"Ayudame a vender, mamá": Chiqui, el hijo de doña Sara Figueroa, y la historia jamás contada de la empanada en Tucumán
Américo Eulogio Figueroa mantiene vivo el legado de su madre, la histórica campeona nacional del manjar de los dioses y de los humildes. Homenaje e historia de un amor hecho repulgue. | Por Alfredo Aráoz
Chiqui.
“Vos sabés que ella me contaba que nunca había tenido una muñeca. Que pedía una muñeca linda como las que tenían las hijas de los finqueros. Pero a ella le regalaban muñecas feas de trapo. ¿Entonces sabés lo que hacía? Las llevaba a las vías y esperaba que les pase el tren. ¿Sabés lo que hice yo entonces de grande? Yo le regalé su primera muñeca”.
Américo Eulogio Figueroa es el hombre que tengo aquí sentado en la mesa de la cocina de eltucumano. Es el mismo hombre que ustedes ven sentado frente a la Casa Histórica, ubicado exactamente en Congreso 255, en el pórtico del caserón de la familia Colombres, donde hasta hace un tiempo una mujer arrugada por el viento y el sol de Tucumán sonreía a la cámara, ya encorvada, con una empanada en la mano, ofreciéndotela a través de un afiche de hule que ya no está, que alguien se robó, la imagen de Sara Moyano, hija de Carmen Efigenia Quipildor, Sara Moyano, casada con Eulojio (con j) Figueroa para convertirse en Sara Figueroa, Sarita, la mamá de Américo, de Chiqui, la campeona de la empanada. Eterna. Inmortal. Histórica y grande. Como una casa.
“La historia de mi familia con la empanada nació con mi abuela. Es una tradición ancestral. Carmen Efigenia Quipildor, indígena, de Leales, vivió hasta los 104 años. Hasta el último día le llevaba chanchos y chorizos a sus hijos en el tren. Y en un tren aprendió mi mamá a vender las primeras empanadas. Mi abuela le hacía las empanadas y mi mamá salía en el tren. Desde Famaillá se iba hasta el Sur. Hasta La Cocha. Iba y volvía en el mismo tren. Todo el mundo ya la conocía. Tenía 9 añitos y ya vendía empanadas”, le cuenta Chiqui a eltucumano una noche libre de su trabajo: mantener viva la memoria de su madre, mantener presente la figura materna, mantener vivo el sabor único de las empanadas que ella hacía en un horno de barro ya en Famaillá, donde la fama comenzó.
“Yo era chiquito y salía a buscar leña para el horno de barro donde mi mamá hacía las empanadas. Buscaba cajones de verdura, maderitas, todo para que hiciera leña. Teníamos el río ahí, cruzando la calle, y bajo el sol nos íbamos a buscar leña con mi hermano El Flaco. Fue una infancia con mucha pobreza, pero hermosa. Recuerdo que todo era mágico. Recuerdo que soñaba con un tren eléctrico y que mi mamá me decía: ‘¿Por qué mejor no hacemos un camioncito para llevar a tus perros y a tus gatos a pasear?’. Recuerdo cortar el pasto para el Día de Reyes. Recuerdo la ilusión por recibir un juguete. Todavía huelo el plástico de un juguete y regreso a mi infancia, donde han quedado mis amigos, amigos que siempre me recuerdan a mi mamá”.
También recuerda Chiqui que la fama fue creciendo a tal punto de que artistas famosos y hasta presidentes tenían una cita impostergable cada vez que venían a Tucumán: probar las empanadas de la campeona nacional. “Anécdotas tengo miles pero hay dos que no me olvido más: una cuando vino un actor muy conocido de la época: el Gordo Bergara Leumann, de La Bótica del Ángel. Él batió el récord cuando teníamos el local en lo que hoy es El Portal de la 24 de Septiembre, al lado de Canigó. Ahí iban todos. Ahí vivía Horacio Guarany, por ejemplo. Pero nunca vi lo que hizo Bergara Leumann: se comió 24 empanadas en una sentada. Pero no solo eso: nosotros vendíamos las empanadas con vasitos de gaseosa. ¿Sabés lo que hizo? El jugo de las empanadas caía en el vasito y se lo tomaba. Nunca vi algo así”.
Si de Presidentes de la Nación hablamos, la anécdota con Carlos Menem tampoco la olvida: “Era fanático de las empanadas de mi mamá. Mi mamá es la única empanadera que le dio de comer a cuatro presidentes juntos en la Cumbre del Mercosur. ¿Sabés lo que hizo Menem una vez? Tenía antojos de empanadas y le mandó los pasajes en el avión. Mi mamá se fue sola hasta La Rioja con las empanadas. Se las dejó y se volvió”.
Ahora bien, ¿qué tenían de especial las empanadas de doña Sara Figueroa? “El ojo. Y la mano. Mi mamá me enseñó que la empanda se hace a ojo. No hay medidas. Igual que con la medida de la grasa. El paso a paso que repito es simple: hago hervir la carne sin nada de lo que inventan ahora, nada de ponerle ajo o laurel, no. Se pone la carne, el agua, la sal y nada más. El matambre es lo ideal, pero otro corte noble es la tapa. Queda muy sabrosa con grasa y no se pone negra. Hay carnes que se ponen oscura después de que las cuecen. Cuando está cocida, sacás la carne, la picás, después hacés picar la cebolla por la cabeza, la ponés, le agregás un poquito de caldo y listo. Luego sí las especias: pimentón, pimienta, comino y ají. El comino es infaltable. El comino es el espíritu de la empanada. Y lo ideal es en horno de barro. De siete a diez minutos en un horno calentito y girándolas para que no se arrebaten”.
Antes de volver a su lugar en el mundo frente a la Casa Histórica, Chiqui no tiene casa. Creer o reventar como una empanada, vive para pagar la pensión con lo que vende. Todo el día está ahí junto al tesoro que tucumanos y turistas encuentran cuando pasan por la Casa Histórica, donde estaba su madre hasta que falleció y su último adiós vuelve a los ojos vidriosos de este hijo que llora a su madre: “Aquí me acompaña su ausencia. Ella me acompaña. Yo le pido: 'Ayudame a vender, mamá'. Todos los días la tengo presente, muy presente".
"Pero ella estaba viejita y uno tomaba conciencia de que estaba cerca de la finitud. Hablábamos de la muerte, de los perdones. Nos peleamos muchas veces y nos reconciliamos otras tantas. Así que conmigo ella se ha ido en paz. El último día, recuerdo, nosotros fuimos a la mañana. Y yo le dí un beso en la frente. La acaricié, la peiné y le di un beso. Cuando llamaron a los familiares de Figueroa, Sara, no quise ver más. Solo recuerdo el acompañamiento en el velorio. Salimos desde aquí, en Previsión Social de calle Las Piedras hasta el cementerio de Tapia. Era una caravana larguísima: hasta gente en moto fue a despedirla. Nunca vi tanto amor junto. No era para menos. Se había ido de este mundo una buena mujer, trabajadora, humilde, tucumana. Se había ido la campeona de la empanada. Se había ido mi mamá”.



La misma mano. El mismo sabor.







