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Aprender en tiempos de alcohol en gel

TRIBUNA ABIERTA

En tiempos de lejanías, de distancias, donde la proximidad y el contacto físico resultan peligrosos, surgen las preguntas: ¿Es posible acercarnos y reencontrarnos con nuestros hijos? En estos momentos en que somos padres, y docentes a la vez, ¿es posible enseñar y acompañar las trayectorias escolares de nuestros niños y adolescentes?


“A los niños antes de enseñarles a leer, hay que ayudarles a aprender lo que es el amor y la bondad"
(Mahatma Ghandi)


Cuando me siento con mi hijo a acompañarlo y enseñarle, me pregunto si estará aprendiendo correctamente”.

Esto nos dice Gustavo, papá de 43 años, con un hijo escolarizado en 4to grado.


“Me cuesta que mi hijo se siente a trabajar”.

 Carolina, 40 años, con su hijo escolarizado en 3er grado.

Estas y otras, son algunas de las voces que escuchamos frecuentemente, y que intentaremos dar respuestas a lo largo de este artículo.

¿Qué es aprender? Aprender es tan lindo como jugar.   Entre el enseñante y el aprendiente se abre un campo de diferencias donde se sitúa el placer de aprender. El enseñante entrega algo, pero para poder apropiarse de aquello, el aprendiente necesita inventarlo de nuevo. Experiencia de alegría que facilita o perturba, según como se sitúe el enseñante. Enseñantes son los padres, los hermanos, los tíos, los abuelos y demás integrantes de la familia, así como maestros, maestras y compañeros en la escuela.

Nosotros papás, somos enseñantes, pero para ubicarnos en ese lugar, debemos involucrarnos, en el terreno del riesgo. Pensemos ¿Como un niño aprende a andar en bicicleta? Allí es, donde se encuentran el aprendiente y el enseñante, en el terreno del riesgo, en el desafío de enseñar y aprender. Si la bicicleta tambaleara por encontrarse con un pozo o una piedra, ambos, enseñante y aprendiente, necesita responsabilizarse del hecho. Entonces, enseñemos aprendiendo, asumiendo el desequilibrio, la duda, para poder llegar a las certezas.

Ante una nueva escuela, digitalizada, de trabajo en casa, de encuentros virtuales de reuniones alejadas, nosotros padres, podemos aproximarnos a ser enseñantes significativos. Y no solo refiero a la apropiación de contenidos, que de hecho con un clic los niños consiguen la respuesta, pienso en esos aprendizajes inolvidables, alargados en el tiempo y grabados en la memoria, porque ser solidarios, empáticos responsables, autónomos, eso sí, son valores que podemos dejar impregnados en nuestros hijos.

 Sin caer en simplismos podemos decir que el niño aprende a su forma, a su modo en su momento. En estos tiempos extraordinario, donde no hay un encuentro personal y próximo, maestro-alumno, no asistir a la escuela es parte de una política de cuidado. (Terigi, 2020) Es este niño que aprende con videos, con juegos, memes y demás herramientas tecnológicas, es que lo hace cuando puede, cuando quiere a su manera y a su modo.

 Ustedes se preguntarán ¿Cómo enseño? ¿Cómo acompaño a mi hijo en su trayectoria escolar? ¿Soy un enseñante significativo? En estas épocas de virus, con situaciones y vínculos, podemos decir raros, vemos que aquí no producen nuevas formas, sino que las profundizan. Es decir, se visibilizan los lazos que ya estaban establecidos.

Para poder posicionarnos como papas enseñantes significativos, resulta importante mirar cuál y cómo se establece el vínculo con nuestros hijos. Mirar, y re mirarnos como autoridad, poder vernos en qué lugar nos posicionamos. La palabra autoridad que viene del latín autócratas, se derivó de autor, cuya raíz es augure, que significa aumentar, promover, hacer progresar. Desde el punto de vista etimológico, autoridad es una cualidad creadora de ser, así como de progreso. Así, ejercer autoridad es hacer crecer, es brindar las posibilidades para que nuestro niño crezca.

 No es ser autoridad, es poseerla. Es esa delgada línea entre ceder, negociar, y la firmeza de lo no permitido.

¿Qué cedemos, que negociamos con nuestros hijos? Cada familia se rige de sus valores, donde está lo aceptable y lo no. Cada entramado familiar acepta mirar televisión, otros jugar a la play, y así, una lista de lo que sí se puede. Los mismos son inculcados por los padres a los hijos a veces de forma explícita y a veces de forma inconsciente, a partir del ejemplo que se brinda. Para cualquier niño esta transmisión es de enorme importancia. En general, a pesar de que los valores inculcados sean puestos en duda en el futuro, lo cierto es que los mismos sirven para generar un marco de comprensión del mundo.

Del otro lado, está lo no permitido, lo no negociable. Para eso, es necesario ser claros, precisos, de cuáles son las conductas no permitidas. En todo este entramado de pautas y normas, deben atravesarse por las palabras, comunicarles, hablarles. Cuando la palabra pierde su fuerza, aparece el golpe, que es el lugar donde se instala el miedo del niño, y la obediencia se rige por el temor.

En estos tiempos, enseñar valores es brindar con ejemplos. Si soy solidario, empático y responsable en mis acciones como padres, es así como forzamos en nuestros hijos, las mismas conductas que mostramos.

Porque aprender es tan lindo como jugar, y ser parte de sus emociones y alegrías que suceden en el juego. Con esto abro los interrogantes ¿Dedicamos tiempos para jugar con nuestros hijos? ¿Instalo el espacio para conectarme en esa actividad placentera? Si su respuesta es no, en buena hora que se reconoció, para iniciar ese camino sin vueltas, donde las sonrisas invaden esos encuentros. Podemos ocupar el lugar de enseñantes inolvidables, un lugar de reencuentros, de momentos de juego, de pautas claras y precisas, ser justos, solidarios y empáticos brindando en lo que decimos y en lo que hacemos, no es una receta infalible, pero es un camino que puede llevarnos a lazos inquebrantables.




**Cecilia María Lozano es asesora pedagógica de escuela pública. 
Contacto al correo [email protected].