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Pérdidas, producciones y abismos

OPINIÓN

Hay terror a la pérdida. Económica, de trabajo, de producción, de tiempo. Pareciera que seguimos considerando esta situación excepcional con los parámetros de una normalidad que el neoliberalismo construyó durante décadas, bajo los criterios de la eficiencia, de las ganancias, de las pérdidas.


Hay terror a la pérdida. Económica, de trabajo, de producción, de tiempo. Pareciera que seguimos considerando esta situación excepcional con los parámetros de una normalidad que el neoliberalismo construyó durante décadas, bajo los criterios de la eficiencia, de las ganancias, de las pérdidas. Como ha afirmado Elsa Ponce en un artículo reciente, en este momento donde todo se detiene, donde el imperativo es no movernos, la inercia de nuestros hábitos productivistas continúa exigiéndonos que sigamos aportando, que no cesemos en la actividad, que reconfiguremos nuestras casas para hacerlas oficinas, aulas, fábricas.


Las universidades nacionales se enfrentan, así, al enorme desafío de dar algún tipo de continuidad a la educación superior en tiempos de cuarentena. Para ello en gran parte del sistema universitario se han dispuesto estrategias de asistencia virtual, de educación a distancia, echando mano de una variedad de recursos. El objetivo es noble: continuar impartiendo enseñanzas con los medios tecnológicos al alcance. Sin embargo, hay una serie de dificultades no solo en la implementación, sino en las condiciones tanto de alumnxs como de docentes para sostener estos modos. Y no puede ser de otra manera, ya que la enorme mayoría de la oferta universitaria pública es presencial, de modo que no hay ni el saber hacer ni la información acerca de los recursos que unxs y otrxs tienen para enfrentar esta situación excepcional.  

No se trata solo de recursos tecnológicos sino también del entorno que en algunos casos torna muy difícil encarar una tarea sostenida de vínculo pedagógico, aún virtual. En muchas casas se comparte el espacio doméstico 24 horas con familiares (en muchos casos menores) que requieren atención permanente.

Es loable la preocupación y los esfuerzos por brindar contención, acompañamiento y asistencia para que lxs estudiantes puedan seguir de algún modo con sus estudios. Esos esfuerzos se pueden entender dentro del marco de los cuidados que como sociedad debemos procurarnos solidariamente.

Pero no están dadas las condiciones para que estas modalidades reemplacen el vínculo pedagógico que implican las clases presenciales, principal vía de enseñanza aprendizaje de nuestras universidades. Por no mencionar (que sólo imagino, ya que no conozco en detalle), las dificultades para aquellas carreras que requieren insumos como laboratorios.

Retomando la idea inicial, hay un temor pavoroso a perder (situación que, además, hemos conversado en diferentes foros de docentes). A perder clases, a perder el año, a perder continuidad, a perder alumnxs. Y una ilusión de que los esfuerzos de docentes y estudiantes por continuar a pesar de todo, contra viento y marea, pueden aminorar esa pérdida, pueden vencer la sensación de abismo. Sin embargo, en la situación de excepción que atravesamos, en la que se trata de preservar la vida, es inevitable que, entre otras cosas, se pierda en educación superior. Asumir ese duelo sería el primer paso para pensar de manera más serena los modos de recuperar el tiempo de enseñar y aprender para que nadie quede afuera.

Dra. Dolores Marcos
/Cátedras Filosofía Social y Política y Pensamiento Filosófico/