas folclóricas y también algunos de los pasos frenéticos de Michael Jackson o las coreografías de Xuxa. Acá, cuando tenía ocho años, Don Huguito le enseñó los pocos acordes que sabía en una guitarra maltrecha. Acá, en lo que primero fue la cocina de la casa y después su habitación, montó un pequeño estudio que fue la usina musical de todos sus discos, menos del cuarto y último, “Creación”, que fue grabado en New York.
En la amplia cocina comedor, Doña Mary, la mamá de Manu, ha servido café para todos. Hay tortillas, facturas, bollos y los rosquetes más ponderados de la localidad. Hay cobijo, calor de hogar. “La ciudad me gusta mucho. Me gustan las ciudades grandes, como yo me he criado acá en el campo, me gusta lo contrario. Lo que extraño siempre es estar con mis viejos o la comida, el sanguche de milanesa, las empanadas, cosas que allá no existen. Igual yo vengo mucho para acá, una vez al mes o una vez cada dos meses”, contará después el músico. Es más que evidente el contraste entre algunos de los grandes escenarios latinoamericanos y de los pequeños bares de jazz de la gran ciudad estadounidense donde ha tocado y este pacifico terruño donde los únicos sonidos son los cantos de los pájaros y el murmullo de los autos que llega desde la ruta. La orquesta natural, telúrica, y esa otra que procede del asfalto son acaso el germen de su música que tiene tanto de aquí como de allá. De lo nativo y también de lo cosmopolita.
A Manu le cuesta recordarse sin la música, como si la música hubiera sido parte de él desde siempre. Un gen, un impulso atávico, un deseo irreprimible que le viene desde el fondo de los tiempos: “Siempre he tenido una relación muy cercana con la música. Me acuerdo poniendo algún casete en el centro musical, ponerlo al mango y bailar”. Ese mismo centro musical fue fundamental en su formación autodidacta, en él surgieron sus primeras grabaciones caseras cuando agarraba los compilados de folclore que su padre tenía en los antiguos TDK y los borraba para grabarse a sí mismo y plasmar su propia voz en la cinta. Recuerda que no le costó demasiado aprender guitarra y que, mientras aprendía los secretos de ese instrumento, ya quería tocar el violín: “Siempre me han gustado mucho los instrumentos, cada vez que alguien traía un instrumento a casa yo lo agarraba y no lo soltaba más. Cuando era chico no tenía la posibilidad de que me compren todos los instrumentos que quería. Empecé a molestar para que me compraran un violín, pero en esa época era difícil, no había violines baratos y nosotros no teníamos un mango. No me lo podían comprar porque no teníamos guita”. Fue hasta que su tía Liliana le consiguió un violín que un primo no usaba. El mismo violín que tocó hasta los 19 años.
A los 9 años empezó un taller de violín en la Casa de la Cultura de Simoca. Ahí conoció a dos de sus compañeros con los que luego formó su primera banda de folclore, Simoca Cuatro, donde tocó la guitarra hasta los 14. Nunca dudó de esa temprana vocación de músico. No dudó y, lejos de traicionarla, fue detrás de ese sueño que para muchos sonaba a una utopía: “En la secundaria, cuando preguntaban qué vas a estudiar, yo decía música y la típica respuesta era: ¿Y de qué vas a vivir? Siempre te hacían la misma pregunta, al principio me daba vergüenza y decía que también iba a estudiar diseño gráfico. Justo un año antes de terminar la secundaria ya empecé a tocar más profesionalmente, intenté tocar folclore como solista un tiempo y después me llamó la folclorista salteña Paola Arias. Y empecé a tocar más profesionalmente. Me ha gustado tomarlo como un trabajo enserio”.
