Top

El mal humor social, morosidad, billeteras virtuales, cierres, despidos y colapso de la infraestructura pública

TRIBUNA ABIERTA

En la Argentina el desencanto ya ha florecido y empieza a transformarse en mal humor social, que es como una mancha viscosa que se expande horizontal y verticalmente en todo el espectro social. Razones hay muchas, reseñaré solo algunas. Por Sisto Terán Nougués.

(Foto: sistoteran.substack.com)


Nadie puede anticipar el instante en que una sociedad se desencanta. Lo que antes causaba gracia y divertía, de repente, casi de la noche a la mañana, empieza a fastidiar.

Los humores de la masa son, por definición, volátiles, y cuando cambian de dirección, lo hacen con un furor que asusta y toma muchas veces desprevenidos a quienes gobiernan. Pero estos arrebatos sociales no son espontáneos, son fenómenos que se van incubando en silencio hasta que el día menos pensado explotan por algún disparador emocional que nadie esperaba.

En la Argentina el desencanto ya ha florecido y empieza a transformarse en mal humor social, que es como una mancha viscosa que se expande horizontal y verticalmente en todo el espectro social. Razones hay muchas, reseñaré solo algunas.

1. La morosidad, el sistema financiero y las billeteras virtuales

Hace ya un cuarto de siglo, en el año 2001, me tocó ser protagonista de angustiantes momentos de la historia nacional. Estando transitoriamente a cargo de la gobernación de mi provincia tuve la oportunidad de ver en primera persona y desde cerca, lo que implicaba un colapso del sistema financiero argentino. Recuerdo con claridad meridiana las reuniones que mantuvimos con los banqueros más importantes del país para encontrar salidas a la deuda provincial. El miedo se palpaba y la violencia en las calles nos perseguía por donde fuéramos. Las familias sumidas en la angustia de verse privadas de sus ahorros de la noche a la mañana, reaccionaron con furia contra todo lo que oliera a financista o dirigente político.

El 2 de enero del 2002 el presidente Duhalde pronunció una frase que le perseguiría de por vida: “El que depositó dólares, recibirá dólares, el que depositó pesos, recibirá pesos”. Unos meses después entendió por las malas que su promesa era incumplible. Lo charlamos con él personalmente en unas jornadas que tuvimos en Tucumán, un pequeño retiro reflexivo en momentos en que todo parecía venirse abajo. Con mucho dolor, y pérdidas cuantiosas, Argentina pudo salir adelante.

Se entendió entoces que el sistema financiero era algo muy delicado e importante. La sanidad económica de sus entidades era una cuestión de confianza y no podía ser librada al mero azar. Se reforzaron regulaciones, se establecieron salvaguardas y se formalizaron pactos entre el Estado y el sector privado que sirvieron para recomponer la credibilidad que se había perdido de manera explosiva. De a poco se fue reconstituyendo la cartera de depósitos y se asumieron compromisos mutuos que fueron consolidando la estructura sectorial.

Los resguardos de aquella época se continuaron en el tiempo, con sus más y con sus menos, y no volvió a repetirse la crisis de confianza del 2001. Nadie pone hoy en duda la firmeza y estabilidad de nuestro sistema financiero.

Por eso, cuando la noticia de la morosidad creciente de las familias argentinas empezó a aparecer con fuerza, algunos interrogantes empezaron a plantearse tibiamente. Si los deudores no pagan sus deudas, surgen dos preguntas: ¿Por qué aumentó la morosidad?, y ¿A quién le deben los morosos?.

Voy a intentar contestar la segunda, dejando la primera para más adelante.

Un amigo me hizo llegar esta planilla que adjunto, y cuyos resultados asombran.



La morosidad con el sector no financiero, es decir las llamadas billeteras virtuales o fintech, DUPLICA la que se refleja en el sector financiero.

O sea que el volumen mayor de deuda impaga y morosidad en curso no lo registran los bancos, sino las aplicaciones que hacen de entidades financieras sin las regulaciones y controles que el BCRA exige a las instituciones bajo su jurisdicción. La liviandad y sencillez de acceso al crédito casi sin condicionamientos hace que el volumen de negocios se haya volcado hacia esos sistemas digitales.

¿Y, si la gente no está pagando, cómo sobreviven esas billeteras virtuales?

La respuesta es espantosa: Las monstruosas tasas que cobran sirven para absorber los márgenes de morosidad. Un sistema usurario sin controles destinados en especial a los más vulnerables y necesitados que los exprime y condena a la angustia. Nótese en el cuadro referido la importancia de la morosidad entre los jóvenes de 18 a 29 años.

Obviamente hay un proceso de captación del dinero de la gente por parte de las fintech, que se aprovecha del esquema de controles al cual está sometido la banca tradicional. Según un grupo de diputados nacionales, entre los que se encuentra mi comprovinciano y amigo Pablo Yedlin esta situación ameritó la presentación de un pedido de investigación ante la Autoridad Nacional de la Competencia que también acompaño a esta nota.

El tema no es menor. Cualquier solución que se quiera implementar en torno a la cuestión de la morosidad con los bancos es un tópico donde la injerencia del BCRA resulta natural y posible. Es más, cabe destacar que los bancos, afligidos por la situación y deseosos de sanear sus carteras crediticias, por lo general han iniciado un esquema de refinanciación de deudas otorgando mayores plazos y menores tasas como un procedimiento de regularización que les ayuda a mejorar sus propios números.

En torno a las fintech, todo es una bruma escurridiza donde alguien cumple funciones financieras sin controles de ningún tipo, con todo lo que esto implica.

¿Y por qué traigo a colación todo este tema y lo vinculo con el mal humor social?

Pues sencillamente porque deber plata a tasas de interés usurarias genera angustia y fuerza al deudor a desprenderse de sus bienes mal vendiéndolos, o a recurrir a préstamos cada vez más gravosos para atender transitoriamente sus deudas. Una espiral viciosa que resulta espeluznante y devastadora para quien la sufre.

Según estimaciones del BCRA y de distintos centros de estudios económicos, más de seis millones de personas están en situación de mora en la Argentina.

Cabe destacar que quien incurre en mora, se cae tarde o temprano del sistema y se transforma en una especie de muerto civil. Un espanto.

2.- Despidos

Un informe elaborado en el mes de junio de este año 2026 por el área de empleo, distribución e instituciones laborales que reúne investigadores del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la Universidad Nacional de Buenos Aires, estima que durante la gestión de Javier Milei se han perdido 314.000 puestos de trabajo formal registrado, de los cuales solo 70.000 se perdieron en el sector público.

O sea que, mayoritariamente la crisis la está padeciendo el sector privado.

Los números tienen una frialdad que nos quita la corporeidad emocional de lo que significan. No imagino situación más penosa que la de aquel que se queda sin la fuente de sustento de su familia. Perder el trabajo tiene implicancias psicológicas, sociales y económicas que son tremendas.

Cuando vemos que nuestro vecino se ha quedado sin su empleo, tememos por nuestra propia situación. Y la caída no frena. Mes tras mes vemos que el número de despedidos se incrementa. Es una sangría continua que se acelera y que cobrará ritmo vertiginoso a medida que las esperanzas de una recuperación económica empiezan a diferirse en el tiempo. No se aguanta más la caída del consumo y la pérdida de expectativas agiganta el drama social.

3.- Cierres de empresas

Desde el inicio del mandato libertario, las situaciones falenciales y los cierres de fábricas, industrias y comercios ha sido incesante. De nuevo aquí los números carecen de la posibilidad empática de hacernos entender los padecimientos de la gente, pero uno está obligado a difundirlos, al menos hasta llamar la atención hacia un problema social que ya se nos ha ido de las manos. y que el gobierno se empeña insensatamente en ignorar.

Un amigo me hizo llegar un informe del Monitor mensual de empresas elaborado por Guido Zack, Nicolás Sidicaro y Daniel Schteingart. Asusta.

En mayo de este año cerraron 2.371 empresas, y en el período presidencial de Milei, llegamos al escalofriante número de 30.633 empresas cerradas.

La repetición de informes y estadísticas negativas ha sido una constante en estas columnas, y, sin embargo, no alcanzaba yo a verificar un correlato negativo en el humor social. En apariencia, las esperanzas amortiguaban lo que la realidad con contundencia nos estaba mostrando. Sufrir para salir hacia adelante parecía ser la consigna, pero algo ha cambiado en estos días. Al parecer mucha gente se está dando cuenta de que todo viene en caída libre, que el gobierno tiene directa responsabilidad en lo que está sucediendo, y las voces en disconformidad empiezan a elevar su tono.

Que Yanina Latorre se haga eco de la situación nos indica que la cosa ya no se circunscribe al periodismo político o al especializado. Ya el rumor es estruendo y nadie puede hacerse el sordo.

El cierre de la empresa textil Will Der SA fue uno de los detonantes más explosivos. Se filtró un audio de su titular, el ex Puma y ex director técnico del seleccionado nacional de rugby Santiago Phelan, que estremece el alma. Al borde de las lágrimas, su voz suena quebrada cuando anuncia a sus empleados que cierra una fábrica con más de cincuenta años de actividad y que era tan competitiva que era exportadora para marcas internacionales. Sobrevivió al 2001, superó la pandemia, Milei los destruyó en dos años y medio.



Yanina Latorre, casi coloquialmente, nos dice “hay mucho quilombo económico…están cerrando todo, Flor Cabrera, cerró su comercio después de 13 años, la hija de Araceli González y su socia cerraron después de 10 años, a cada rato me llaman para contarme que alguien cierra su negocio…”.

Estos testimonios indican que, de repente empiezan a tomar una visibilidad pública hechos que se vienen sucediendo desde tiempo atrás pero que parecía como que no tenían relevancia como para ocupar la agenda periodística.

Estos cierres, al igual que la morosidad, son síntomas de una descomposición que se viene gestando con políticas absurdas, desentendidas por completo de la realidad cotidiana y encerradas en el frasco de un dogma que neutraliza todo intento de empatía. Y la hemorragia continúa. Mientras estoy escribiendo estas líneas, mi hija me hace llegar una nota de Infobae que nos anoticia de que Le Blé, una tradicional cadena de cafeterías de Buenos Aires, con más de 30 sucursales, entró en situación de concurso preventivo, despidió empleados y afronta un pasivo de aproximadamente unos $ 1.500 millones. Como dije, la sangría no se detiene.

Tarde o temprano la realidad se impone al relato, y me parece estar notando indicios de un hartazgo social que empieza a aflorar.

4.- Deterioro del salario real

Un titular del diario Clarín, en su edición del martes pasado, nos dice que: “En industria y comercio, la caída del salario en un año superó el 10%”.

Escueto y contundente. Si a eso le añadimos la caída del salario en el sector público, el panorama es desolador.

Menos salarios con mayor incidencia de las tarifas, educación y medicamentos, implican como correlato inevitable una caída fuerte del consumo, por una sencillísima razón: la gente no tiene plata para consumir.

Obvio que se trata de una generalización, siempre hay sectores que constituyen excepciones, pero la regla general es que la gran mayoría de los trabajadores han visto seriamente disminuidos sus ingresos.

El famoso “no llego a fin de mes” se extiende a pasos agigantados. Para sostener el ritmo de vida habitual, muchos argentinos han ido liquidando sus ahorros. Otros han recurrido a endeudarse, y muchísimos han reducido notablemente sus gastos privándose de todo aquello que pueden.

Evidentemente estos hechos inciden en que cada día son más los ciudadanos que tienen fundados motivos para estar preocupados y enojados.

5.- El colapso de la infraestructura pública y la inutilidad de la Justicia

El 10 de abril del año 2025 publiqué una columna bajo el sugestivo título “Maldita Obra Pública”. La idea era llamar la atención sobre uno de los errores más trágicos de la administración libertaria: la estigmatización de la Obra Pública. Ese odio feroz en contra del sector los llevó a paralizar por completo el área en su gobierno y se abandonaron obras en ejecución a lo largo y lo ancho del país con una desaprensión espantosa.

Obviamente se cancelaron todos los proyectos en curso y se decidió deliberadamente desinvertir el sector a extremos ridículos. Destruyeron los fondos fiduciarios que implicaban aportes con destino específico para obras y se apropiaron de los recursos para evaporarlos en el fondo insaciable de las rentas generales. Un desastre por donde se lo mire.

Lo peor de todo fue el abandono miserable de los mantenimientos de la infraestructura existente, lo que configura algo peligrosísimo incluso para nuestras vidas, ya que su deterioro implica peligros evidentes que no se pueden ignorar.

De nuevo aquí el gobierno hizo oídos sordos al reclamo, y la sociedad prefirió no mirar lo que estaba sucediendo alrededor suyo. Al fin y al cabo, todo le estaba permitido a los libertarios, había que dejarlos hacer, darles la oportunidad de demostrar las bondades de su dogma economicista. Y, se entendía, todos estos retardos y parálisis eran transitorios, costos a pagar en aras de un beneficio superior.

La triste realidad es que los costos se siguen pagando y los beneficios prometidos nunca llegaron. La gente empezó a cansarse, y empieza a mirar en derredor suyo. Comienza por lo obvio, lo primero que le salta a la vista, las rutas por las que transita.

Y ya no aguanta más tener que esquivar esos cráteres espantosos que ponen en riesgo su vida, y cuyas dimensiones y cantidades se van multiplicando con el paso de los meses. Inicia entonces su derrotero de reclamos. Cuestiona al Intendente y al Gobernador. Estos se desgañitan intentando explicar que son rutas nacionales abandonadas por el gobierno nacional. El ciudadano sigue protestando y pide gestiones efectivas, no excusas. Arrinconados los gobernantes locales no pueden seguir mostrándose indefensos e inactivos y empiezan a iniciar acciones judiciales contra la Nación.

