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"No podemos permitir que la serpiente anide entre nosotros"

tribuna abierta

El Ingeniero Antonio Leone escribió una reflexión ante la polémica con el director del Instituto Técnico de la UNT, que reivindicó el accionar del Ejército en los ´70.

Foto La Primera Piedra.-


Desde el fin de la dictadura genocida hubo una trabajosa y lenta construcción de un consenso básico y fundante de la democracia Argentina. Se expresó en dos palabras: Nunca Más.

Ese consenso, que fue el fruto de la extraordinaria lucha de Madres, Abuelas, Familiares y demás organizaciones de Derechos Humanos, se extendió al conjunto de la sociedad y fue "apropiado" por la misma. Año a año, mes a mes, día por día.

Nos permitió superar crisis que otros momentos de la historia hubieran sido terminales y se resolvían con golpes de estado o cuartelazos.

Algunas tan graves como las del 2001 y varias de menor cuantía pero que en otros tiempos se resolvían con la ruptura del sistema democrático.

Esta fue una verdadera Política de Estado.

Hasta que llegó el peor gobierno de nuestra historia reciente, el de la alianza del Pro, la U.C.R. y la Coalición Cívica. Y destruyó todo. También ese consenso.

Sea por posicionamiento ideológico, sea por haber sido la pata civil de la dictadura, sea por su búsqueda de crear un enemigo interno (o varios), como es necesario para todos los fascismos.

Comenzó con la burla y el descrédito, apoyados como siempre por los grandes medios. Siguió con funcionarios negando el número de víctimas y el presidente catalogando a los DDHH como “el curro”. Y así, hasta establecer una “doctrina” que avalaba la ejecución extra judicial y la muerte de cualquiera por mera sospecha o por la espalda.

Fue como destapar una cloaca. No paró de salir mierda. Desde los rincones más fétidos de la porción horrible de nuestra sociedad, surgieron los negacionistas, los que reivindican a la dictadura, los exegetas de Videla. Si combinamos esto con las redes sociales, que como decía Umberto Eco, “le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad”, el problema es grave. Puede crearse así un “sentido común” tremendamente nocivo.

La democracia debe recuperar los consensos y condenar al ostracismo a quienes reivindican la dictadura. Debemos encontrar mecanismos que castiguen estas conductas que conspiran contra el sistema. De la violencia simbólica a la efectiva hay sólo un pequeño paso, como lo vimos durante el desgobierno de la alianza Cambiemos, porque la violencia es la mejor manera de controlar una sociedad desigual e injusta.

No podemos permitir que la serpiente anide entre nosotros. O volveremos a comprobar la terrible banalidad del Mal.