Fernando Báez y el silencio del rugby tucumano: ¿y los supuestos valores?

OPINIÓN

En la Unión de Tucumán te “clavan el visto” y no responden. A nivel nacional, hacen la vista gorda. Los clubes no dejan hablar a sus entrenadores y hay bajada de línea. ¿Qué quieren tapar?

Graciela y Silvino, los padres de Fernando Báez Sosa. Foto: Infobae.


“Perdoname, pero no puedo hablar. Me lo tienen prohibido”, “Nos dijeron que no hablemos nada con nadie” o “Por ahora no, después vemos”; son algunas de las respuestas que obtuvimos a la hora de intentar abordar el conflicto que se hizo nacional y que pone contra las cuerdas a los rugbiers argentinos, tildados de asesinos, luego de la golpiza en patota que le ocasionó la muerte a Fernando Báez Sosa.

Llamados telefónicos y mensajes de textos fueron los medios por los que desde eltucumano.com intentamos comunicarnos con entrenadores, formadores y dirigentes del rugby tucumano. De distintos clubes y desde la propia Unión de Rugby de Tucumán (URT), no hubo respuestas. Sólo uno de los consultados se animó a dar su testimonio, pero claro, pidió no dar nombres para no complicar su labor. ¿Qué ocultan? ¿los valores? ¿Cuáles? Cada vez son menos claros. 

Hablan de valores, pero parece que nada tienen que ver con hacerse cargo. Principalmente la Unión Argentina de Rugby (UAR), desde donde enviaron un comunicado y se refirieron al “fallecimiento de Fernando”. Sí, para la entidad madre del deporte en el país, al pibe de 19 años no lo asesinaron a golpes sino que falleció. Así como si nada. Y luego de decir esto, se llamaron a silencio y no dejaron hablar a nadie que trabaje con ellos.

En Tucumán los valores del encubrimiento los tienen bien en claro, y no es desde ahora, sino desde hace muchos años. Eso sí, para “cuidarte”, porque después te borran del mapa. Pasó en varias ocasiones. Allá por fines de los 90 y principios de 2000, eran frecuentes las golpizas a las salidas de los boliches, principalmente de dos clubes, uno de los del parque 9 de Julio y otro de Silvano Bores. Luego de varios meses de patoterismo, lentamente cada uno de los implicados dejó de jugar, dejó de ir a boliches, a fiestas, a recitales. Tampoco se los vio más en los propios clubes, salvo algunas esporádicas apariciones cuando jugaba la Primera.

Más acá en el tiempo, en 2012, Ezequiel Biagioli, de 15 años, recibió una feroz golpiza a la salida de un boliche en Pinamar. Los agresores fueron reconocidos y señalados como “rugbiers tucumanos”. En la golpiza participaron cuatro, dos de manera directa y dos indirectamente, ya que estaban al costado mirando, sin interferir. De esos, tres se alejaron de sus clubes y solo uno siguió jugando y hasta llegó a la máxima categoría.

Ojo, no todos se lavan las manos. Muchos son los casos en los que se comprendió que si hay que hacerse cargo y tratar esta problemática. Uno de ellos fue Buenaventura “Guri” Mínguez, Puma de la década de los 70. El otro, Tomas Hodgers, jugador de Atlético del Rosario que se expresó con una carta titulada: “Sí, fuimos nosotros”. Pero claso, eso no pasó en Tucumán.

Desde este diario quisimos saber cómo se forma a los chicos, cuáles son los valores que se les transmite y qué hay que corregir para que casos como el de Fernando no se vuelvan a repetir. Sencillamente nos clavaron el visto y no hubo respuestas. Entonces, ante esto, pregunto: ¿El problema es el rugby o sus supuestos valores?

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