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Modo Bar

OPINIÓN

Con 2x1 en gin tonics o tetras del pico, amontonados como si fuera la última vez (quizás lo sea), breve e inexplicable recorrido a la noche tucumana más que nunca unida ya no tanto por el amor sino por el espanto.

L-Gante en Concepción. El policía con barbijo, la marea sin. Después clausuraron el show en Alderetes.


De repente está de moda el gin tonic en Tucumán. Hasta con pepinos los hacen. Curiosamente la tónica está basada en la quinina, ideal para la malaria de otros tiempos. Ante tanta malaria del ahora, cantinero: anótelo en la cuenta.

Tomen lo que tomen, sea el trago de moda o el buen y noble Estancia Mendoza de dos litros con Seven Up, el tema son los jóvenes. Y es horrible ser vigilante. Pero peor es ser periodista. Y tener que recibir los mensajes del COE, indignados los del COE pidiendo una nota por la cantidad de fiestas clandestinas que se realizan en Tucumán.

Tucumán es la misma provincia que de la mano del IPLA le puso un cierre de fantasía a la noche cuando se cumplían las 4am y que ahora resulta desbordada. O están untados como manteca barata o no se les cae un operativo: me lo clausuran al L-Gante que me hizo la previa con el Walter en las paredes del Oeste, que les empapeló la calle, que les agotó las entradas en un par de horas y caen con las sirenas como sorprendidos para el circo de la clausura.

Todo forma parte de un acting, de una puesta en escena, como hacen las ambulancias del 107, de acuerdo a los últimos rumores incomprobables de los taxistas tucumanos: dicen que algunas ambulancias salen con las sirenas encendidas para meterle miedo a la popular cuando, en realidad, algunas de esas ambulancias van y vuelven vacías. Solo dan vueltas, como una camioneta municipal que pide conciencia por parlante a los bares de la plaza Urquiza.

Bajo el Modo Bar arman lo del glorioso L-Gante cuyo único tema es tan maravilloso que amerita el sudor y la ola humana pegoteada al compás. Es lo mismo que pasa con una DJ que reventó La Boite en una fiesta electrónica a la cual solo le faltó el water dance de Nocturno, cuando se abrían los grifos del techo y Titán era la segunda ola.

Sea trap, cumbia, trance, rap, este punto de la pandemia trasciende a los gustos musicales y a las clases sociales: más que nunca, no nos une el amor sino el espanto. Después no lloren. Si la mamá empieza con síntomas después de la fiesta, no miren al costado.

Repetimos: 23 happy hours en Semana Santa le pueden haber aplicado pero así no, mis amores: después no lloren. Deberán comerse la noche en la vereda del 9 de Julio, como mínimo, luego de haber contagiado a sus propios seres queridos. Así de increíble como suena. 

Los mayores de 60 que por primera vez encuentran una esperanza en un pinchazo, ahora parece que al peligro lo tienen puertas adentro o en el almuerzo familiar de los domingos: “Si vas a esa fiesta, no vengas en 20 días”, le repite una madre a su hijo con lo que duele.

Es la madre que, vacunada en el Hipódromo y todo, no irá a una fiesta de casamiento porque van 300 personas. Es gente adulta mayor que ya se ha mordido la espera en un nodo de vacunación y esperó el pinchazo hasta en el Hipódromo. Ninguneada en las fases más estrictas al punto de no poder ir ni siquiera a un gimnasio. ¿Qué hacés si contagiás a tu viejo por ir a una fiesta y se muere?

Es horrible este rol de señalar y de acompañar lo más básico que requiere la situación de mierda que nos toca: y no pasa por los lunares del Gobierno, ni es ideológica, ni mucho menos musical. Anoche también era Dalila en Concepción. En unos días será Don Osvaldo en Central Córdoba.

Modo Bar, dicen. Al menos por un tiempo parece que va siendo tiempo de dejarse de joder por un rato. Al menos por un rato. En serio. No creo que no nos importe. Y si no importa, quizás sea tarde para lamentos. ¿Vale la pena?¿En serio?