"Entre las vías, la noche y los fantasmas de Tafí Viejo": esta noche, se presenta Zorro en La Pausa Cultural
En las páginas de Zorro, la pluma de Alfredo Aráoz no solo escribe: retrata. El autor cruza miradas con esa fauna urbana que habita entre el ritmo pausado del pueblo y la mística ferroviaria. Esta noche, con música de Alejandro Nicolau en vivo, comida rica y sobremesa literaria. VIDEO
José Luis Mazza y Alfredo Aráoz. Foto: Eugenia Mercedes Pérez.
En las páginas de Zorro, la pluma de Alfredo Aráoz no solo escribe: retrata. Si Aráoz hubiera caminado por la Avenida Alem un viernes a última hora, seguro habría terminado en una mesa del bar Rigoletto, cruzando miradas con esa fauna urbana que habita entre el ritmo pausado del pueblo y la mística ferroviaria. Es la misma gente que cruza todos los días la pasarela de los Talleres, mientras el viento sopla desde las Yungas y el rumor del monte cae pesado sobre las calles.
Ahí van los personajes de la obra, pasando el puente oxidado sobre las vías como quien cruza un limbo entre la rutina y el deseo. Pisan el metal que cruje bajo las suelas, donde el paisaje dialoga con la verde guardia de la Nina Velardez, e ingresan de lleno en esa atmósfera satírica y popular del libro.
Por ahí camina Vega, el agente de tránsito municipal que no logra desprenderse del silbato ni de los vicios de su época como árbitro de la Liga Tucumana: dirige el tránsito en la esquina con la misma prepotencia con la que cobraba penales dudosos en cancha de Villa Mitre, sacándole una tarjeta roja a cualquier motito que intente cortar camino por la vereda.
A unos metros, saliendo a la disparada hacia la Alem, pasa la chica del plan. Es esa empleada bancaria de camisa impecable, pero espíritu inquieto que mira el reloj esperando las 3 de la tarde. Se desvive por dar el portazo, liberarse del sistema de turnos y los jubilados para juntarse con las amigas a ahogar la semana con cerveza fría y cumbias del recuerdo.
No muy lejos, el político de Las Talitas gambetea la austeridad del discurso oficial en una mesa del fondo del bar El Encuentro. Pide una cerveza Norte y se clava unas empanadas monumentales mientras suena alguna banda local de punk rock, repartiendo promesas de campaña entre eructos y suspiros de indigestión.
En la vereda de enfrente, las empleadas públicas caminan a paso lento masticando el chisme del día antes de subir al colectivo. Un poco más atrás viene el rezagado Rivadeneira, aquel alumno del delantal apretado que parece haber dado el estirón de golpe sin darse cuenta de sus grandes cambios dentro del uniforme escolar, intentando disimular la incomodidad acomodándose las costuras tirantes.
Está en la nostalgia pegada a las chapas de los viejos galpones ferroviarios y en el saludo a Lililo, figura entrañable del paisaje cotidiano. Entre el follaje espeso de la selva tucumana, la noche de los bares, el bajo y lo popular esos personajes de Aráoz cobran vida en cada esquina, una mezcla irreverente y cómica que nos recuerda que a Tucumán y Tafí Viejo no se lo evoca desde el bronce, sino desde la calle.
Zorro sigue sonando como las vías cuando todavía pasaba el tren: con un retumbo de acero, calle y memoria popular.







