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La violencia de la juventud y los hombres contra lo humano

OPINIÓN

Desgraciadamente, hemos naturalizado la violencia como síntoma de las sociedades contemporáneas actuales, a pesar de ser uno de los temas más importantes en el marco de la pandemia y la cuarentena, que nos afecta a nivel global. Por Susana Maidana, Doctora en Filosofía y profesora emérita de la UNT.


La pandemia instaló el miedo, la incerteza, la angustia y la violencia que se expandieron a través de la trama social.  La violencia no es un fenómeno nuevo, se expresó en los femicidios, en la muerte de  Fernando Báez Sosa y en los botellazos, que afectaron neurológicamente a otro joven hace un par de días, entre otras atrocidades relacionadas con robos y atentados.

Pero, la mayoría de los casos tienen en común la violencia en contra de otro ser humano sin otro motivo que castigar a uno por ser de tez oscura y de un país limítrofe y al otro, por ser rubio y de tez clara; por tener más que otro, por ser mujer, travesti y muchos casos más.

Gabriel Marcel en 1951, en Los hombres contra lo humano, investigó las consecuencias de la postguerra en las conductas humanas. Es decir que ante situaciones que implican rupturas y quiebres de una cierta normalidad se disparan las reacciones que ven en el otro ser humano el rostro del enemigo.

En el prólogo del libro de Marcel, Ricoeur dice que la única salida es la reflexión y agrego, enfáticamente, la educación.

La violencia no sólo se expresa en actos criminales sino también en quienes no usan barbijo, hacen fiestas clandestinas, atacan al personal de seguridad, queman barbijos, se oponen a las vacunas y cientos de ejemplos más, que son formas del individualismo y del tribalismo más extremos.

¿No es violencia lo que sienten médicos, enfermeros y agentes sanitarios que exponen su vida para cuidarnos, mientras que otra parte del mundo siente que nada podrá afectarlo y que mientras que él esté sano, el otro no interesa? Pero cuidado porque hay muchos infectados jóvenes.

No es, acaso, violencia la exigencia de que las instituciones educativas tengan las condiciones del primer mundo para empezar las clases presenciales o en sistema mixto, cuando sabemos que la pandemia afecta, también, económicamente a todos los países.

Por cierto, es importante exigir buenas condiciones de trabajo y de aprendizaje pero hay momentos de crisis que nos llevan a tomar decisiones que afectan a todos, aunque haya reclamos justos. Algunas exigencias  expresan una mirada sectorial que no tiene en cuenta los derechos de esa niñez y esa juventud que dice “defender”. Sabemos que   niños, niñas y adolescentes  se contagian mucho menos, lo que reduce el riesgo de los maestros, aunque deben estar debidamente protegidos. La vuelta a las aulas debe seguir cuidadosamente el protocolo y sabemos que el contagio se produce si no nos cuidamos, en la calle, en la escuela, en cualquier lado.

En absoluto comparto que deba penalizarse a ningún docente y celebro que en las instituciones haya reglamentaciones que exceptúan de la presencialidad a quienes son personas de riesgo.  

Me pregunto ¿qué pasaría con todos nosotros si el personal de salud decidiera dejar de atendernos porque las condiciones laborales no son las que debieran ser?

Los docentes son padres, tíos, abuelos,  que saben muy bien el papel emancipador de la educación y hoy más que nunca necesitamos independizarnos de las cadenas mentales que provocan y generan violencia para recuperar el sentimiento de solidaridad hacia el otro ser humano, que está adormecido en jóvenes y adultos.

Ahora bien, tampoco creo que los jóvenes sean los “culpables” sino que debemos comprender que es un problema que nos afecta a todos como sociedad, sin desconocer que hay quienes tienen mayor responsabilidad que otros.

Los  jóvenes han recibido algún grado de alfabetización y conviven con sus familias, con amigos, reciben información on line y seguramente tendrán familiares, amigos, padres de amigos que han sufrido los efectos del COVID 19. Me pregunto, entonces, qué pasa con los adultos que miran para otro lado.  Las fiestas clandestinas no solo son organizadas por los  jóvenes sino, también, por los adultos, que siguen festejando cumpleaños, yendo a asados y  participando de encuentros de muchas personas.

Considero que ningún chico o chica es violento por el hecho de ser joven, no creo en las estigmatizaciones,  sino que en la escuela, en los medios, en la casa y en la calle circulan discursos que naturalizan la violencia por ser negrito, gay,   lesbiana, transgénero, inmigrante, pobre y a esa lista agrego: contagiados, enfermos y a quienes los asisten.

La violencia es un problema que nos afecta a todos, sin excepción y argumentar que violencia juvenil se debe al agotamiento de la cuarentena es una respuesta demasiado simplista a una problemática compleja, que ni siquiera tiene en cuenta que es el personal de salud el que está cansado y que convive diariamente con la muerte del otro y de sí mismo.

¿Qué pasa con la responsabilidad de los dueños de los “boliches”, de los lugares de las fiestas clandestinas y de los gerentes de   balnearios que no hacen cumplir las normas?

La responsabilidad, entonces, no es exclusiva de una juventud “descarriada”. No nos confundamos, la juventud de antes no era la panacea porque el silencio y el autoritarismo era moneda corriente y lo que se necesita es hablar, comunicar y transparentar los desafíos que nos plantea nuestro tiempo. Esto lo debemos hacer todos.

En la educación no sólo importan los contenidos curriculares sino que esos contenidos también se enseñan, haciendo referencias permanentes a lo que nos afecta hoy que no son las consecuencias de una guerra sino la presencia de un virus desconocido que nos acecha. Debemos saber que hay un sistema de salud público al que podemos acceder y un sistema científico tecnológico en nuestro país y en el mundo, cuyos descubrimientos contribuyen a disminuir el efecto tan nocivo del COVID 19 y de la violencia que desencadenó.

En tiempos de violencia, las escuelas deben abrirse con cuidados y modalidades mixtas porque es una de las únicas formas de contribuir a desterrar las actitudes irracionales. Despreciar y desvalorizar al sistema educativo y de salud públicos sólo contribuye al atraso, a la ignorancia y a la violencia. 

*Susana Maidana es Doctora en Filosofía y profesora emérita de la UNT.