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Tucumán, Diciembre 2013: Crónica de una crisis político-policial delictiva

OPINIÓN

El periodista Y psicólogo social, Sebastián Lorenzo Pisarello realiza un análisis de los hechos ocurridos durante el levantamiento policial ocurrido años atrás.

Foto de La Gaceta.-


Entre el 9 y el 11 de diciembre del 2013, Tucumán fue testigo de un levantamiento policial que evidenció el entramado existente entre fuerzas represivas, sectores del crimen organizado y la política, para operar, desde el terror, sobre una población que se mostró vulnerable, susceptible a los prejuicios y finalmente, capaz de resistir y proponer una respuesta activa que transformara el pánico en acción. 

Lunes 9 de diciembre de 2013. Once de la mañana. José Alperovich, Gobernador de Tucumán, declara a la prensa ‘con la seguridad, está todo bien’. Apenas seis horas después, tiene lugar el primer saqueo en la avenida Néstor Kirchner. Nada volvería a la normalidad hasta mucho después… hasta lo que pareció una eternidad que envolvió a los tucumanos en una espesa niebla de angustia.

De ahí en más, durante tres días todo fue caos. Fueron atacados supermercados chinos, Luque, Chango Más, Vea. Primero, se apuntó a los grandes comercios; luego, a cualquier negocio. Como en otras provincias, el marco fue una policía acuartelada instando, junto a punteros políticos, a realizar desmanes a una población que conjugaba necesidades con oportunidades de acceder a lo que, de otra manera, les era negado.

Desde el gobierno provincial no se proponían respuestas de ningún tipo. Gendarmería solicitó ser convocada y desde la primera noche, comenzó a patrullar las calles del centro tucumano. En barrios como la Costanera, el Sifón, Antena los 'tranzas' (vendedores de baja escala de drogas ilegales), que mantienen vínculos con las fuerzas represivas, robaban a cualquier persona que pasaba. Algunos vecinos fueron a saquear supermercados de la zona, mientras otros pedían que no asaltaran a quienes circulaban por allí.
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El pánico configura el emergente más significativo de una circunstancia catastrófica. Es un conjunto integrado por temor, alarma, perplejidad y pérdida de control y orientación. Su carácter "contagioso" puede desencadenar fenómenos colectivos de graves consecuencias, como pueden serlo las actitudes de huida o tumulto, furia y desenfrenada agresión dice Enrique Pichón Riviére , fundador de la Psicología Social en la Argentina.

Así comenzaron las barricadas. El fuego que encandila, el humo como señal, la solidaridad confusa, el racismo doliente, la confianza, la desconfianza, el todos contra todos y el todos con todos. Esa respuesta, con raigambre histórica en Tucumán, sintetizó las contradicciones vigentes en ese momento: fue la respuesta colectiva a una problemática social donde se visualizó lo mejor y lo peor de una sociedad. El terror es capaz de sacar lo que, a veces, está enterrado profundamente.

Frente a la Comisaría Segunda, una protesta de vecinos había copado la calle. Un adolescente de 16 años, muestra la marca de la bala de goma. Les grita a los policías. Otro hombre, de unos 50 años, pelado, panza prominente, exhibe dos heridas; ha perdido la voz. No lo dice, pero es posible que le haya sucedido por tanto gritar. Un hombre, flaco, alto, morocho, con una remera blanca apretada, se pasea con una Itaka. La mueve, la revolea. La gente lo insulta. Es un policía de civil, de esos que se multiplicaron durante esas jornadas. Enojado, recarga su arma y amenaza con disparar. 

Esa misma noche, reprimen en Plaza Independencia. Mientras la policía ataca quienes les exigen que cuiden a la población, en Buenos Aires se celebraban los treinta años de democracia, con música, batucadas y mucha fiesta. La escena de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner tocando el tambor mientras baila queda en la retina, marcada con tinta indeleble. 

El principal paseo de Tucumán es un campo de batalla. De un lado, otra vez los oficiales de verde. Del otro, el pueblo, los vecinos, los ciudadanos de a pie. Se enfrentan, se insultan, se desconocen. La policía ya reprimió. Más víctimas. Más dolor. Más bronca. Esa noche no termina nunca.

