(Foto tomada de sistoteran.substack.com)
Toda sociedad se expresa políticamente en respuesta a estímulos que le generan esperanzas y consagran rechazos. Se rechaza lo que no gusta, o sencillamente aquello que ya no emociona, y se apuesta siempre inevitablemente hacia un futuro que se anhela mucho mejor.
Mientras el esquema antedicho funciona, estamos frente a un curso natural de los acontecimientos sociales. El ser humano es siempre un animal deseoso de las mejores perspectivas hacia adelante, y ese deseo es el impulso de su accionar y la razón de ser de sus sacrificios.
El problema social que altera los ritmos comunitarios, es el momento en que una sociedad incurre en la apatía y la desesperanza. Es una desmotivación que le quita sentido al esfuerzo individual y colectivo.
La contemporaneidad mundial presenta un alto grado de complejidad y los desafíos inminentes ameritan un ejercicio espiritual de templanza y optimismo para afrontarlos, atributos que no parecen estar presentes en un escenario internacional donde la crispación y el desequilibrio son ya moneda corriente, y estas características negativas se ostentan con desenfado por parte de muchos de los principales líderes mundiales.
En el caso argentino, da la impresión de que nuestro conjunto social se ha deslizado, o se está deslizando a toda velocidad hacia un estado de frustración generalizado.
La apuesta del electorado nacional en los comicios del 2023, aunque individualmente no la comparto, tenía razones lógicas que no pueden soslayarse. Se eligió la disrupción como alternativa a una institucionalidad política que olía a componenda, fracaso y privilegios. Con ingenuidad se pensó que se haría tabla rasa con el pasado, no dejando nada en pié, identificando como culpables absolutos y exclusivos de nuestros males a ese conjunto dirigencial anquilosado que se adjetivó con genialidad discursiva como “la casta”. La promesa de aniquilar esa casta y esos privilegios fue un motor importante al momento de la decisión del electorado.
Los errores del pasado reciente permitieron la estructuración de un ajuste salvaje, probablemente el de mayor magnitud en muchísimo tiempo, y la sociedad lo toleró con una pasividad sorprendente, en la esperanza de que se tratara de un tránsito temporal, un sacrificio por un tiempo, que sería recompensado con bondades en el futuro inmediato.
Pero los resultados benéficos no aparecieron, y los meses fueron pasando hasta convertirse en años. La casta sobrevivió a todos los embates y se reconfiguró para enquistarse con los mismos vicios y mayor impunidad pasando a formar parte de las filas del gobierno que había prometido extirparla.
La magia de la dolarización prometida, que ingenuamente algunos creyeron se trataría de una pócima mágica que generaría un bienestar económico general, nunca llegó ni siquiera a delinearse en sus más rudimentarias proyecciones.
Se inició una sistemática destrucción del aparato estatal, y sectores enteros de la sociedad empezaron a sufrir en carne propia las consecuencias de una paralización y suspensión del accionar público, incluso en áreas consideradas esenciales, como la educación y la salud.
Poco a poco el ingreso disponible de la mayoría de los argentinos empezó a reducir su cuantía, y el naufragio de decenas de miles de PYMES, esos emprendimientos que constituyen la raíz esencial de nuestra clase media, aportando la mayor dosis de generación de empleo formal registrado, se contempla casi con impavidez y despreocupación que asustan.
Durante mucho tiempo se ha venido aguantando la parálisis en la obra pública, el deterioro de nuestra infraestructura, la pérdida de competitividad industrial y la inmovilización de la capacidad instalada fabril. Se ha avanzado impiadosamente contra los haberes jubilatorios, la variable de ajuste más tradicional, y se ha reducido la provisión de medicamentos, mientras se deterioró el salario de los profesionales del sector de la salud incentivando una lamentable pérdida de recursos humanos imposibles de sustituir con eficacia en el corto plazo.
Se ha consentido que el gobierno rehusara dar cumplimiento a leyes sancionadas por el Congreso Nacional con mayorías extraordinarias, vetadas e insistidas por los parlamentarios. Los defensores de la República, esos que se rasgaban las vestiduras cuando el kirchnerismo gobernaba con decretos de necesidad y urgencia, se llamaron a silencio.
Todo en aras de sostener la esperanza de beneficios que no llegan, o al menos no llegan a las grandes mayorías.
Esta reseña no sería preocupante, si no se agudizara por la falta absoluta de una oposición responsable, organizada racionalmente y con propuestas superadoras.
El espectáculo circense, de pobre calidad, que el peronismo está exhibiendo en una disputa inentendible, que parece circunscribirse geográficamente a una batalla por el control del conurbano bonaerense y una competencia de egos desbordados tiene un efecto social desalentador. Tengo la impresión que la dirigencia justicialista está enfrascada en un combate minúsculo, que desatiende los requerimientos esenciales de aquellos a quienes decían representar.
