Top

Los huevos de mi tía, la Bomba de Scimé y San Martín de Primera

ANIVERSARIO

Hace 28 años, el Santo lograba su segundo ascenso a la máxima categoría, tras un empate heroico en Isidro Casanova ante Armirante Brown. El recuerdo de una tarde grabada a fuego en el corazón Ciruja.

Mele caído y derrotado, Bini custodia la pelota para que no se escape del arco, Minotto la mira incrédulo, Rescaldani, al fondo, ya corre a abrazar para Scimé.




Era sábado 25 de julio, pero de 1992. Un día gris y frío. Tucumán era el epicentro del mundo del automovilismo, porque ese mismo fin de semana, se corría en la provincia una fecha del Rally Internacional. Sin embargo, por más fierrero que seamos los tucumanos, somos mucho más futboleros. Entonces, la atención estaba puesta en lo que iba a pasar esa tarde en Isidro Casanova, provincia de Buenos Aires.

San Martín, como ahora, peleaba por ascender a Primera, solo que aquella vez no había pandemia que frenase lo inminente, así que sin Chiquis Tapias de por medio, el Santo dependería de si mimos para lograr el objetivo.

Para entonces, quién escribe esta nota tenía seis años y más de cuatro visitando Ciudadela domingo de por medio. Esa semana previa al sábado, en el aula de primer grado de la Escuela Mitre, la señorita Margarita, no había logrado cautivar mi atención, ni siquiera con su pelo corto, aros de perlas brillantes y grandes, ni su vozarrón que solía inspirarme respeto. Pero por esos días, no pudo lograrlo, porque el desborde del Tero Di Carlo y el zurdazo de Jorge López no habían sido suficiente para tranquilizarme, ni a mí ni a nadie.

El 1 a 0 de local no parecía una diferencia suficiente para desafiar a un equipo muy serio que le había disputado de mano a mano el campeonato a Lanús. De nuestro lado teníamos al Buche Chabay que había encaminado al equipo: desde su regreso al club, 24 partidos antes, no había sido derrotado.

Ese sábado, como todo el campeonato, como toda la vida, ahí estuvimos, el Pueblo Ciruja completo con la mirada puesta en la Fragata, como le llaman al estadio de Almirante Brown. Más de 5000 tucumanos reventaron las dos tribunitas que nos dieron, una larga y bajita, otra angosta y alta, las dos desbordadas.

En mi caso, me tocó verlo por la tele, por canal 9 Libertad, aunque San Martín lucía en el pecho la publicidad de CCC, ese partido estaba disponible solo para usuarios de ATS, empresa de Luis Garretón, por entonces vicepresidente del club.

Como todos los partidos de visitantes de ese Reducido, fuimos a lo de mi tía Elsa, que todavía vive en esa misma casa del Barrio El Bosque, donde contaba con el cable operador necesario para ver al Santo y cada uno respetaba su lugar alrededor del tele por cábala.

Sin embargo, ese día faltaba el tío Pelolo, que desconfió de su capacidad cardíaca por lo que tomó la drástica decisión de ir al Cine. Se metió en el Parravicini sin siquiera mirar la cartelera: “Cuando entré me di cuenta que era una porno”, cuenta Pelolo, que prefirió no ver el partido, ni escuchar la radio, ni bocinazos, ni bombas, ni silencio, ni nada. Quiso enterarse del resultado de sopetón, al cruzar la puerta del cine de nuevo, hacia la calle 24 de Septiembre, donde encontró el verdadero goce.

Por mi lado, pasó casi lo contrario, porque en mi niñez, el fútbol acaparaba casi la totalidad de mi atención, pero a veces, jugar con mi prima, la única de mi edad, y sus amigos, podía llegar a tentarme y distraerme de lo que pasaba en la pantalla. Así me perdí buena parte del triunfazo en Sarandí en los octavos de final, o del sufridísimo 0 a 0 en las semis contra Chicago. Sin embargo, para aquella final, me mantuve inmóvil en mi silla frente al televisor. Si lo pienso un poquito, es probable que esa haya sido la primera vez que experimenté el sufrimiento por un partido de fútbol, la tensión por un resultado, el escalofrío que te puede llegar a generar una derrota que te viene soplando la nuca.

Cuando Cardozo hizo el gol de ellos, un grito agudo y helado llegó desde la casa de un vecino: “gooooollll”, cortante como una puñalada traidora, de un comprovinciano gritando el gol de unos porteños. “Uhhh el decano puto ese”, soltó un primo.

La serie estaba igualada y quedaban 70 minutos de juego, San Martín no pasaba mitad de cancha. Ellos también de amarillo, parecían Brasil en el 90, nosotros Argentina, pero, por suerte, con otros colores.

No me es difícil volver a palpar el aire espeso que reinaba en ese comedor, el sufrimiento de un puñado de Cirujas que respirábamos ante cada atajadón de Guillén, o cada vez que Rescaldani la sacaba de la línea. A esa altura, todos firmábamos los penales, que al comienzo parecían el peor de los escenarios.

La entrada de Minotto le dio aire al equipo que a los 65 minutos de juego se dio cuenta que había vida más allá de la línea de mitad de cancha. Así llegó el corner y mi tía Elsa hizo lo que cambiaría la historia de esa tarde, de San Martín y del fútbol: se paró, sacó dos huevos de la heladera, agarró una estatuilla de una Virgen y puso los huevos y la Virgen arriba de la tele. Creer o reventar, ella volvió a su silla en el mismo instante en el que el pie de Scimé impactaba la pelota que milésimas de segundos más tarde estaría enredada, junto al arquero Mele, adentro del arco de la izquierda de la pantalla.

A Elio Rossi diciendo “impecable Shíme”, lo escuché muchos años después, porque en ese momento, el griterío tapaba el sonido de la tele. Golazo del Bomba, justo del Bomba, que con ese bombazo nos daba esa alegría en forma de hiper recompensa a esa vez que en el 85, cuando jugando para Atlético, sobre la hora nos quitó el campeonato que a la postre ganaríamos en un desempate frente a un Concepción Fútbol Club. Así nos pagó el Bomba, cambiando amargura transitoria por alegría eterna. Gracias Bomba, estamos en paz.

Del resto del partido no me acuerdo mucho, solo que ya nadie se sentó, y que estuvimos parados, como era el más chico me costaba ver la tele, pero no importaba. Recuerdo a mi viejo pidiendo la hora, mientras los jugadores del Santo, pillos, iniciaban una pelea para ganar minutos. El resultado fue tan glorioso, tan heroico y tan injusto que el Pitufo Grioni, el 10 de ellos, que después jugaría en Atlético, declaró que ya no creía más en Dios. Lo que él no sabía es que Dios existe y es Ciruja. 

Tras el pitazo final, solo hubo alegría, gritos, festejos. El Santo volvía a Primera y nosotros nos subíamos al auto para ir a la Plaza. En la radio Las Minifaldas sonaban más lindas que nunca: “Canto a los santos y así yo soy feliz”. 




Formación titular de San Martín en la final vs Almirante Brown. Arriba: Gustavo Rescaldani, Patón Guillén, Cabezó Daza, Erasmo Doroni, Bomba Scimé y Pocho Moreno. Abajo: Jorge López, Cococho Jiménez, Tero Di Carlo, Pedro Pablo Robles y Pito Roldán