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Un Tsunami de Cordura

TRIBUNA ABIERTA

Algo está cambiando en el mundo. Por Sisto Terán Nougués.

(Foto: sistoteran.substack.com)


La pandemia que azotó la humanidad en el año 2020, hizo que mi reclusión forzada implicara una renovación exponencial de mi insaciable sed de lecturas, y me llevó de la mano a escribir mi cuarto libro, una novela, titulada “Hitler, un pecado colectivo”.

La experiencia resultó novedosa. Abandoné el ensayo, donde me muevo con mayor comodidad, y enfrenté el desafío de escribir una novela histórica en primera persona, asumiendo en simultáneo la personalidad de múltiples protagonistas, incluído el del mismísimo Adolf Hitler, y de alguna manera me las ingenié para establecer algún grado de analogía con los sucesos que condujeron al advenimiento de la dictadura argentina en 1976.

El confinamiento de esa pandemia me había llevado a interesarme en lecturas diversas que daban cuenta de lo que estaba empezando a suceder en el mundo occidental. Angela Merkel nos advertía por el fenómeno del crecimiento, entonces incipiente, de los populismos de derecha con un contenido explícito de violencia que asustaba. Me propuse entonces escribir esa novela para explicar que los fenómenos sociales, las guerras y el ascenso de dictadores mesiánicos al poder, no son circunstancias fortuitas, ni debidas a la irrupción espontánea de “iluminados” que encandilan a las masas. Por el contrario, ese tipo de personajes son la resultante de un pecado colectivo perpetrado por sociedades que comienzan a incubar ideas-fuerzas que se propagan desde la filosofía, la religión y las ciencias, hasta encontrar los canales propagandísticos eficaces para consolidar toda esta masa crítica ideológica e imponerla al conjunto social en forma hegemónica.

Ingenuamente creí que la novela serviría de advertencia para impedir que se incurriera una vez más en viejos errores conceptuales que derivaron en el siglo pasado en derramamientos de sangre que costaron la vida de más de un centenar de millones de personas en las llamadas Guerras Mundiales.

Ninguna advertencia fue eficaz, ni la mía, ni la de pensadores muchísimo más importantes y reconocidos. La ola ideológica de la ultraderecha fue abriéndose paso en casi todos los países del mundo, y sus líderes parecían competir por aparecer como el representante más desvergonzado, ridículo, mal educado, violento, soez y desquiciado de ese sector. Algunos hasta exageraban ex profeso su natural tendencia disruptiva. Cuanta mayor desfachatez mostraban, mayor parecía ser el éxito que obtenían, medido en términos electorales. Las extravagancias que en otro momento hubieran sido tomadas por síntomas de locura, pasaron a ser meras notas de color que adornaban al personaje en cuestión y lo hacían más atractivo para las masas juveniles.

A lo largo de estos casi tres años ininterrumpidos de publicar estas notas, habrán notado mis lectores un fuerte deseo de combatir esa realidad agobiante que parecía haber impuesto para siempre una huella indeleble en el comportamiento de las sociedades. Una y otra vez constatábamos la hegemonía desagradable del discurso del odio, el fomento de la grieta, el uso de los malos modos y la violencia verbal como elemento discursivo, la apología de la irracionalidad y la supremacía del prejuicio sobre el argumento.

Las elecciones, ese veredicto popular que me juré siempre acatar y respetar, en especial cuando la ganaban quienes no eran mis favoritos, se sucedían en América Latina y los resultados se reivindicaban como la irrupción de una ola imparable que parecía homogeneizar el continente en una sumisa e incondicional adhesión a los dictados del mandamás estadounidense, Donald Trump, que financiaba a sus amigos y amenazaba sin pudor a quienes se negaban a someterse a su prepotencia.

Trump y sus acólitos hacían gala de una vulgaridad racista y una violencia que dirigían incluso en contra de sus aliados más antiguos en el concierto internacional.

Las demostraciones de rechazo contra este estado de cosas se multiplicaban por todas partes, pero carecían de la eficacia para transformarse en una herramienta clara que indicara que el rumbo empezaba a modificarse. Muchos expresaron su desaliento ante una realidad que les resultaba incomprensible.

