Europa en llamas y Milei de viaje
No es posible propagar el odio y promocionar la grieta social de la manera que se está haciendo desde los cuarteles generales de la tecnocracia feudalista que maneja el mundo, y creer que no habrá consecuencias. Por Sisto Terán Nougués.
(Imagen tomada de https://sistoteran.substack.com)
Informarse respecto de lo que sucede en el mundo es una tarea fatigosa, necesaria, pero inevitablemente nos conduce a una desazón que nos agobia.
El exceso de información apocalíptica que recibimos con fluidez incesante a través de las redes sociales no es, sin lugar a dudas, un aliciente para el espíritu.
Por ello, cuando las noticias con su mala onda expansiva amenazan con abrumarme, me refugio en mis libros, y encuentro allí razones para esgrimir con certeza que no todo tiempo pasado fue mejor, y que los horrores presentes encuentran fáciles analogías cruentas en tiempos pretéritos.
Sin ir más lejos, he leído ayer a Marguerite Yourcenar, la autora que alcanzara reconocimiento mundial con sus “Memorias de Adriano”, y que me ha deleitado ahora con su “Opus Nigrum”, donde narra ficcionalmente las andanzas del alquimista Zenón, y de paso nos regala pinceladas de época que nos alejan de toda absurda añoranza pasada.
En medio de la trama nos narra los acontecimientos de la rebelión de Münster en los años 1534 y 1535. En esa parte del libro encontramos entre otras cosas la presencia de la intolerancia religiosa y el fanatismo exacerbado que conllevan en su seno las semillas de la violencia y la locura. El odio al que piensa diferente es llevado a los extremos, y en un pasaje, la autora nos cuenta de un matrimonio condenado a muerte por el mero hecho de haber sido detectados como calvinistas. El hombre es ahorcado, pero la mujer tiene una suerte aún más espantosa: sus asesinos entendían que si la ahorcaban existía el riesgo de que sus enaguas se levantaran y hubiera en ello exhibición indecente de sus partes íntimas. Para evitar esa pecaminosa muestra, se decidió enterrarla viva. Un rey loco y fanático religioso, una hambruna propiciada por un sitio implacable, y una feroz aniquilación de los rebeldes completan un cuadro fatídico.
Para muestra basta un botón, afirman los decidores de refranes. No tengo dudas que la historia humana está plagada de locura, violencia, intolerancia, discriminación, guerras inútiles y asesinatos masivos en nombre de Dios o la Patria.
Por eso, por contar con referencias históricas que me regala la literatura, es que me regalo a mí mismo una razonable cuota de optimismo colectivo. El mal y la insania no son novedades históricas, se repiten con frecuencia. Pero, sin embargo, el hombre ha sobrellevado sus propias patologías, y la silenciosa mayoría de hombres buenos ha impreso la posibilidad de un progreso moral que ha mejorado la convivencia social.
Nunca dejarán de existir los locos y los violentos, los fundamentalistas del dogma único, discriminadores seriales, convencidos de ser poseedores exclusivos de la verdad. Pero tampoco dejarán de aparecer hombres y mujeres cabales, dispuestos a pensar de manera crítica, y a elevarse por encima de sus propios prejuicios para ayudar a corregir sus propias distorsiones, y de esa manera contribuir con su granito de arena espiritual a una mejoría en las relaciones interpersonales.
En medio de los vendavales más raudos, prima en mi alma siempre un entusiasmo juvenil que sostiene la esperanza contra viento y marea.
Cuando advierto que soplan tempestades, prefiero pensar que pronto pasarán, y que, aunque dejen un saldo desolador, siempre estarán presentes las voluntades de reconstrucción, de empezar una y otra vez, como Sísifo la tarea eterna de conducir el enorme peñasco a la cima de la quimérica montaña.
En momentos en que escribo este artículo, los noticieros nos traen escenas de insurrecciones violentas que sacuden el territorio europeo. Francia, Italia, Albania y España proyectan imágenes de multitudes enardecidas destrozando e incendiando edificios icónicos y saqueando comercios de manera vandálica.
Los hechos objetivos están. A partir de allí empiezan los politólogos a buscar las razones y a adivinar las intencionalidades de sus promotores. Todo análisis será sesgado, interesado. Lo importante es que Europa está en llamas, y en el fondo creo que todos saben muy bien lo que está pasando.
El Ayuntamiento de Limoges, Francia.
No es posible propagar el odio y promocionar la grieta social de la manera que se está haciendo desde los cuarteles generales de la tecnocracia feudalista que maneja el mundo, y creer que no habrá consecuencias.
“La violencia engendra violencia” reza el dicho, y es verdad.
No justifico nada, describo tan solo lo que es obvio. Si el ejemplo que recibimos de nuestros líderes es el insulto y la denostación humillante del otro, lo más probable es que las respuestas sean parecidas y escalen progresivamente hacia violencias más complicadas.