Encuentro en este punto, en la falta absoluta de una opción racional que permita enfrentar el desvarío mileísta, quizás el elemento fundamental de esa desesperanza que se ha apoderado del corazón de buena parte de los argentinos.
No hay un grito de rebeldía, no hay una expresión de hartazgo frente a la prepotencia insoportable de un Presidente que ha perdido todo tipo de decoro, y cuyas políticas carentes de empatía están causando un daño terrible a muchísimos argentinos. Lo que hay es una tristeza abrumadora.
Los adeptos de Milei son cada vez menos, y se cohesionan en torno al poder y el odio.
El poder les permite a muchos gozar de privilegios, esos mismos que decían venían a combatir, y se aferran a ellos con uñas y dientes. Soportan insultos, humillaciones y desplantes de todo tipo, pero permanecen firmes al pié del cañón, incentivados por recoger los frutos prohibidos que el árbol del Estado, ese que en público maltratan, pero del que en privado se aprovechan con impudicia.
Otros se sostienen gracias al odio. No hay un elemento más movilizador que el odio. La mera idea de un eventual retorno del kirchnerismo es de por sí un formidable aglutinador de voluntades, que tiene el imprescindible componente de irracionalidad que lo hace tremendamente atractivo para las mentes simples.
Existe un tercer grupo de personas que no tienen acceso al poder y tampoco profesan un odio visceral, pero que sin embargo adhieren todavía al oficialismo. Son aquellos que están convencidos que el rumbo del modelo es el correcto, aunque en el fondo están ya cansados de tolerar las formas de un Presidente, cuyos modos producen vergüenza ajena.
Y se abre en este grupo la necesidad de abrir un debate interno racional y desapasionado para descifrar en verdad de qué estamos hablando cuando repetimos casi mecánicamente del “rumbo” del gobierno.
Creo que hay una idea de que es razonable no gastar más de lo que nos ingresa, que las cuentas públicas deben administrarse con sobriedad, que las distorsiones tributarias que afectan la competitividad de los productos nacionales deben ser corregidas, y que la inflación no es un marco adecuado para el desarrollo armónico de nuestra economía.
Si ese fuera el bendito rumbo al que nos referimos, no tengo dudas de que muchos de nosotros, incluido yo mismo, estaríamos completamente de acuerdo en sostenerlo.
Pero cuando se define que el gobierno tiene decidido el desmantelamiento de la estructura industrial nacional, ya no estamos de acuerdo. Un país sin industria no se puede concebir desde una perspectiva lógica. El oficialismo tiene una visión absurda de lo que es la competitividad industrial e ignora su rol fundamental en la estructuración del tejido social. Admito que discutamos qué tipo de industria tenemos que sostener y evaluemos integralmente la problemática. Lo que no se puede hacer es lo que el gobierno nacional está haciendo. Asfixiar a la industria hasta hacerla agonizar. Carga tributaria de un peso aplastante y una complejidad absurda, apertura indiscriminada de importaciones incentivada por una paridad cambiaria artificialmente baja, y una caída brutal del consumo, constituyen una política impulsada por un gobierno que no quiere ni siquiera escuchar a los actores del sector.
Preferimos a los hindúes, a los chinos, o a cualquiera que no sea argentino. Un disparate.
Tampoco podemos estar de acuerdo con un gobierno que ha decidido deliberadamente desatender la infraestructura pública, que se deteriora todos los días. Es una desinversión que resulta inaceptable, que nos hace perder competitividad y que desincentiva las inversiones privadas que requieren de esa infraestructura en condiciones, como un elemento previo a toda propuesta inversora.
No creo razonable tampoco que se pueda compartir un rumbo económico que propicie destruir la idea de una educación y una salud pública de calidad. Son parámetros comunitarios básicos, que nos constituyen y nos distinguieron como Nación a lo largo de nuestra historia.
Y la lista podría seguir, pero lo que quiero destacar es la falacia que implica decir que se apoya el rumbo emprendido. El manejo de las cuentas públicas y el cumplimiento de los pagos de la deuda externa o la baja de la inflación no constituyen valores que se puedan sustentar en graves desequilibrios de la microeconomía, esa que afecta a la mayoría de las personas de carne y hueso. El ser humano es y debe ser siempre el destinatario final de toda acción de gobierno. Y un gobernante que se desentiende de las penurias de su población, es alguien que tiene una perversa disociación respecto de lo que verdaderamente importa.
Milei ha impuesto su impronta personal a su gobierno. Es la encarnación de la crispación más absoluta. La agresión y el insulto son la mecánica habitual que le permite lograr que nadie razone, que todos nos veamos inmersos en la maraña nauseabunda que implica responder permanentemente al agravio, cada vez más grosero. Cuando la gente grita, deja de pensar.
Milei tiene desequilibrios emocionales evidentes, pero no es tonto. Ya sabe que el sentimiento generalizado de una porción mayoritaria de la sociedad es el desencanto, y, para combatirlo, apuesta una vez más a la receta que le diera éxito en reiteradas oportunidades. Busca enemigos y eleva los niveles de crispación. En el fuego de su verborragia desmedida hay siempre un deseo de provocar escándalo, ese ingrediente necesario para distraer la opinión pública de sus padecimientos cotidianos.