La Justicia empieza a dictar sentencias ordenando a la Nación la inmediata reparación de las rutas, y la Nación no le lleva el apunte a los fallos judiciales. El Ejecutivo nacional ha sentado una impronta lamentable que pone en riesgo el concepto de seguridad jurídica, bastión esencial para cualquier país que pretenda inversiones en su geografía. Esa impronta es que tiene la firme decisión de no cumplir ninguna sentencia que le obligue a hacer nada. Aunque el Supremo Tribunal de la Nación le ordene explícitamente cumplir leyes de la Nación ratificadas por el Congreso con mayorías especiales y reiteradamente, a Mieli eso le tiene sin cuidado. No cumple lo que dice la ley y mucho menos dá cumplimiento con lo que le ordena el Poder Judicial.

La impotencia judicial y su inacción es patética. Dictan fallos timoratos, dictado en algunos casos tras diecisiete meses de agotadores tramitaciones, sabedores de que son incapaces de garantizar su ejecución, y ningún fiscal actúa de oficio ante las pruebas evidentes de malversación de fondos e incumplimiento de los deberes de los funcionarios públicos que se exhiben con impudicia.

Los reclamos ciudadanos y las sentencias judiciales de todas formas han demostrado tener utilidad. Han servido para poner en evidencia la malversación de fondos que se está perpetrando con los fondos específicos el SISVIAL, que tiene una subejecución del 73,8%, y que se están usando en colocaciones financieras en vez de destinarlo a los fines previstos en su constitución. Así lo consigna el diario La Nación en el artículo adjunto que lleva la firma de Diego Cabot.

En otro momento de la República, el juego de las instituciones hubiera derivado en la instantánea actuación de un fiscal que habría iniciado acciones penales ante la presunta comisión de delitos que esto supone. Hoy no pasa nada.

Pero todo va sumando para consolidar ese mal humor social que ya no se puede disimular.

6.- No se ve luz al final del túnel

El ingrediente definitivo que aqueja a nuestra sociedad es que ha empezado a dejar de entreverse la luz al final del túnel. La recompensa de bienestar y mejoría no se vislumbra. Al contrario, la tristeza se propaga, y el malestar amenaza con transformarse en furia colectiva.

Las elecciones están lejos, y las propuestas electorales no seducen.

Pero el argentino es resiliente. Ha sobrellevado crisis durísimas, y va a sobrellevar también los destrozos conceptuales que el mileísmo está dejando con su paso desolador.

La caída del consumo y los cierres de empresas y despidos tienen un efecto demoledor para el equilibrio fiscal. Los ingresos públicos disminuyen en términos reales como un reflejo natural de la crisis económica. Y cuanto más caiga la recaudación fiscal, mayores esfuerzos se exigirá para mantener los números contenidos dentro de los parámetros comprometidos. Es un círculo vicioso en el que estamos empantanados.

Sin industria nacional, con comercios cerrados, con la infraestructura en crisis, con la salud y la educación pública devaluados, resulta imposible concebir la estructuración de un país asentado solo en la minería, la energía y en algunos sectores rentables de lo agropecuario.

Es momento entonces de conjugar fuerzas en un ejercicio racional de diálogo y consenso. Hay que procurar seriamente diseñar un programa serio, que no descuide la racionalidad fiscal, pero que no se construya esta sobre la base de la destrucción masiva de sectores enteros de nuestra economía, justamente aquellos que generan la mayor cantidad de puestos de trabajo genuinos.

En los momentos en que el futuro asoma como incierto y los nubarrones del mal humor social arrecian, es cuando la dirigencia debe aparecer configurando esquemas nuevos que, como digo siempre, destierren los errores del pasado y ahuyenten los horrores del presente.

No tengo dudas que pronto podremos encontrar alternativas racionales y que los dislates de un presente funesto serán en algún momento, como ocurrió en el 2001, un mal recuerdo superado con enjundia y decisión.

San Miguel de Tucumán, 21 de Agosto del 2026

Sisto Terán Nougués



Artículo publicado originalmente en sistoteran.substack.com.


Sisto Terán

Tucumano. Abogado. Político. Escritor. Fue vicegobernador de Tucumán, legislador, director de la Casa de Tucumán en Buenos Aires, entre otros cargos públicos. Ha publicado los libros "Cartas a mi hijo que está por nacer" (1999), “Yo no creo en la muerte” (2009), "Camino de Santiago" (2000) y "Hitler, un pecado Colectivo" (2023). Pueden leer sus últimos escritos en sistoteran.substack.com.