Pero no es tan solo el mensaje del odio el que genera el actual estado de cosas
La realidad muestra una cada vez más preocupante desigualdad social y las juventudes comienzan a asimilar la cruda realidad de que tan solo unos pocos privilegiados podrán alcanzar los niveles de vida de sus padres o incluso mejorarlos. La gran mayoría, por el contrario, visualiza un futuro incierto, carente de expectativas, donde la rebeldía juvenil encuentra cauce tan solo en lo disruptivo y busca enfervorizada el cambio. Pero no un cambio para mejorar, ha perdido la fé en su propia evolución,su incentivo es castigar y que le vaya mal a todo aquel al que considera responsable de un mundo que le intimida y no le ofrece alicientes personales.
El combo es peligroso y hace tambalear todos los gobiernos democráticos del mundo. La insatisfacción es la moneda corriente, y ningún gobernante estará a la altura, por lo que las elecciones fabrican personajes cada vez más disonantes que sirven para canalizar la bronca colectiva, pero que no aportarán soluciones a problemas que adquieren ya dimensiones dramáticas. Vivienda propia, salario digno, empleo resguardado, salud pública y educación garantizados, han pasado a ser utopías inalcanzables en un mundo que, paradójicamente nos incita en las redes a un consumismo de lo superfluo y muestra en el exceso una identificación de lo exitoso.
El mote de “fracasado” y la destrucción de sueños personales es un denominador común para muchos jóvenes que no encuentran su lugar y mucho menos pueden pensar en un futuro mejor.
En este contexto de tensiones sociales desbocadas, Javier Milei ha viajado a España.
No viajó para trabar relaciones diplomáticas con el gobierno español, ni tampoco fue a entablar conexiones comerciales con el empresariado hispano. Viajó tan solo para ratificar su mesianismo dogmático, y para ratificarse a sí mismo como un profeta. Llegó con su consabido repertorio de insultos y sus extravagancias de siempre. No ahorró agravios para nadie, y llegó para beneficiarse de una probable derrota del PSOE en las próximas elecciones.
Si Pedro Sánchez pierde el poder, lo que puede suceder naturalmente después de ocho años de mandato con todo el desgaste que esto presupone, Milei se adjudicará el triunfo, y se considerará el Mesías de la ultraderecha en el mundo.
Como argentino solo puedo sentir una profunda tristeza al ver que nuestro Presidente de la Nación desatiende los asuntos del gobierno de su país para ir a dar disertaciones absurdas en otros países entrometiéndose en democracias ajenas y mostrando un patoterismo verbal que nos avergüenza.
Y no para de hacer papelones y sufrir desaires que su narcisismo le impide apreciar y entender. Santiago Abascal, su par español, no ha querido verse con él y ha evitado la foto antes anhelada, aduciendo pretextos ridículos. Lo que no quiere es que su imagen se asocie a la de Milei en vísperas de las elecciones.
El rey Felipe con la lógica formalidad que requiere el cargo, se ha negado a recibirlo si no es en presencia de Pedro Sánchez, algo tan obvio, que no se entiende como ningún asesor le informó de las prácticas habituales en la diplomacia internacional para evitar que Milei sufra la deshonra de pedir una reunión que le fue denegada.
Rodeado de aduladores en su entorno, que no se atreven a contradecirlo, y que aprovechan sus ausencias y sus viajes para hacer sus tropelías, Javier Milei construye su propio universo paralelo.
No necesita el “diario de Yrigoyen”, él solo se lo escribe y se deleita aplastando datos y eludiendo realidades que le incomodan. Los cronistas y el público en general ya no pierden el tiempo intentando entender sus discursos plagados de incoherencias y datos falsos. De forma imprudente preanuncia una corrida cambiaria para el año que viene y le endilga la responsabilidad al riesgo electoral, y no a un atraso cambiario evidente. Pero al mismo tiempo que denuncia el advenimiento de un cimbronazo, nos anuncia con arrogancia que tiene una “bazooka” de 70.000 millones de dólares para enfrentar la corrida que profetiza. A los pocos días, y sin mediar explicación alguna, el arsenal se incrementa a 125.000 millones de dólares y luego a 175.000 millones de dólares.
Este manejo irresponsable no solo no se explica de ninguna manera, sino que sirve tan solo para inquietar a los especuladores, que por las dudas y aconsejados por la banca internacional, empiezan a desprenderse de los activos argentinos. El riesgo país sube, y la inflación ha encontrado una meseta que desespera y agobia al argentino promedio, cuyos ingresos cada vez son más exiguos. Milei, mientras tanto, juega con los datos. Si cae el empleo formal registrado, se vanagloria de la informalidad, si el índice de precios al consumidor crece en demasía, nos dice que lo que hay que mirar es el índice mayorista, pero si este se dispara, centra su atención de nuevo en el IPC.