Después de la secundaria, vino la primera de las migraciones: De Simoca a San Miguel de Tucumán para estudiar, en simultáneo, guitarra en la escuela de música y violín en el conservatorio. “En ese primer momento aprendía solo y mirando cómo tocaban los demás. Era más una cosa de intuición y de desarrollar el oído musical. Hasta que sentí que había llegado a mi limite y que había cosas que no las podía tocar y por eso necesitaba estudiar”, recuerda ahora el músico con una voz amable de tonada inconfundiblemente tucumana, pero donde resuenan también cadencias de otras latitudes latinoamericanas. Mientras estudiaba, tocaba cómo músico de distintas bandas de folclore como la de Jorge Rojas y Paola Arias. Después integraría muchas más: Los Manseros Santiagueños, Cuti y Roberto Carabajal, la de la cantante colombiana Marta Gómez y del chileno Nano Stern.

“Lo más loco y volado de la música como el jazz y la fusión lo aprendí en el conservatorio porque tenía una profesora que estaba medio loca con las rítmicas, la Magui Robledo, ella me enseñó las rítmicas irregulares. Eso me voló la cabeza. Muchos de los arreglos que hago ahora tienen que ver con eso”, cuenta Manu Sija. A medida que fue creciendo, fue cultivando el gusto por la música de varios artistas que fusionan el folclore con otros ritmos como Lucho Hoyos, Juan Quintero, Liliana Herrero, Chango Farías Gómez, entre otros. Pero también de otros géneros como Metallica, Rata Blanca y Karma Sudaca. Ahí, en el conservatorio, de la mano de los jazzistas Jean-Luc Ponty y Pat Metheny descubrió los sonidos que cambiarían para siempre su manera de tocar. A Pat Metheny, uno de los más encumbrados maestros del jazz en todo el mundo, lo conocería tiempo después.
Como buen músico millennial, a fines de 2012, Manu Sija subió a YouTube un video en el que toca como multiinstrumentista una versión propia de la canción de Pat Metheny “First circle”. Como buen fanático de su música, le compartió el video a través de sus redes sociales, pero entonces no obtuvo respuesta. En 2015, Manu viajó a New York para compartir escenario con Franco Pinna, el baterista tucumano que reside ahí desde hace ya varios años. Los dos tucumanos junto a un bajista local prepararon una serie de shows por distintos lugares emblemáticos de la escena del jazz estadounidense. El primero de esos espectáculos fue en un local de Harlem. Tras el show, el simoqueño descubrió que el músico estadounidense había ido hasta ahí exclusivamente para escucharlo tocar. Entonces no lo pudo creer y ahora, cuando vuelve a rememorar aquella escena, los ojos le brillan con una emoción especial: “Mis amigos me dijeron: ¡te vino a ver el maestro! Y él estaba parado ahí en el fondo. Si me hubiesen dicho antes de subirme a tocar me hubiera dado un ataque. Cuando me saludó me dijo que me había conocido por el video y que había ido especialmente a verme”. Esa noche Metheny le dio un papel con su dirección de mail. Una semana después, Manu estaba en su casa zapando con él durante tres horas.
“Su música ha sido un cambio para mí porque empecé a sentir cosas que me gustaban mucho y me dieron ganas de hacer algo así. Es una influencia muy grande”, reflexiona el músico. Si bien no volvieron a encontrarse personalmente, siguieron en contacto y fue el propio Metheny quien le recomendó a Linda May Oh, la bajista que lo acompaña junto a Pinna en “Creación”, su último disco grabado en New York. En 2012, Manu había obtenido una beca para estudiar en el Berklee College de Boston, una de las mecas mundiales del jazz, pero la misma no cubría la totalidad de la matrícula así que no pudo acceder a la misma. Sin embargo, algunos de los escenarios más prestigiosos del jazz lo seguirían esperando.
“Creación es un disco con una sonoridad más acústica y más jazzística que el anterior. En este disco no hay loop ni nada electrónico. He elegido los instrumentos con más color a madera en su sonido”, describe Sija su última producción discográfica en la que toca sólo tres instrumentos: bandoneón, violín y guitarra. En “Chango solo”, el disco anterior, habían sido trece. En ese disco hay mucho del entorno tucumano ya que fue grabado en vivo en tres lugares: El Infiernillo, el puente viejo sobre el río Balderrama y el fondo de la casa donde transcurre esta entrevista y donde ahora Roma, la pequeña caniche blanca, empuja con sus patas la puerta para entrar al estudio.

