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Un diario que se llama como nosotros

El Tucumano cinco años

Cumplimos cinco años como medio de comunicación y nos preguntamos qué significa ser tucumano y relatar la tucumanidad a diario. El desafío de asumir el gentilicio.


¿Qué decimos cuando decimos que somos tucumanos? Sin duda, el gentilicio esboza un universo diverso y prolífico que trasciende los ya consabidos estereotipos: el o la calor, el sánguche de milanesa, la empanada, la achilata, los azahares, la lluvia de cenizas de los ingenios, los cerros al fondo del paisaje, las eses que nos olvidamos al final de las palabras o el uso del pretérito perfecto. Todo aquello que puede configurar una forma posible de identidad. Qué somos y cómo somos; eso que habla de nosotros y, tantas veces, por nosotros. El gentilicio supone una responsabilidad y un desafío: decir que somos y que hacemos eltucumano supone embarcarnos en el relato de una identidad no esencialista, cambiante, contingente y móvil. Somos eso que se dice tucumano, pero que no es siempre lo mismo. Somos el acervo inabarcable de nuestras historias y también nuestras formas de nombrar y de contar. Eso: un diario que cumple cinco años contándonos. Todos los días.

Hubo un tiempo en que la mayoría de los medios eran monoteístas y endiosaban a la verdad. Una verdad única y monolítica. Verdad autosuficiente, incuestionable, con aura impoluta de axioma. La verdad era la verdad que los medios decían verdadera. Y sólo esa. Verdad onanista, complaciente, gozosa de sí misma. El presente nos ubica en un cambio de paradigma y en el avance del dogma de la posverdad; doctrina donde la verdad se vuelve mero acto de fe. Muchos eligen creer en lo que quieren creer y hay tantas verdades como profetas de esas mismas verdades en las tribunas. Verdades más o menos parciales. Verdades más o menos convenientes. Verdades más o menos interesadas. Ante la caída, acaso definitiva, de la Diosa Verdad, en eltucumano nos declaramos promiscuos y politeístas: creemos en lo sagrado y en lo profano, en lo sublime y en lo mundano, en algunos próceres y en todos los héroes de nuestras pequeñas épicas cotidianas. Creemos en Bazán Frías, en Tapalín y -por qué no- en el Messi de Famaillá. Desconfiamos de esas verdades grandilocuentes que se profieren en los púlpitos, pero creemos en las verdades de los amanecidos, de los borrachos, de los laburantes, de los derrotados de toda derrota. Una sola convicción inamovible nos acompaña: la empanada no lleva ni papa ni pasas. Amén.

La apuesta del periodismo es siempre ética y estética. Apurados por la primicia y preocupados en verdades de patas cortas y manos largas, muchos escribas se han olvidado del hedonismo de la palabra. No alcanza con no mentir, con no inventar, con no dañar; esos mandamientos de manual que promueven la probidad profesional y la fantasía del ascetismo ideológico. La lógica del periodismo no debería en eso alejarse de la que rige a cualquier trabajo artesanal: contar es, ante todo, contar bien. Nuestro horizonte es contar mejor; contar distinto. No olvidarnos nunca de la ambición estética, de la cadencia rítmica de las palabras, de sus diversos matices. Y en esa búsqueda no renegamos de nuestras propias formas de decir. Celebramos la impetuosa belleza idiomática de un “eh ura qué pingo mirá cajeta” o de un “hacete culiá vo, vo y vo”; esa violenta poética de lo cotidiano. No creemos en la maldad de las palabras ni nos ponemos el traje de la solemnidad lingüística. Contamos lo que vemos y lo que escuchamos por ahí. Y lo contamos así como lo vemos y así como lo escuchamos. Sin censuras ni edulcorados artificios que nos hagan sonar distinto, con modulaciones ajenas. Creemos en el tesoro de las palabras propias.

Y en ese afán de contarnos y contar lo que nos pasa tampoco abjuramos de ninguna forma de lenguaje: la crónica, el análisis, la poesía audiovisual, el streaming, el arte, los contenidos de las redes sociales, los memes, los audios virales y tantas otras formas de decir. De lo trágico a lo cómico, de lo necesario a lo prescindible, de lo histórico a lo cotidiano; las derivas de los relatos son múltiples como diversos los estilos y distintas las miradas. Hay muchas formas de contar un mismo cuento y la apuesta es también a una heterogeneidad que se asuma lúdica y festiva. ¿De qué otra manera sino retratar lo fluctuante de la tucumanidad? Lo bueno, lo malo, lo bello, lo feo, lo extraño y también lo incomprensible. Porque esto es Tucumán. Y no lo entenderías.


Hasta ahí la estética; esa búsqueda perpetua que supone el esquive de fórmulas acartonadas y ya agotadas en su uso. Con aciertos y errores porque este es un diario que se hace al andar y andando contamos y también, andando, siempre andando, aprendemos. Y así como la estética se traduce en la ambición por contar distinto, la ética es la ética de contar lo distinto. Ahí es donde el oficio no puede ser ajeno a los tiempos que corren y nos exige miradas plurales que abarquen a los feminismos y a las disidencias de todo tipo. Miradas capaces de superar las matrices y los distintos estereotipos de clase, de raza, de género y demás que tienden a encorsetar el pensamiento. Miradas que no caigan en la voracidad del extractivismo mediático y su tendencia a hacer de todo un show. Miradas que se atrevan a mirar más allá del propio ombligo. Miradas que cuestionen y se cuestionen.

Son cinco años de un medio que asume el desafío de contarnos día a día desde el gentilicio. Ante todo, y a pesar de todo, somos un diario que se llama como nosotros. Acaso no elegimos ser eltucumano, tenemos el privilegio.