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La nueva normalidad

opinión

Gabriel Yedlin, ministro de Desarrollo Social de la Provincia, intenta entender y explicar la última etapa planificada por el Gobierno Nacional para enfrentar al coronavirus.

Imagen ilustrativa.-


Cuando días atrás el Presidente Alberto Fernández anunció la continuidad planificada de la cuarentena, llamó la atención la definición de “nueva normalidad” con la que caracterizó a la última etapa del aislamiento social.

Sin dudas, inquieta el significado de la nueva normalidad, y aún más, cuál será el sentido de lo “normal”. Desafiado por el interrogante, me comuniqué con personas de diferentes ámbitos de actuación –a quienes respeto por sus trayectorias–, para transmitirles mi inquietud. Las respuestas espontáneas que recibí me empujaron a escribir este artículo, en el que recojo sus posiciones.

Así, Hugo Mercer –un sociólogo con trayectoria en educación universitaria–, me ilustró sobre que “el filósofo francés Georges Canguilhem escribió el libro ‘Lo normal y lo patológico’, en el que recorre diferentes acepciones del concepto ‘normal’: desde su importancia en el inicio de la producción industrial, donde ‘normal’ aludía a las condiciones de estandarización de los objetos a ser producidos, elaborados en serie, uniformes y uniformados. Normalidad tenía entonces una fuerte carga de producción precisa, milimétrica”, me escribió.

Continuó Mercer: “Otra acepción se vinculaba con la transmisión de conocimientos, donde la sociedad moderna tenía que masificar la educación que se abría a las clases medias urbanas. Para esos sectores se establecen las Escuelas Normales, que forman a maestras responsables de esa transmisión uniforme de valores y conocimientos”.

Normalidad tiene también una connotación fisiológica: son los valores medios del funcionamiento estándar de los seres vivos.

Siguiendo esa línea, el rabino Daniel Goldman, un intelectual de fino humor que acostumbra explicar cosas complejas con ideas simples, me señaló que “una vez me fui a hacer una ergometría. Le pregunté al médico cómo había salido, y me contestó: normal. Ni bueno ni malo. Normal”.

“Normal significa que funciona dentro de parámetros esperables que no indican valoración. Está dentro de la norma. En ese sentido considero que el concepto de lo normal es homologable con la idea de prudencia. Y va de la mano con la responsabilidad¨, concluyó Goldman.

Susana Maidana, Dra. Emérita en Filosofía de la UNT, me aportó que las ciencias sociales y la filosofía cuestionan “la normalidad”, inscribiéndola en el discurso hegemónico del poder. Así, por ejemplo, Foucault dice: “Los códigos fundamentales de una cultura –los que rigen su lenguaje, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores y la jerarquía de sus prácticas– fijan de antemano para cada hombre los órdenes empíricos con los cuales tendrá algo que ver y en los que se reconocerá”. Conocida es la relación entre saber, poder y verdad.

Mercedes Leal, Decana de la facultad de Filosofía y Letras de la UNT, sumó al pensamiento lo plural, no ya la normalidad sino las “normalidades”.

La idea de "nuevas" y de "normalidades" es interesante porque, por un lado, no hay referencia a "una normalidad" o "la normalidad" como una sola, en términos homogeneizantes de un concepto tan complejo y justamente diverso.

Hablar de "normalidades", en plural, es pensar en ese abanico de diversidades que la noción implica. Nuevas normalidades significará asumir un complejo y desafiante camino de nuevos acuerdos, nuevas formas de definir los problemas y nuevas formas de construir la agenda pública en el país.

Alejandro Grimson, Dr. en Antropología y escritor, resumió: “Lo que yo veo es que en muchos países se anuncian fechas para el ‘regreso a la normalidad’. Creo que ‘nueva normalidad’ para mí subraya que hay cosas que cambiarán. Y entre ellas mantener hábitos del cuidado”.

En el mismo sentido Adriana Clemente, Dra. en Ciencias Sociales, trabajadora social y docente de la UBA, citó que normalidad se asimila a normativo. Las políticas de Estado son normativas. Establecen un parámetro, y ejemplificó: “Un calendario de vacunas es normativo y por lo tanto propone una normalidad”.

Pienso que la vivencia de la pandemia va a generar una nueva manera de relacionar el Estado con la gente, con más Estado, más regulación, más servicios. Con otras normativas que interfieran en la relación del Estado con sus ciudadanos y una lógica tensión en ese control normativo y las libertades individuales, un hilo muy fino entre control sanitario y control de las personas.

José Natanson, politólogo, escritor, periodista, editor de Le Monde Diplomatique en Argentina, me lo expresó de una manera más íntima y personal, refiriéndome a un hermoso artículo que publicó en el New York Times, titulado “Postales del coronavirus”.

Es un relato que revaloriza su rutina perdida, su falta de “normalidad” es esas pequeñas grandes cosas que añora. Le dije que leí su artículo, que entendí que lo normal pasa para él por las vivencias personales que dan la tranquilidad y paz en su rutina, que le permiten volver a ese lugar-tiempo.

Entiendo que “nueva normalidad o normalidades” en el contexto de la salida de una cuarentena de manera planificada se refiere a normas, cuidados, consensos que van a seguir alterando durante un tiempo prolongado nuestras rutinas, añoranzas, intimidades.

Como actor social no puedo dejar de pensar en términos más amplios, más allá de los aprendizajes sobre las necesidades de las comunicaciones, el trabajo remoto, la tele medicina o tele educación, la reformas normativas para que el Estado pueda mantener su funcionamiento, la firma digital, las sesiones a distancia del Congreso,
el expediente digital en la justicia, etc.

No puedo resignarme a que los cambios en lo normal sea estornudar en el pliegue del codo, o no compartir el mate, caminar a dos metros del otro o abrazarnos menos.

Creo que como sociedad no podemos volver a pensar que es normal que familias no puedan cuidarse en sus casas por falta de viviendas, que no tengan agua para  lavarse las manos, que el Estado tenga que ir al rescate del 40% de trabajadores informales, que mujeres víctimas de violencia convivan con sus agresores, que miles de trabajadores migren permanentemente de cosecha a cosecha, que la mitad de los menores sean pobres. Que a los adultos mayores sean cosificados o infantilizados, sin encontrar su real lugar y dimensión en la sociedad. Nada de esto puede seguir siendo normal.

Espero que esta epidemia y esta crisis saquen lo mejor de nosotros, que cada uno cuando vea hacia atrás, esté orgulloso de su rol en estos días. Que la nueva normalidad, las nuevas normalidades, sean de una sociedad plural, diversa, porque normal no es antónimo de distinto.

Que la Nueva Normalidad sea mejor.

Por Gabriel Yedlin*
(*) Ministro de Desarrollo Social de Tucumán