Adorni, el Monguito de la corrupción, y el triunfo de la boludez criolla
Tras una larga espera, finalmente se conoció de dónde salió la plata que le permitió al Jefe de Gabinete pasar a mejor vida. El argumento, digno de una peli berreta, rompe los límites de lo verosímil e instaura una nueva forma de representar la realidad argentina. ¿Nos toman por boludos? La estupidez como victoria de la batalla cultural. Por Exequiel Svetliza.
Al igual que al personaje de la película de Olmedo y Porcel, Adorni muestra los hilos.
Esto es un montón. Quizás llegará el tiempo en que alguna universidad norteamericana venga a ratificar la estadística, pero a nadie se le escapará que esa frase se ha convertido en una muletilla demasiado familiar en esta Argentina donde todo es un montón y, a la vez, ya nada es un montón. Si el vaso llevaba bastante tiempo rebalsado, las últimas noticias acerca de la ley de inocencia y poca vergüenza fiscal y el relato de Manuel Adorni para justificar su inaudito crecimiento patrimonial invitan a subirse a los botes ante una inundación catastrófica. Lo que parece anegado y en trance de terminar hundido como las ruinas de la Atlántida es nuestro sentido común. No se sabe a ciencia cierta qué es real y qué es parodia. La noticia se volvió indiscernible de la fake new y el meme de la captura de pantalla. Hasta podríamos sospechar que estamos metidos en una remake menemista de bajo presupuesto y todo se trata de una jodita para Tinelli. Sería gracioso si la destrucción social no fuera el telón de fondo de la pantomima. Ya lo dijo el poeta: llorarás con un ojo y con el otro te reirás. Pero, ante una realidad que se empecina en torcerle el brazo a lo que creíamos verosímil, nos quedamos absortos en una mueca a medio camino entre la incredulidad y la bronca. Acaso la pregunta más auténtica que nos podemos hacer en este momento sea esa que resuena con fuerza en estos últimos días: ¿Nos toman por boludos?
En las vísperas de la fiesta mundialista, mientras la verdulería del barrio se vestía de celeste y blanco y nos calzábamos las camisetas chinas de la selección (hay que conformarse con el caldo cuando la gallina está cara), se conocieron dos noticias que la espuma futbolera no alcanzó a tapar: el aluvión de funcionarios del gobierno y de grandes baluartes del periodismo más probo de la nación que se acogieron al nuevo régimen de Inocencia Fiscal y la tan anunciada declaración jurada del ex vocero presidencial Manuel Adorni. La saga del Jefe de Gabinete y su vertiginoso ascenso social que tuvo expectantes a todo el arco político y a la prensa nacional finalmente demostró un guion que, de tan berreta, parece digno de la lucidez creativa del cineasta Diego Recalde. Sorpresiva y muy poco creíble, la explicación patrimonial de Adorni nos recuerda bastante a Monguito, ese alienígena argento ochentoso de la película Los Extraterrestres protagonizada por Olmedo y Porcel. Al igual que nuestro ET falopa de La Salada, la historia de su enriquecimiento se muestra como una ficción bien flojita de papeles que deja al descubierto la cremallera del disfraz.

Monguito, una singular cruza entre alienígena y escroto.
Entre gallos y medianoche, en diciembre pasado se votó en el Congreso la famosa Ley de Inocencia Fiscal que contempla el Régimen Simplificado de Ganancias. Esta normativa busca blindar legalmente a las personas para que usen “los dólares debajo del colchón” que tanto obsesionan al ministro Toto Caputo. A diferencia de los blanqueos anteriores impulsados por la administración libertaria, en este sistema entra cualquiera, desde personas políticamente expuestas hasta sus familiares. Se ve que tantas divisas debajo del colchón les quitaban el sueño a varios porque, al igual que ya había sucedido con los generosos créditos hipotecarios del Banco Nación, fueron los miembros de las huestes oficialistas los primeros que corrieron a sumarse a este nuevo régimen. Como para ir preparando el terreno de lo que sería su declaración jurada, tanto Adorni como su esposa, Bettina Angeletti, suscribieron a la normativa. Al igual que lo hicieron el ex diputado de La Libertad Avanza sospechado de recibir financiamiento narco José Luis Espert, el ministro de Desregulación Federico Sturzenegger, el ex Jefe de Gabinete Guillermo Francos, el actual titular del ARCA Andrés Vázquez y el profesor de vóley y actual Embajador de la República Argentina ante la Unión Europea, Fernando Iglesias, entre tantos otros. Los que aprovecharon también la volada fueron algunos guardianes mediáticos de la moral y las buenas costumbres como Luis Novaresio, Eduardo Feinmann y Luis Gasulla; todos periodistas insospechados de ensobramiento alguno, claro está.
A la luz de los hechos, la ley parece un traje a medida de la ambición aspiracional de tipos como Adorni porque le brinda un paraguas legal a su consumo problemático de inmuebles y viajes ostentosos. Pero también, como advierte Luis Ignacio García en una nota publicada en Revista Anfibia sugestivamente titulada “País de boludos”, lo que hay de fondo en esta normativa es la institucionalización del sueño húmedo de los tecnomagnates y su utopía postestatal, es decir, la aspiración a una sociedad donde el Estado pierda su capacidad de registro, control y redistribución de las grandes riquezas. Vale decir, un país a medida de los archimegamillonarios y no apto para secos.
En el ojo de la tormenta política del gobierno nacional y ante la obligación de dar explicaciones sobre su patrimonio, en una entrevista televisiva el Jefe de Gabinete develó el misterioso origen de sus riquezas y eligió reconocerse como evasor para no ser juzgado como corrupto, es decir, chorro. Aunque implica reconocer un delito, la decisión es lógica: lo primero le otorga a su figura el aura heroica que el presidente Javier Milei le concede a los evasores. Lo segundo lo ubica en el terreno enemigo, aquello que supuestamente el libertarismo venía a combatir. Sin embargo, aun cuando esperó hasta último momento para dar a conocer su declaración jurada, la justificación que enarboló sonó al pueril “maestra, el perro me comió la tarea”. Es que Adorni dijo haber encontrado la documentación de una inversión de 200.000 dólares en Bitcoin que realizó en 2014 –para el relato social quedó establecido que la plata en criptomonedas se encontraba en un pendrive olvidado, pero en realidad se trata de un papel con un código QR- que, con el tiempo, se transformaron en más de 500.000 dólares. Todo un visionario. Ese medio palo verde que se olvidó de declarar al momento de convertirse en funcionario público es el número que le permitiría explicar la vida a todo culo que se dio en los últimos años: compra de propiedades, refacciones, cascadas, viajes de lujo y gastos astronómicos con la tarjeta de crédito. Pero la historia y su flacidez argumental no convenció a nadie. Ni a los propios - Patricia Bullrich calificó al descuido del ex vocero como una “omisión ética”-, ni a la primera línea del oficialismo mediático. Luis Majul, Joni Viale y Esteban Trebuc abandonaron su obsecuencia característica para despegarse rápido del Jefe de Gabinete caído en desgracia.
A fines de los ochenta, la pantalla de Canal 9 transmitía “Atrévase a soñar”, un programa de juegos conducido por Berugo Carámbula donde cuatro mujeres competían por una serie de premios. Al final de cada emisión, la ganadora atravesaba un arcoíris para regresar al estudio totalmente renovada, tanto en su look como en sus ropas y sus alhajas. La transformación radical era acompañada siempre por la misma muletilla del conductor: “los sueños, sueños son… Pero aquí, ¡se hacen realidad!”. Es más que evidente que Adorni encontró ese arcoíris mágico donde cumplir sus sueños en el Estado (y con la nuestra). Pasó de reclamar por salchichas vencidas y hacer asados precarios en patios con paredes sin revocar a vuelos chárter y casa en el country. El contraste es evidente y no hay en ese pasado de austeridad ningún indicio de alguien con cientos de miles de dólares guardados a la espera de ser gastados en una vida de nuevo rico. Aunque muchos vislumbraban una declaración jurada dibujada, lo de Adorni es tan chambón que se parece más al garabato de un niño de preescolar. Su historia hace agua por todos lados y, para colmo, no tardaron en aparecer videos de hace un par de años atrás donde el actual Jefe de Gabinete confiesa su ignorancia en materia de Bitcoin.