La ultraderecha se sintió investida de aires de invencibilidad y asumió que su derrotero triunfalista era irreversible. Detrás de los exaltados, los poderosos señores tecnofeudales, megabillonarios con un egocentrismo exacerbado y una ausencia absoluta de solidaridad social, disfrutaban su momento y se sabían dueños reales de un poder usando en su beneficio a los títeres que habían encumbrado con la ayuda del algoritmo y sus millones. Con habilidad increíble habían convencido a las masas de que la mejor política económica era aquella que les quitaba impuestos a los ricos y aniquilaba beneficios sociales a los más necesitados. ¡Realmente una hazaña propagandística digna de mejor causa!

Los políticos tradicionales, y los diplomáticos experimentados no podían encajar en ese desopilante orden establecido donde lo patoteril dejaba de lado todo intento de obtener consensos y buscar puntos de equilibrio entre opiniones e intereses encontrados. La ley del más fuerte reemplazó el Derecho Internacional Público, y las guerras se multiplicaron, iniciadas por potencias con una evidente intención imperial y una avidez impúdica por apropiarse de los recursos naturales de otros países. No se concedían ni siquiera el disfraz del disimulo, a ojos vista del mundo entero desplegaron ejércitos, lanzaron bombas y mataron miles de inocentes.

Los moderados del mundo se sentían invisibilizados. Los extremos dominaban la escena, y el equilibrio se consideró cobardía o tibieza inexcusable.

Frente a esos desbordes solo se erguían desafiantes un minúsculo puñado de líderes racionales, casi una especie en vías de extinción.

El Papa Francisco murió dejando testimonio de su inquebrantable vocación de Paz y Amor entre los hombres. Le sucedió León XIV y tomó su posta con una decisión que produce admiración. La Iglesia Católica entendió que no podía quedar al margen de los asuntos temporales en tanto y en cuanto estos afectaran la Paz Mundial y fomentaran una brutal desigualdad social, semilla embrionaria de violencias contenidas que fatalmente desbordan algún día.

En Brasil, Lula da Silva se veía acorralado por el paso de sus años y una oposición furiosa y amalgamada en un candidato apoyado por los intereses de los más poderosos del mundo. En tiempos de vértigo es muy difícil retener el poder. La insatisfacción de sus pueblos es algo que fatídicamente afecta a todos los que ejercen el poder. La alternancia se torna imprescindible para renovar expectativas siempre crecientes. Lula ya tenía tres mandatos, y los problemas en Brasil distan mucho de estar solucionados. Desde afuera, los observadores como yo nos aferrábamos no al resultado más o menos exitoso de sus políticas económicas, sino al contenido moral de su discurso.

Porque si algo he llegado a internalizar en estos años es que el problema del milenio no es la discusión entre variantes de postulados económicos, sino que el debate gira en torno a la salvación del humanismo como concepto básico y premisa fundacional de la organización de nuestras sociedades. Lo que hoy importa es el respeto esencial a la persona humana, el esfuerzo comunitario por mejorar las condiciones de vida del conjunto, y la imposición de normas de convivencia armónicas que privilegien los mecanismos de consenso para dilucidar nuestros conflictos. No tengo dudas de que Lula representa mucho mejor estos ideales que lo que lo hacía Bolsonaro, un exponente altisonante de la prepotencia y la discriminación.

No hablemos más de derechas y de izquierdas. La contienda es hoy entre los que reivindican la violencia versus los que preconizan el diálogo.

Con preocupación asistimos a la primera vuelta electoral en Brasil. Los resultados parecían ilevantables, irreversibles. La ultraderecha una vez más conquistaba territorios para su causa.

En esos momentos los soñadores, optimistas imperturbables, acusamos el impacto, pero nunca dejamos de añorar el vislumbrar una luz de sensatez en el horizonte.

Pedíamos entre susurros que rompiera una nueva ola, purificadora, que nos alejara de la aridez de estas tierras impregnadas de violencia. Y la ola añorada sobrevino imprevistamente transformada en tsunami.

Tibiamente pedíamos la épica de una remontada. Llegó esta con una contundencia inesperada. Aplastante victoria en segunda vuelta coronada por una huida deshonrosa, a oscuras y con aroma a cobardía, de Flavio Bolsonaro, empeñado en no enfrentar las consecuencias de sus actos sometidos a la justicia de su país.

La victoria vino precedida de la toma de las calles y las redes sociales por parte de multitudes de jóvenes que encaramaron al viejo líder, y le dieron a su figura contornos legendarios para una historia personal que ya excede los confines de un guión cinematográfico.

