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24 de septiembre, perspectivas de un futuro simbólico

OPINIÓN

Ante la conmemoración del 208º aniversario de la Batalla de Tucumán, recordamos la gesta simbólica que ese 24 de septiembre de 1812 trajo aparejado para la construcción y consolidación de un proceso revolucionario que tuvo sus frutos luego de largos vaivenes.

Batalla de Tucumán.


¿Qué decir frente una nota que denota las perspectivas de un análisis que ya ha sido hecho? Pensar en las construcciones y tintas que han recorrido los sucesos de 1812, siempre traen implicadas la necesidad de volver sobre uno mismo como historiador y repensar este día tan particular. Es curioso anotar cómo por ejemplo historiadores como Jorge Fernández y Julio César Rondina, consideran que este primer lustro del ciclo revolucionario iniciado en 1810 esta marcado por la victoria realista, entendiéndose a través del aislamiento de los núcleos revolucionarios (marcado por las distancias), la ausencia de colaboración exterior y el debilitamiento al interior de los distintos sectores revolucionarios - ¿podríamos pensar a nuestras primeras grietas en esa lucha de morenistas contra saavedristas? -.

 Sin entrar en discusiones que podrían llevarnos toda una nota, tenemos que detenernos y pensar en situaciones históricas. Recordemos que el Ejército del Norte venía de perder el Alto Perú luego de la derrota en Huaqui bajo el mando de Juan José Castelli, y con la toma de posesión por parte de Manuel Belgrano, la revolución pendía de un hilo. El Primer Triunvirato daba órdenes, el Ejército del Norte con el cuartel de operaciones dispuesto en San Salvador de Jujuy, daba cuenta de la imposibilidad de una victoria frente al Ejército realista de Pío Tristán y daban inicio al proceso que conocemos como el “Éxodo Jujeño”. 

 Ante esta nueva situación alarmante, la órden del Triunvirato era llevar al Ejército del Norte hasta Córdoba, hacer su centro en ese territorio y empezar una defensa encarnizada por el proceso revolucionario en crisis. Sin embargo, Belgrano se detuvo en Tucumán, el combate de Las Piedras, en territorio salteño, entre la retaguardia del Ejército del Norte y la avanzada del Realista confirmó en Belgrano la necesidad de detenerse en estas tierras. Envió a Juan Ramón Balcarce a San Miguel a dialogar con el cuerpo político – militar para que abriera sus puertas al reclutamiento y entrenamiento de cuerpos militares que ayudasen al Ejército. Vale aclarar que Balcarce se dirigía con una carta bajo el brazo a la familia de los Aráoz, quienes manejaban la provincia y que, dentro del Ejército del Norte tenían un papel preponderante: Eustoquio Díaz Vélez y Gregorio Aráoz de Lamadrid, se desempeñaban como Segundo Jefe y Teniente respectivamente. 

 Las perspectivas señalan al pueblo tucumano alarmado ante los rumores que el Ejército replegaría sus efectivos hasta Córdoba. El Cabildo, de manera pública sesionó y se dispuso el envío de tres efectivos a pedirle a Belgrano que no abandonara a Tucumán: Bernabé Aráoz, Rudecindo Alvarado y Pedro Miguel Aráoz. El 9 de septiembre, en la Encrucijada, un paraje a un poco más de 30 kilómetros de San Miguel, la comitiva se encontró con Belgrano, quien ante la gran predisposición de las autoridades a disponer todo lo que hiciera falta, vio la necesidad de “desobedecer” a las ordenes que emanaban desde Buenos Aires.     

Al decir del análisis más tradicional de Bartolomé Mitre, Belgrano, el 12 de septiembre  - un día antes de su llegada a la ciudad – afirmaba:

Son muy apuradas las circunstancias, y no hallo otro medio que esponerme á una nueva accion: los enemigos vienen siguéndonos. El trabajo es muy grande; si me retiro y me cargan, todo se pierde, y con ella nuestro total crédito. La gente de esta jurisdicción se ha decidido á sacrificarse con nosotros, si se trata de defenderla y de no, no nos seguirán y lo abandonarán todo, pienso aprovecharme de su espíritu público y energía para contener al enemigo, si me es dable, ó para ganar tiempo a fin de que se salve cuanto pertenece al Estado. Cualquiera de los dos objetivos que consiga es un triunfo y no hay otro arbitrio que esperarse. Acaso la suerte de la guerra nos sea favorable, animados como están los soldados y deseosos de distinguirse en una nueva acción. Es de necesidad aprovechar tan nobles sentimientos, que son obra del cielo, que tal vez empieza á protegernos para humillar la soberbia con que vienen los enemigos, con la esperanza de hacer tremolar sus banderas en esa capital. Nada dejaré por hacer. Nuestra situación es terrible, y veo que la patria exige de nosotros el último sacrificio para contener los desastres que la amenazan.

 Efectivamente ese 13 de septiembre, Belgrano llegó a San Miguel, y comenzó un reclutamiento a lo largo del territorio que se aprovisionó militarmente a partir de la colaboración de provincias vecinas. El Ejército del Norte se posicionó en la Plaza Mayor, actualmente Plaza Independencia, a la espera de los movimientos por parte del Ejército realista de Pío Tristán, que eran hostigados a lo largo del camino por las tropas belgranianas.     

El 24 de septiembre de 1812, por la mañana, Belgrano oraba a la Vírgen. Más allá de las perspectivas que ligan a la victoria del Ejército del Norte a un milagro de intercesión, la batalla, tal como este diario la desarrolló de manera muy puntual y clara el año pasado, culminó en una levantada del proceso revolucionario en crisis. La victoria sobre el Ejército de Realista de Pío Tristán en Tucumán significó poner en pausa al proceso de crisis revolucionario, que conoció otra victoria rutilante como la Batalla de Salta, pero que las conflictividades políticas internas llevaron a una construcción discutida durante largas décadas y con quiebres y grietas que hasta el día de hoy nos marcan. Sin embargo, la victoria de la Batalla de Tucumán, en estos tiempos debe llevarnos a retomar el pensamiento y entendernos, tal como nos lo hizo Belgrano, como capaces de afrontar las adversidades más dificultosas.