Mientras se define su futuro judicial y político, conviene volver ahora a la pegunta inicial: ¿Nos toman por boludos?
Habrá quienes argumenten que corrupción hubo siempre en Argentina, sin importar el momento histórico y el régimen político que conduzca los destinos de esta Nación, y se vuelve muy difícil contradecir esa afirmación. Pero está claro que no es siempre igual, todo igual, todo lo mismo. El caso Adorni –y podría entrar en esa misma bolsa la causa $Libra- pone en evidencia que la corrupción estatal ha perdido cierto grado de sofisticación de otrora para caer en las formas más chabacanas del afano. En el Jefe de Gabinete se manifiesta no sólo la angurria por el consumo desmedido que desnuda su accionar, sino también cierta displicencia a la hora de encubrir el latrocinio. Recordemos que, en el prime de su corruptela, el 3 de noviembre de 1995 el menemato llegó a volar el pueblo de Río Tercero, en Córdoba. Se trató de una puesta en escena criminal para ocultar las evidencias del contrabando de armas a Croacia y Ecuador (la explosión ocasionó la muerte de siete personas y más de 300 heridos). En la corrupción de Adorni no hay histrionismo, gestos ampulosos ni siquiera un gran relato detrás para justificar su patrimonio. En la ficción abúlica que dio a conocer hace unos días se expresa hasta cierto desgano en la invención de una coartada. ¿Entonces se trata de falta de imaginación o subestimación de la audiencia?
La llamada viveza criolla es una de las representaciones sociales más gravitantes de nuestra cultura nacional. Tiene momentos épicos como la mano de Dios ejecutada por Diego Maradona en aquel recordado gol a los ingleses y una prolífica genealogía de personajes memorables en la ficción: Picardía del Martín Fierro, Isidoro Cañones, los Pichiciegos de Fogwill y los protagonistas de la película Nueve Reinas, por mencionar unos cuantos. También hay otros definitivamente olvidables, como aquellos que componen el collage de personajes del film Homo Argentum. En la mayoría de los casos, cuando hablamos de los representantes de la viveza criolla, hablamos de chantas carismáticos, pícaros y sagaces; sujetos entradores en cuya aura de seducción radica su capacidad de engaño. Cínico, engreído, pedestre y con menos luces que la locomotora del tren fantasma, Manuel Adorni se ubica en las antípodas de ese estereotipo argento. Carente de ingenio, el ex vocero presidencial tensó tanto el arco narrativo del relato libertario que consiguió romperlo. No sólo porque su figura condensa todo aquello que Milei anunció que venía a combatir (la casta política y la corrupción), sino porque adolece de gracia para la trampa. A Manuel le sobran ínfulas y le falta duende. En la construcción de su imagen, Adorni hoy es el protagonista de Los bañeros más locos del mundo de la corrupción estatal. Sin embargo, su irrupción en la política marca acaso la única gran victoria de la mentada batalla cultural mileista y es el síntoma de un cambio de paradigma: el paso de la viveza criolla a la boludez criolla.
Dicho en criollo y para que se entienda: ya no te afanan los más vivos, sino los más boludos. Hubo un tiempo en que, cuando la corrupción se manifestaba en su expresión más obscena, la sociedad no tardaba en hacer tronar el escarmiento, desde el piquete hasta el cacerolazo, pasando incluso por la revuelta social. Hoy esa indignación parece implosionar dentro de los cuerpos y no llega a exteriorizarse más allá de las redes ni alcanza tampoco a encender una bronca colectiva. Quizás se deba a que reconocerse estafado por un boludo implica también aceptar la propia boludez. Y no es tarea fácil. No son pocos los que entraron como caballos en el relato anticasta y se vieron seducidos por la motosierra del outsider mesiánico que llegaba para extirpar a la política de sus viejos vicios. Ahora les toca fumarse los cuentos inverosímiles de Adorni con las venas del cuello hinchadas mientras hacen malabares para llegar a fin de mes. Latigueados por los chicotazos de la realidad, sin Bitcoin ni pendrives que los salven, se preguntan entonces si los toman por boludos. Quizás ha llegado el momento de mirarse al espejo y responder con toda honestidad a esa pregunta.