Pero faltaba la prueba de fuego: Las elecciones de medio término en los Estados Unidos.

Donald Trump, el exponente principal de la ultraderecha mundial, el promotor de aranceles escandalosos que desequilibraron la economía internacional, el que amenazó a sus aliados, el que se robó el petróleo venezolano, el que inició una guerra insensata que encareció la economía de nuestros pueblos, y el que persiguió a sangre y fuego y con métodos perversos a los migrantes en su país, se exponía a una especie de referéndum de su gestión apocalíptica.

Los megabillonarios pusieron todo el dinero necesario, y los dueños de las plataformas digitales direccionaron el algoritmo a favor de los candidatos republicanos. Elon Musk y sus amigos no escatimaron plata para sus favoritos y la plata fluyó a raudales en favor del trumpismo y sus seguidores.

Las encuestas auguraban una ola demócrata, le conferían la victoria en la Cámara de Representantes, y pronosticaban una dura lucha por el control del Senado.

Este martes llegó por fin un tsunami de cordura. Los seguidores de Trump fueron literalmente aplastados, y hubo resultados inconcebibles.

  • En Kansas los demócratas consiguieron ganar una banca senatorial, la primera desde el año 1932, ¡o sea que se trató de un suceso que se hizo esperar casi cien años!

  • En Texas los demócratas ganaron el Senado y la Gobernación, hechos inéditos en más de treinta años.

  • La mayoría obtenida en la Cámara de Representantes fue aplastante y otro tanto sucedió inesperadamente en el Senado.

Tan contundente fue la paliza infligida, que el bravucón de Trump no pudo, como hizo otras veces, cuestionar la legitimidad de la elección. La tormenta perfecta se abate sobre su cabeza. Perdió el control del Congreso y le queda lidiar sus dos últimos años de mandato en su condición de “pato rengo y maltrecho”.

Los que esperábamos una ola de alivio nos topamos con un tsunami, esa expresión monumental que todo lo arrasa. No fue derrota de Trump, fue catástrofe.

Pero estos hechos, con su contundencia brutal, no deben transformarse en exitismo. Queda mucho camino por recorrer, y los desafíos son múltiples y complejos.

No busquemos rebuscadas interpretaciones, ni saquemos conclusiones apresuradas, y mucho menos pretendamos extrapolar sin sutileza experiencias foráneas. Cada país tiene sus particularidades, y el comportamiento de los electorados es siempre volátil.

Lo único que hoy debemos extraer como conclusión objetiva, es la certeza de que los pueblos, tienen siempre en su seno la posibilidad de rebelarse a su destino. Hay en el ser humano una simiente de racionalidad y buena voluntad que aflora en los momentos en que todo parece estar perdido. Y esa semilla tarde o temprano dá frutos esperanzadores.

Javier Milei ha despertado esta mañana en un mundo nuevo

Su patrón ha sido derrotado y su poder se desmorona como la arena en las manos de un niño. Ya cada vez le resultará más difícil esconder la incompetencia de su gestión económica en las faldas protectoras del mandamás norteamericano. Es hora de que empiece a dejar de mirar al extranjero, que deje de viajar por el mundo a costa del erario público, y se dedique a solucionar, de una vez por todas, los verdaderos problemas de la gente, de esta gente “que no llega a fin de mes”, y de cuyos padecimientos se burla reiteradamente con crueldad malsana.

Dejo para otra columna un análisis de un fin de año que se presenta complejo en la Argentina, con problemas que se agudizan en lugar de suavizarse. Hoy es tiempo de tomarnos un respiro y disfrutar la bocanada de aire fresco que nos ha regalado este maravilloso tsunami de cordura.

Yerba Buena, Tucumán Noviembre 4 del 2026

Sisto Terán Nougués


Artículo publicado originalmente en sistoteran.substack.com


Sisto Terán

Tucumano. Abogado. Político. Escritor. Fue vicegobernador de Tucumán, legislador, director de la Casa de Tucumán en Buenos Aires, entre otros cargos públicos. Ha publicado los libros "Cartas a mi hijo que está por nacer" (1999), “Yo no creo en la muerte” (2009), "Camino de Santiago" (2000) y "Hitler, un pecado Colectivo" (2023). Pueden leer sus últimos escritos en sistoteran.substack.com.