Cenizas quedan
En tiempos de enfermedad y de muerte, el dolor de perder a un ser querido se mezcla con la algarabía de quienes ignoran las consecuencias de sus actos por sus propias ambiciones. La pandemia sigue para muchos, pero para otros no tanto.
La casa está más silenciosa que antes. Hay menos tazas en la mesa al desayuno. La voz característica del llamado a almorzar ya no suena, no rebota más en las puertas entrecerradas de la planta alta, en donde el grito era esperado casi a la misma hora todos los días. El mate ya no es para dos; ahora es café. El teléfono fijo apenas suena, tampoco se escuchan las teclas desde la sala de estar. El perro deambula con la cola baja. Falta un beso a la mañana, una palmada de bienvenida en la espalda, un abrazo antes de partir. Hay más silencio que antes, sí, pero sigue sonando la misma música y, de tanto en tanto, el mismo nombre una y otra vez. Para algunos el planeta se detuvo. Nada es lo mismo y hacen un esfuerzo enorme para que siga siendo. Amanece y anochece. Despiertan y se van a dormir. Los días consisten solo en eso, a veces. Y no queda otra que seguir caminando, aunque las rodillas duelan, aunque el camino esté cortado y no haya más que obstáculos flotando en el aire. Aunque siga habiendo otros que niegan, que eligen no tener memoria, algunos siguen. Algunos están. Como pueden, avanzan. Y eso no es poco.
En miles de hogares tucumanos falta alguien querido; un padre, una madre, un hijo al que se llevó esta maldita pandemia, obra de quien sabe qué o quién. Cada casa es un mundo, cada duelo un sentir distinto. Lo que es absoluto es esa sensación que deja la ausencia, lo que provoca en el interior, en el corazón que parece más pesado que antes, en ese nudo en la garganta que, a pesar del tiempo y de la saliva transcurridos, sigue allí, como firme recordatorio de quien se fue lejos, como un puño cerrado que se niega a aflojar y soltar, como si lo que faltara fuera una parte de nosotros mismos.
No es fácil despedir a un ser querido en pandemia. Los protocolos son estrictos y, en el peor de los casos, la persona enferma se va como ingresó a su cama en la sala de internación: en soledad absoluta; sólo médicos alrededor, seguramente haciendo intentos sobrehumanos para reanimarlas. No imagino la angustia que se debe sentir, hay ocasiones en que se me oprime el pecho de solo pensarlo. ¿Qué habrán sentido cuando veían a su alrededor, cuando miraban sus manos cruzadas por tubos y cables, cuando escuchaban el sonido del “bip” constante proveniente del monitor de signos vitales o de la bomba del respirador de camas contiguas? ¿Qué habrán pensado los que se fueron antes de quedarse dormidos y emprender viaje sin darse cuenta? ¿Qué habrán querido decir a sus familias por si algo pasaba? ¿Habrán creído que se iban? ¿Habrán luchado? ¿Se habrán rendido? Carcome el alma.
Cada tanto se vuelve en los pasos para tratar de entender lo que pasó. A muchos el “hubiera” los perseguirá por siempre. No hay forma de saber con certeza, mas sí de aprender. Y más importante todavía es querer aprender y enseñar si sabés. Pero cuando la voluntad está ausente, ninguna de las dos instancias es posible. La peste sacó lo peor y lo mejor de todos. Nos hizo solidarios, pero también mostró el egoísmo más humano, la estupidez más insólita y la desidia. El accionar de cada actor de esta sociedad afectó el destino de otros: las decisiones tomadas, las omisiones, los intereses propios que nunca salieron del radar, los malos ejemplos. Todo aquello quedará en la memoria y cada quien deberá elegir el saco que le quepa una vez que esto pase (y ojalá lleguemos todos a ese momento). Nos hablaron de una “nueva normalidad” y, a más de un año de la llegada del bicho a la provincia, las postales recientes parecen del ayer más normal. ¿Y entonces? ¿A dónde quedan los mensajes sentidos, los slogans y las bellas palabras? ¿A dónde quedan el cuidado, los consejos, las restricciones? ¿Y el respeto a las víctimas y a sus familias? El mensaje que están dando algunos políticos deja mucho que desear.
En Tucumán la cantidad de casos detectados de COVID-19 descendieron significativamente en coincidencia con el inicio de la campaña electoral para las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO). Los actos proselitistas, las visitas a obras, los encuentros partidarios y de gobierno; todo eso parece inmune a la pandemia, no contagia, no mata. Sí, la mayoría de las personas asistentes seguramente deben estar vacunadas, usan barbijo y –supongamos- mantiene los dos metros de distancia recomendados. ¿Pero alguien puede asegurar y poner la firma de que nadie corre riesgo alguno? La variante Delta amenaza aterrizar con fuerza en territorio tucumano. Sin ahondar en la letalidad y contagiosidad respecto de la cepa original, todos los estudios coinciden en que, a mayor circulación de personas, mayor es la proliferación del virus y sus posibilidades de mutar más agresivamente. ¿Qué están pensando quienes manejan los hilos de la Provincia y de los municipios? ¿A qué están jugando?
¿Qué diferencia hay entre un acto político y un partido de fútbol con público? ¿Qué justifica, después de ver tan tristes imágenes, que teatros y cines, bares y boliches, comercios y centros de atención pública, escuelas y universidades sigan limitando su funcionamiento?
Negacionistas de la primera hora y quienes pensaron formas efectivas de cuidar a la gente ahora violentan por igual las medidas preventivas contra la pandemia. La obsesión por los votos puede más que los hospitales abarrotados de pacientes graves, más que los centros de aislamiento armados en tiempo récord y a los respiradores que hubo que comprar a contrarreloj. La campaña vale más que las lágrimas y la incertidumbre de saber si alguna vez vamos a volver a la normalidad. Tuvimos la oportunidad histórica de mejorar esa normalidad y, una vez más, hicimos todo lo que nos trajo al punto actual. Un virus microscópico nos invitó a pensar en mejores maneras de relacionarnos entre nosotros y con la tierra que habitamos. ¿Y qué hicimos con eso? Que cada quien se responda a sí mismo.
De ahora en más, aquí y ahora, quienes están al frente de algún gobierno, aquellos que poseen algún poder de decisión o los que ansían tenerlo, que sepan que toda acción genera una reacción, que lo que nos proponemos puede traer aparejadas consecuencias buenas y también malas. Lo saben los médicos que no descansaron ni un día desde que estalló la pandemia, lo saben los pacientes que estuvieron graves y sobrevivieron, lo saben los familiares de los que perdieron la batalla contra el virus. Ellos saben que la falta de voluntad, una puerta que se cierra, una mala decisión y hasta una mentirita piadosa hace la diferencia entre abrazar a tu padre recuperado o abrazar la urna con sus cenizas. ¿Ustedes lo saben?