En la música de Manu Sija conviven elementos, cadencias, sonidos que en apariencia –sólo en apariencia- parecen irreconciliables: el folclore más tradicional, sonidos latinos y ritmos cosmopolitas. Las maderas, los cueros de los parches y los cables de la electrónica. Para citar sólo un ejemplo, en “Creación” puede encontrarse una canción como “Rinconada”, a la que él define como una guaracha celta. De todos esos colores y matices está hecha su música; música que al igual que la remera con la que se subió al escenario del teatro Oreste Caviglia cuando vino a presentar su último disco en la provincia, parece la colorida y exuberante flora de otro planeta. Entre lo extraterrestre y lo terrestre por ahí parece vagar su música: “Es difícil no encasillarse en algo, lo que sí tengo en claro es que es música de raíz folclórica que tiene como muchos elementos encima y que por momentos suena a folclore, por momentos a jazz, por momento a música electrónica o pop”.
- Chango, vos deformás mucho las canciones – le dijo una vez uno de los jurados de un Pre Cosquín. Manu, justo él, hizo oídos sordos de ese consejo que más tenía de reprimenda.
El simoqueño vivió en carne propia esa tensión propia de un género musical que siempre parece dispuesto a rechazar todo lo que suene a moderno. Una vez que dejó de formar parte de la banda de Jorge Rojas para iniciar su carrera como solista, Manu se alejó del circuito del folclore tradicional y de los festivales que se extienden a lo largo y a lo ancho de todo el país. Si ya lo habían visto como un bicho raro por la música que hacía, más lo hicieron una vez que tuvo el valor de declarar su orientación sexual. En un medio tan atravesado por el machismo como el del viejo folclore, confesarse homosexual es un hecho de trascendencia política: “Hace rato que no comparto con gente del ambiente de la música folclórica, más por una cuestión personal. Tengo la sensación de que el machismo y todo eso que hay en esa cultura ha ido cambiando, como ha ido cambiando en todos los ámbitos, aunque aún falta mucho. Yo me he recluido de eso en una época. He tenido esa sensación de que el machismo que había hace unos años a mí me ha expulsado de ahí. Yo siento que está bueno hablarlo y decir las cosas para que dejemos de parecer bichos raros, sobretodo, creo que los artistas reconocidos y que tienen mucha llegada a la gente, si son parte de la comunidad LGBTI (Lesbianas, Gays, Bisexuales, personas Transgénero e Intersexuales), lo tienen que decir fuerte y muy claramente para evitar que otra gente sufra”. La novedad es que en el próximo Festival del Limón volverá al ruedo festivalero.
Aunque haya generado con su música toda una revulsión en la escena nacional del folclore, Manu se encarga de dejar en claro que es ahí donde se encuentran sus cimientos artísticos y gran parte de su corazón musical: “El folclore es la raíz de lo que yo hago. Amo la música folclórica tradicional, no tengo ninguna negación con eso. Escucho Los Manseros, los Cantores del Alba, Atahualpa Yupanqui, Leda y el Chivo Valladares; me apasiona la música folclórica. Lo que sí creo que se tiene que acabar es esa cosa de que hay algo que está bien y algo que está mal. Creo que hay lugar para todos y que la música folclórica como venía siendo no va a desaparecer si alguien la fusiona con otra cosa, que es el temor que tienen los más conservadores”. En Simoca, en Nueva York o en Buenos Aires, a este chango que recorre el mundo con su música, pero que no ha dejado de volver a Tucumán, siempre lo conmoverá una chacarera. Hay algo ahí, como un llamado ancestral, como una voz interior, como una condición natural a la que no puede más que volver. Eso que, a falta de mejor nombre, él llama raíces.
Mirá el video de Manu Sija interpretando la canción de Pat Metheny:






