"Soy la animadora de los pobres": Luna, la alegradora del pueblo tucumano que brilla con luz propia
Se define como una generadora de momentos que arrancan sonrisas en las barriadas más populares de Tucumán. De la oscuridad a ser el alma de las fiestas, vida y obra de Luna Quiroga; una chica trans que encandila: “se nos niega el amor y miren lo encantadoras que somos”. Por Exequiel Svetliza.
Luna, en su trono de reina de la fiesta.
Desde muy chica, cuando era una niña que todavía no se animaba a mostrarse como tal, sintió fascinación por buscar la luna en el cielo. Su resplandor cómplice siempre estuvo ahí para ella en esas noches en las que se sentía sola, ajena, incomprendida. Estuvo cuando se encerraba en el cuarto de su abuela a probarse sus zapatos y vestidos. Estuvo aquella vez que los reyes magos la decepcionaron con una pelota de fútbol. Estuvo en las largas jornadas de reviente y excesos. Y estuvo para protegerla la noche en que intentaron abusar de ella al costado de una ruta a oscuras. Por eso, al momento de asumir su identidad femenina, el nombre le sonaba tan lógico como natural; tan natural que no necesitó elegirlo. Ya era parte de ella desde el principio de los tiempos, como una marca atávica que la acompañaría de por vida. Luna Quiroga también quería brillar, pero, a diferencia del astro, soñaba hacerlo con luz propia. Esa estela de gracia que ahora desparrama por los barrios más populares de Tucumán animando las fiestas de chicos, grandes y viejos; ahí donde la alegría es a veces el único alimento del día y las risas un refugio ante tanta intemperie.
“Yo siempre he sido Luna, pero estaba disfrazada de Rafael”, confiesa con una sonrisa siempre dispuesta que, en cualquier momento, se desbanda en carcajadas. Luna tiene 40 años recién cumplidos y, como si fuera una antigua diosa egipcia, se destaca por la piel cobriza, la mirada felina y el pelo lacio y negro. En su cuello luce una cadena con el dije de una luna menguante. “Siempre digo que soy una chica de la alta sociedad porque soy alta, mido un metro setenta y cinco, pero soy bien villera…”, cuenta entre risas para empezar a desandar su infancia en el Barrio Ejército Argentino: “Me crie a una cuadra del Canal Sur, en el pasaje Lautaro y Juan B Terán; una esquina que antes era muy emblemática porque salía mucho en los medios…en la parte de policiales. Éramos súper famosos”.

A la hora de volver a su infancia, la recuerda como un momento feliz, con muchos juegos y diversión, pero marcada por la crianza estricta de dos figuras femeninas: Fátima, su mamá, y Raquel, su abuela. “Mi niñez fue hermosa, pero la preadolescencia se volvió más cruda, más dura… Es dura esa parte de la vida, más cuando estás sometida a un sistema conservador y machista, casi sin cultura. Siempre supe que quería ser mujer y actriz, la tenía re clara. Cuando tenía ocho años, me metía en el cuarto de mi abuela y jodía con sus zapatos y me vestía con su ropa… me ponía frente al espejo y actuaba, me presumía. Era feliz ahí, pero a mi mamá no le gustaba, me reprimía. Yo, cuando veía la posibilidad de que lo podía hacer y que no me iban a cachar, iba y me encerraba ahí, en mi mundo”.
Después de hacer la primaria en la Escuela Bernardo de Irigoyen, cursó los primeros años de la secundaría en el Seminario Menor y ahí comenzaron los problemas: “Era un ambiente muy duro donde todos eran varones. Creo que mi mamá me puso ahí porque siempre fui una persona muy afeminada, muy ella…Mi mamá era muy chica y le tocó criarme sola, no tenía experiencia, recursos ni herramientas… estaba sometida ella también a ese sistema machista y me metió ahí por opiniones de otros. Yo siempre he sido buena alumna, pero, para poder zafar de ahí, tuve que quedar de curso”.
Terminó la secundaría en la escuela nocturna de la Comercio II, una experiencia que marcó su vida y su carrera. Ahí se enamoró por primera vez de un chico y conoció la militancia: “En la escuela pública descubrí el discurso político, primero me hice delegada del curso y, después, fui presidenta del Centro de Estudiantes. Era una estudiante muy activa en esa escuela que era una mezcla de adolescentes, jóvenes y adultos. Eso me permitió descubrir otras realidades distintas a la mía, descubrí el amor… ahí fui muy yo por primera vez”. Esa consciencia política, años después, la llevó a protagonizar las protestas contra la suba del transporte público en el Consejo Deliberante y hasta llegó a tomar un colectivo. Aprendió a no quedarse callada ante las injusticias y a defender sus derechos.
Y en la escuela nocturna también descubrió el arte que sentó los cimientos para su carrera: el teatro. “En el último año del secundario empecé a hacer unos talleres de teatro y eso fue algo que me gustó mucho. Cuando estaba por salir del secundario, le digo a mi mamá: ‘quiero hacer teatro’, pero ella quería que siga otra carrera como contaduría o abogacía, así que me inscribí bajo poncho. Hice tres años y no pude terminar porque la situación económica de mi familia nunca fue nada fácil… tenía que trabajar y estudiar. Después, una vez que adopté las herramientas que nos enseñaban en la facultad, llevé todo eso a las animaciones, comencé a trabajar a full con eso y ya no me fui más de ahí”, relata.
“Comencé animando fiestas infantiles antes de cumplir los 20 con Mónica Rodríguez y fue una cosa muy loca eso de saber que podía hacer reír y entretener a otros. Como que eso me ha dado un gran aliciente para seguir. Los que hacemos artes escénicas tenemos una base, una serie de recursos, y con eso nos sostenemos como animadoras, pero después, en el vivo con la gente, pasan cosas increíbles… El otro día, por ejemplo, me casé con un tipo en el cumpleaños de cien de un abuelo de Tafí del Valle… Una vez una chica me dijo que soy una generadora de grandes momentos y creo que tiene razón”, reflexiona entre risas contagiosas que parecen copar cada rincón de la habitación.
Cuando Luna irrumpe en escena es como un huracán arrasador. Nadie parece ajeno a su hechizo de fascinación. Ni grandes ni chicos ni viejos. Ni los más dicharacheros ni los más taimados pueden sacarle los ojos de encima. No importa si es un cumpleañitos infantil, un bautismo, una despedida de solteros o una boda evangelista. Su sola presencia despliega una singular forma de magnetismo que pone a todos a gravitar en torno suyo. Canta, baila, hace chistes, propone juegos. Terminará repartiendo besos y recibiendo gestos de adoración que la consagran como la única e indiscutida alma de la fiesta. 
-¿Qué se necesita para ser animadora?
- La animación es una mezcla de muchas cosas… hay standup, juegos, música, poesía, baile, reflexión… hay de todo. Claro que no lo hago por hacer, sino que para mí es toda una responsabilidad y un compromiso. Creo que, para ser una buena animadora, tenés que ser genuina, auténtica. Cuando estoy animado uso distintas técnicas: vocalizo, ubico la voz, creo personajes… pero, por sobre todas las cosas, soy yo…nunca me olvido de mí.
Tal vez porque comparte el mismo origen humilde. Tal vez porque tiene alma de arrabal y la piel curtida por las asperezas de las calles sin asfalto. Tal vez porque conoce de qué están hechas las risas del humor popular. Tal vez porque sabe que la alegría es el mayor y acaso el único tesoro de los que menos tienen. Son muchas las razones que pueden explicar la comunión de Luna con los habitantes de los barrios más populosos de la provincia; su condición de alegradora del pueblo: “Tengo clientes en La Bombilla, en El Sifón, en Villa Muñecas, en el Barrio San Miguel… me llaman de las cocinas comunitarias… soy la animadora de los pobres. A mí la gente de la alta sociedad no me convoca. Ellos no se divierten, tienen como el alma apagada. En cambio, el pueblo, la gente común, nosotros, nos divertimos y esa es la gente que me llama. Esa es la gente que me da de comer y que me salva la vida. Siempre digo que animar fiestas me salva la vida porque me da de comer, porque me paga el alquiler del departamento, porque me hace sentir más viva que nunca. Cuando estoy animando me siento superpoderosa, en mi salsa”.
-Te has puesto a pensar cuál es el secreto de esa afinidad con los sectores populares…
- Creo que es porque no tengo caretas. El pobre, el pueblo, esos que andan ahí en la calle y se dan con todo el mundo, no tienen caretas. Los que pertenecen al ámbito popular no aparentan nada, se muestran así, tal cual son. En cambio, los otros sí tienen caretas porque tienen que aparentar cosas y por eso les cuesta tanto reírse.

Antes de convertirse en esta chica graciosa y campechana que anima fiestas, tira el tarot y se anima a escribir (algunos de sus textos han sido publicados en un libro), Luna también pasó por muchos momentos de oscuridad. Transitó lugares sórdidos signados por la violencia y el peligro. En un país donde la expectativa de vida de las personas trans es de entre 35 y 40 años, vivir una vida plena es un triunfo contra el sistema y las distintas adversidades a las que se enfrentan a diario las integrantes de la comunidad: desde la falta de acceso a un trabajo y a una vivienda dignas hasta la proliferación actual de los discursos de odio. Luna también es una sobreviviente de un pasado marcado por los excesos y las actitudes autodestructivas: “A mí la transición me salvó la vida. La hormonización me puso en otra sintonía. He sido una persona muy promiscua, muy de la noche, muy del reviente también. El resentimiento y la represión te llevan a lugares muy oscuros. Cogía de manera compulsiva con chabones porque no estaba satisfaciendo lo que de verdad estaba sintiendo. Eso te lleva a las sustancias y a las personas oscuras también… eso es lo que hace el resentimiento y la represión… Ahora, cuando vos te liberás de todo eso, es otra la historia. No es cursilería ni un mensaje romántico, pero posta, ser libres es luz”.