Nadie explica seriamente lo que ha pasado con el oro, y nos enteramos que, so pretexto de contratar una especie de seguro, Caputo y Bausili “timbearon” apostando a una baja que no se concretó y eso permitió que el Deustche Bank, antiguo empleador de ambos, ganara la friolera de 1.023 millones de dólares.
Mientras tanto el gobierno mantiene una desobediencia judicial insólita y se niega a cumplir las sentencias que le conminan a cumplir con las leyes de financiamiento universitario, y la respuesta a las marchas que reclaman por ese incumplimiento es violenta y se muestran escenas de infiltrados que ofician a la vez de vándalos y represores con una impunidad que asusta.
Arde Europa, Milei viaja y la Argentina padece las consecuencias de un experimento dogmático a contramano con el mundo. Los empleos se desploman, el ingreso disponible enflaquece, el consumo desaparece y la industria agoniza.
Y cuando ya la reseña empezaba a producirme sinsabores, me llegó un mensaje de Substack, esta plataforma en la que vuelco mis reflexiones. Un joven que no conocía leyó una de mis columnas y me informa de sus ansias de leer y pensar. Una íntima alegría trajo serenidad a mi espíritu. Mientras haya personas como este muchacho, que se tomen el tiempo para leer y reflexionar sobre temas existenciales, la humanidad tiene futuro.
Una sobrina mía tiene una sociedad literaria, Mulanas, en la que fomenta la lectura, en especial de las autoras mujeres latinoamericanas.
La Librería Oro en Tucumán organiza encuentros culturales y comentarios de libros. El viernes pasado tuve el placer de asistir a uno de ellos, una charla de Fabián Soberón, escritor tucumano, para comentar la obra de Emmanuele Carrere y Maggie O Farrell.
En tiempos de “scrolleo”, estos espacios culturales son islotes maravillosos donde se propicia la apertura del entendimiento y el disfrute intelectual, elementos imprescindibles para evitar hundirnos en una mísera animalidad. Tenemos que colaborar con sus promotores y ayudarlos a crecer. Ellos son la avanzada de un grupo de personas, los lectores, que nos negamos a ser considerados una especie en vías de extinción. Cada libro tiene su enseñanza, y el juntarnos para hablar de libros es una experiencia maravillosa, que no he desplegado mucho a lo largo de mi vida.
Por ejemplo, en “Días ajenos”, el único libro de Carrere que había leído, y que desafortunadamente no fue el centro de la charla de Soberón, encontré unos capítulos destinados a narrar las peripecias de un par de jueces, ambos inválidos, por razones diferentes, dedicados a combatir en unos juzgados franceses contra los abusos producidos por un sistema financiero que agobia a los “sobreendeudados”, aquellos marginales que padecen las consecuencias de no poder sobrellevar su subsistencia sin caer en las garras de las fintech u organismos similares. Inesperadamente, un libro que enlaza dos dramas humanos, el de unos padres azotados por la pérdida de su hija en el tsunami en Sri Lanka, y el de una jueza enferma de cáncer que fallece a los treinta y tres años de edad, nos regala un informe pormenorizado sobre un drama que aflige miles de familias en el mundo y que sin dudas es caldo de cultivo de acontecimientos como los que hoy estamos viendo en Europa. Conste que el libro fue publicado en el año 2009, y desde entonces las cosas empeoraron.
Como dije antes, mientras Europa se ve sacudida por rebeliones internas y amenazada con guerras externas en curso, y nuestro presidente dedica su tiempo a viajar por el mundo insultando a diestra y siniestra, nosotros debemos ocuparnos de seguir proclamando a los cuatro vientos ideas de convivencia armónica, construcción de consensos y difusión de contenidos que propicien el pensamiento crítico. Ningún esfuerzo es menor, todo contribuye.
Ayer tomé un café con aquel joven lector que me escribiera vía substack. Jugamos con la idea de constituir en Tucumán una pequeña sociedad literaria, veremos qué sucede. Quizás sean estos los espacios de resistencia pasiva más eficaces contra la intolerancia y la discriminación que parecen haberse apoderado del mundo conocido.
Yerba Buena, Tucumán, 22 de octubre del 2026
Sisto Terán Nougués
Artículo publicado originalmente en https://sistoteran.substack.com.
Lo podés escuchar aquí:
Sisto Terán
Tucumano. Abogado. Político. Escritor. Fue vicegobernador de Tucumán, legislador, director de la Casa de Tucumán en Buenos Aires, entre otros cargos públicos. Ha publicado los libros "Cartas a mi hijo que está por nacer" (1999), “Yo no creo en la muerte” (2009), "Camino de Santiago" (2000) y "Hitler, un pecado Colectivo" (2023). Pueden leer sus últimos escritos en sistoteran.substack.com.