El Presidente y sus secuaces redoblan el camino del disparate. Es parte también del rumbo de su accionar. Necesitan una sociedad dividida, profundamente alterada e inaccesible al diálogo y al entendimiento. La polarización y el odio son el sostén de su accionar, lo que posibilita que sus políticas se sostengan a pesar de la insensatez de sus propuestas.
No es casual que cuando las encuestas desnudan una caída vertiginosa de la imagen presidencial, haga Milei un renovado despliegue de escenas ridículas, plagadas de violencia verbal indiscriminada.
Su nivel de agresividad para con su par brasileño Lula es inaudito. No le importa en absoluto comprometer una relación prolífica, pacífica y sostenida a lo largo del tiempo, inclusive entre gobiernos de ideologías políticas contrarias. Tener de enemigo a Lula es parte de su libreto estrambótico, y se autoengaña satisfaciendo su megalomanía que le hace sentirse el ombligo del mundo, mientras dispara insultos y acusaciones infundadas, sin reparar en los costos diplomáticos y comerciales que sus dichos puedan ocasionar a nuestro país.
Pero no solo necesita confrontar desde el agravio. También quiere hacer alarde de su falta de empatía social, transformando paradójicamente ese defecto en virtud. Preguntado por la alarmante morosidad que ya afecta a siete millones de hogares argentinos, se desentiende del tema con una frialdad pasmosa, y transforma el problema social en un tema de responsabilidad individual del que el gobierno no tiene porque ocuparse y mucho menos preocuparse. “Es culpa tuya” le dice al deudor agobiado, al que ha perdido su trabajo, al que vió reducido sus ingresos, o al que la desesperación por la subsistencia le ha llevado a pedir dinero para alimentarse o pagar sus facturas de servicios esenciales.
Y ya puestos en el camino del disparate conceptual, no le alcanza con pelearse con Brasil y burlarse del infortunio de los morosos (la mayoría de los cuales incurrieron en mora a raíz de sus políticas económicas), el plan requiere también manifestaciones conspiranoicas, sin las cuales el libreto queda incompleto. Aparece entonces en uno de esos reportajes amañados, donde la dignidad periodística ha sido socavada al extremo más vulgar, la idea de estar siendo víctimas de una conspiración terrorista, de la que nadie, salvo el Presidente, tenía noticia alguna. Absurdo, tanto, que exime de mayores comentarios.
Y sus secuaces no le van a la zaga. Hay que reforzar el odio y la discriminación. Naturalizada la locura, todo vale, hasta lo insensato, eso que es una invitación a la violencia y una verdadera apología del delito. Alejandro Sarubbi Benítez, conocido como el “Gordo leyes”, desde un programa de streaming sugirió que se levante un muro de quince metros para separar al conurbano bonaerense y colocar francotiradores cada diez metros para aniquilar a esta gente, o, siendo más drástico todavía, esterilizarlos a todos, y bombardearlos con napalm. Inconcebible tanta imbecilidad, despreciable su crueldad. Pero lo más increíble es que sus dichos no atraigan el accionar de un fiscal preocupado por la incitación al delito que sus palabras implican. Reitero, estamos naturalizando lo absurdo, y eso es pésimo desde el punto de vista de la moral comunitaria.
Con este oficialismo enardecido en el sostenimiento indefinido del odio y la discriminación, y con una oposición incapaz de articular dos propuestas racionales en voz alta, es lógico que la desesperanza sea hoy el sentimiento en expansión entre nuestros compatriotas.
Urge alzar banderas nuevas, ensamblar consignas positivas y formular propuestas que impliquen una superación esperanzadora de este estado de situación.
La desesperanza ha irrumpido y nos agobia con su fétido aliento.
Pero la constatación del hecho no debe afligirnos. Al contrario, supone la urgencia de levantarnos con fuerza para pensar con alegría un país posible, donde el consenso sea una búsqueda infatigable, y donde sepamos abrirle paso a una propuesta que contenga recetas que recopilen las enseñanzas del pasado y del presente para permitirnos las correcciones necesarias que proyecten un futuro donde la esperanza sea el horizonte social que persigamos.
Buenos Aires, Agosto 06 del 2026
Sisto Terán Nougués
Artículo publicado originalmente en sistoteran.substack.com
Sisto Terán
Tucumano. Abogado. Político. Escritor. Fue vicegobernador de Tucumán, legislador, director de la Casa de Tucumán en Buenos Aires, entre otros cargos públicos. Ha publicado los libros "Cartas a mi hijo que está por nacer" (1999), “Yo no creo en la muerte” (2009), "Camino de Santiago" (2000) y "Hitler, un pecado Colectivo" (2023). Pueden leer sus últimos escritos en sistoteran.substack.com.