A los 33 años empezó con el proceso de transición de género y, desde entonces, pudo abandonar esa actitud de resentimiento hacia el mundo que caracterizó aquellos años oscuros de su pasado. Hoy se siente plena y así explica esa sensación de plenitud en esta etapa de su vida: “De pronto pienso y digo ¡Guau, 40 años! ¡qué fuerte!... es mucho. Pero no siento el peso de la edad, me siento súper pendeja, súper enérgica, súper vibrante… ¿Viste cuando una mina está por parir que tienen la sensación de que algo lindo va a pasar después? la famosa bendición, el pan bajo el brazo… eso es lo que siento yo ahora con esto de los 40 años. Siento que se vienen cosas lindas, ya es hora de que me toquen cosas lindas”.
De todas las cosas lindas que puede depararle el futuro, hay una en especial que anhela y que parece vedada para las mujeres trans: “Soy una chica diferente y real, pero una chica al fin. Una chica que merece respeto, buen trato y algo que se nos niega desde toda la vida a nosotras y que espero que, en algún momento, deje de pasar… Amor… se nos niega el amor y miren lo encantadoras que somos. Nosotras gustamos, de nosotras también se enamoran y hay que tener muchos huevos para que se hagan cargo de eso. No son menos machos o menos hombres porque se enamoran de una chica como yo. Se han cruzado conmigo chabones creyendo que era una chica cis y quedaron encantados, enamorados y súper conquistados por mí. Pero después, cuando se enteraban de la verdad, todo eso se derrumbaba. Están todos muy genitalizados en su cabeza. Tienen que superar el porno, la paja y la promiscuidad sexual porque somos más que geniales nosotras”.
-¿Cuáles crees que son los lugares de la sociedad que todavía les falta conquistar a las personas trans?
- Acá en Tucumán espacios como la tele o los espacios políticos. Hay muchas chicas con muchísimas capacidades que pueden estar al frente de esos espacios, pero no nos dejan. En espacios como la política o los medios de comunicación no nos dejan entrar.
-¿Por qué?
- Somos más pintorescas haciendo reír. Por ejemplo, a nivel nacional, Lizy Tagliani tiene una aceptación más popular porque no tiene un discurso político marcado, se ríe mucho de sí misma todo el tiempo y jode con su lado de varón. En cambio, a Florencia de la V la odian y la apartan. No es tan popular, justamente, porque ella marca un discurso político muy tajante y claro…además, es linda. Yo, cuando estoy trabajando, me cago de risa de mí misma y los demás se cagan de risa conmigo. Nos reímos entre todos, pero al final de mis shows dejo muy en claro quién soy. Acá estoy, siendo este personaje de la animadora, pero detrás de esto también hay una persona coherente, sensible y con convicciones.
-Vos te definís como militante, pero además tenés mucha afinidad con los sectores populares de la provincia. Ese es un gran capital político; un capital que muchos de los actuales dirigentes quisieran tener ¿Por qué crees que no te dan la posibilidad de ser parte de esos espacios?
- Estoy muy decepcionada de los espacios políticos de Tucumán porque he trabajado en diferentes espacios políticos y siempre me han desplazado. Capaz, si hubiese sido una persona heterosexual, estaría ocupando un espacio copado, políticamente hablando. Puedo ser fantástica en política, pero soy transexual y eso incomoda un montón. Te das cuenta por los comentarios de las redes sociales, te das cuenta por todo lo que está pasando a nivel mundial donde h noticias que son muy tristes, como los travesticidios o los femicidios, y hay gente a la que le divierten noticias así. Bienvenidos al mundo y sus diversidades, aprendan a convivir con nosotras como nosotras aprendemos y aceptamos convivir con ustedes. No se agarren de la fe o de una religión para ser crueles y para apartar.
-Con el avance de las derechas en todo el mundo han crecido los discursos de odio hacia los miembros de la comunidad LGTBI. En tu caso, cómo lo vivís a eso.
- Hoy es legal odiar, es legal ser crueles, es legal ser violentos… No quiero decir que estamos en una era porque es como una forma de manifestarlo y que no se corte más, pero digamos que estamos en la temporada del odio. Sin ir más lejos, escúchalo al mismo presidente de la Nación cómo discrimina, cómo aparta, cómo insulta…lo violento que es ese tipo. Hoy está permitido ser así.
Luna se despide entre risas y buenos deseos, pero antes me pide que incluya su perfil de Facebook y de Instagram por si algunos de los que leen esta nota desean adquirir sus servicios de animadora. Luna se va, pero su luz todavía está acá.