Al otro día, la plaza Independencia vuelve a llenarse. Las consignas son confusas. La más clara es la que exige, la que pide, la que ruega que nunca más vuelva a pasar una cosa así en Tucumán. La oscuridad sigue. Los policías ya acordaron con el gobierno, pero nada vuelve a ser igual. Nada vuelve a la normalidad.
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Durante los cuatro días que duraron los incidentes, operaron los servicios de inteligencia de Tucumán para generar rumores (‘ahí vienen’) para multiplicar el miedo y paralizar a la población. Diferentes medios de comunicación locales aportaron desde el silencio (Canal 8 y Canal 10 continuaron con sus programaciones habituales) mientras que los nuevos flujos comunicacionales cobraron fuerza mostrando su impacto en la subjetividad. En eso se destacó el rol de las redes sociales. Hubo un fuerte intento de imponer una agenda centrada en la ‘inseguridad’ o en los “saqueos” y no en las profundas causas que operaron en aquellas jornadas: una situación social opresiva, fuerzas policiales sin mando político y con una estructura corrupta que mostró sus profundas relaciones –o ser directa implicada- con la delincuencia organizada. 

El pánico invadió las calles y la desesperación se apoderó de los tucumanos. Sin información oficial, nadie podía saber. a ciencia cierta, cuántos policías estaban amotinados. El vacío de gobierno fue prácticamente total. Alperovich dejó las negociaciones con los policías en manos del Ministro de Seguridad, Jorge Gassenbauer; Paul Hoffer, Secretario de Seguridad Ciudadana y del jefe de Policía, Jorge Racedo.

El terror se basa en la desinformación. Surge como golpes en la oscuridad, de los que no se conoce el origen. Pueden venir de todos lados... o no venir. Así se vivió en Tucumán. Como una larga noche que comenzó esa tarde y que quedó registrada en la memoria colectiva. 

En este clima de inseguridad e incertidumbre, de descontrol y falta de planificación, surge un nuevo personaje: el rumor, que refuerza las situaciones anteriores y provoca sentimientos de mayor inseguridad, volviendo a la gente más agresiva. El rumor impacta y convierte a las posibles víctimas del desastre en ingenuas y crédulas. El sistema de información adquiere nuevamente características mágicas; la comunidad afectada se hace cada vez más vulnerable a un complejo de rumores por la falta de discriminación que caracteriza a un grupo de estado de desorganización. Es posible detectar a través del caos una "central" del rumor. Señalan la naturaleza de esta central la dosificación, la secuencia, la temática y los canales del rumor señala Pichón Riviére.

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El rumor aparece en situaciones de pánico y lo realimenta. En ese contexto, mareados ante tanta desinformación, nadie comprendía lo que estaba sucediendo. Los celulares amplificaban lo esparcido convenientemente desde usinas anónimas. Las redes sociales colaboraban con la confusión y con los prejuicios. Los saqueos, durante las primeras 24 veinticuatro horas, fueron atribuidos a los ‘negros de mierda’.  

Cerco informativo, terror organizado, vacío de poder centralizado fueron las claves para generar pánico, sensación social que duró veinticuatro horas, durante las cuales ni el propio hogar servía como refugio. 


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Sin negar sus contradicciones, las barricadas fueron el espacio de encuentro con el otro (y contra los otros) que permitieron ir develando la verdadera esencia de la conmoción social que se vivía en esos días. Allí se fue procesando con claridad que las responsabilidades centrales no recaían en los ‘saqueadores’ sino en quienes generaron las condiciones e impulsaron el caos.
 
El pánico no es lo mismo que el miedo. El pánico aísla, paraliza. El miedo nuclea. Permite movilizarse y buscar al otro. Un pueblo entero fue sumido la oscuridad. Y resurgió  con dolores pero con la esperanza de que el amanecer de un nuevo día surja pronto.

Los números de la crisis

Treinta años de democracia.

Un megafestival, en la Ciudad de Buenos Aires. Tres salones de la Casa Rosada, fueron ambientados como escenografía para un festejo VIP.

En la Provincia de Tucumán, dos noches de insomnio.

Dos días de caos.

Policías en huelga. Policías operando desde el terror.

Veinticuatro horas de pánico. Veinticuatro horas de miedo. 

Veinticuatro horas de silencio del gobernador José Alperovich, en medio de durante la crisis social más grave de los últimos diez años.

Cuarenta y ocho horas de silencio por parte de los Canales de televisión 8 y 10, los dos principales de Tucumán, que continuaron con sus programaciones habituales durante los dos días de caos.

Doscientos cincuenta locales comerciales saqueados.

Trece muertos (cifras no oficiales).

Dos cuadras de cola para comprar armas. Cinco mil pesos, precio de costaba una pistola en el mercado negro, sin papeles.

Dos renuncias debido al conflicto: Jefe y Subjefe de Policía.

Cuarenta y siete policías procesados por sedición, robo agravado, incitación a la violencia colectiva, privación ilegítima de la libertad, coacción agravada, y por haber actuado como partícipes necesarios del delito de hurto reiterado y conmoción pública.