Vamos yendo que se hace tarde, un cuento escrito por Abel Navarro
El escritor tucumano falleció en las últimas horas y dejó decenas de cuentos que serán publicados de manera póstuma. Para honrar su legado y abrazar a quienes siempre lo recordarán, aquí compartimos un relato ficcionado de su autoría.
Hasta siempre, Abel.
El agua tibia le caía pesadamente en su rostro. Sentía que iba diluyéndole una oscura costra arbórea. Habían pasado meses de autoexclusión impuesta, una hibernación callada, un olvido corporal que involuntariamente llegaba a su fin.
Martín cerró la ducha y abrió sin pensar el ventiluz del baño. La luz del sol era tan brillante que le hizo cerrar los ojos y los detuvo en silencio.
Era un nuevo despertar. Un alumbramiento a su adolorido corazón. Después de mucho tiempo, Martín sintió que podía, que había una fuerza extra que emergía incomprensible, inherente al control de su ser, y que lo empujaba a sobrevivir, a buscar el aroma del mundo nuevamente.
Agobiado por sus amigos accedió (no sin oponer un rígido escepticismo) a concordar una cita a ciegas con una mujer. Habían pasado exactamente 5 meses de la separación con Cecilia, con la cual había pasado 7 años de amores y enredos, alegrías y violencia, acompañamientos y abandonos, puntualmente, de mucha irracionalidad y mutuo maltrato.
Para Martín la guerra había terminado.
Paulatinamente fue despojando su departamento de recuerdos que le traían su imagen. Fotos, regalos, libros; todo embalado y escondido en algún rincón oscuro de su departamento.
Y el día llegaba. Un cosquilleo electrizante le serpenteaba en el vientre.
Mientas Martín se miraba indeciso en el espejo del baño, el tiempo transcurría más rápido de lo habitual para él. No quería llegar tarde al encuentro, pero no podía decidirse: ¿afeitarse, o dejarse la barba? ¿Patillas o candado? ¿Bigote solo? Luego de optar por una barba candado, que lo hacía verse más desalineado de lo que ya parecía ser, se dirigió al cuarto y se dio cuenta que sería otro escollo decidirse por la ropa.
Comenzó a probarse camisas y remeras.
Nada hacía juego con su ser. De repente, no sentía conciliarse con el ínfimo mundo que lo rodeaba, ni sentir motivos para encontrarse con un ser extraño. Comenzaban los nervios y los titubeos. Aun así, se decidió por una camisa a cuadros, un pantalón beige y zapatos náuticos. Un atuendo demasiado formal para la ocasión, pero que le proporcionaba un atisbo de seguridad. Por fin terminó de cambiarse y, cuando procedía a volcar unas gotas de perfume en su cuello, escuchó un ladrido muy familiar que pudo reconocer instantáneamente, y que lo hizo remontar a la temerosa sensación del tormento pasado.
“¿Hanna? No puede ser, justo hoy”, pensó.
Acompañando de los ladridos estalló un traqueteo de tacos que se alejaba rápidamente de su puerta.
Sorprendido, Martín se apresuró a atender y allí estaba: la pequeña mascota que le obsequió en su último aniversario desmantelando súbitamente el flamante y delicado equilibrio que tanto le había costado alcanzar. En ese momento, no le importó demasiado el animal. Corriendo por los pasillos del edificio, Martín se guió por el sonido de los tacos que se alejaban presurosamente. Quería alcanzarlos a como dé lugar, pero al doblar hacia los ascensores pudo ver cómo se iba hacia abajo.
“¿Cecilia? ¿Sos vos? Volvé por favor”, gritó compungido en soledad, sin siquiera haber podido ver un centímetro de su piel. Un perfume extraño, ajeno al tiempo, quedó flotando como un velo invisible en el pasillo. “El olor de la nueva vida de Cecilia” pensó, sintiéndose ridículo.
Al salir a su balcón, vio la inconfundible sinuosa silueta de Cecilia subir a un lujoso auto que la esperaba y marcharse como un rayo. “La nueva vida de Cecilia,” pensó en voz alta mientras miraba abstraído al animal que no cesaba sus punzantes chillidos.
La cabeza de Martín estaba tan conmocionada que olvidó por un momento lo que lo rodeaba y se quedó inmóvil en su sillón con sus ojos muy tristes. Hanna se detuvo a mirarlo.
En aquel paréntesis de silencio, Martín pareció volver de un abismo profundo, miró por sobre el lomo de la perra y envuelto en su collar notó que llevaba un rollo pequeño de papel. Pudo domar al animal y desplegó el manuscrito. En el se podía leer: “Esta perra de mierda me arruinó la vida igual que vos, pelotudo”.
Martín leyó en silencio, como hundiéndose en una fosa profunda y luego de un instante respiró profundo, con un sonido casi gutural.
A pesar de la contundencia de aquellas palabras, comprendió que ya habían pasado por los dolores más profundos, las soledades más adversas. Sentía ahora que sus palabras no le decían nada. Tímidamente comprendió que se había parado ante el mundo con una voluntad subestimada y misteriosa.
“Hija de puta” atinó a decir escupiendo un plomo atomizado cada palabra. Tomó la rienda del collar y de un brusco tirón ahogó por los aires a Hanna. “¡Vámonos!” le ordenó en tono agresivo.
Desde sus primeros días, Hanna manifestó graves problemas de convivencia. En aquellos meses críticos de la pareja, la presencia del animal alteró aún más una relación que pendía de un hilo, que ya venía en declive hacía largos meses, diez para ser exacto, cuando Martín descubrió la infidelidad de Cecilia con un compañero de trabajo varios años menor que ella y no tuvo la mejor idea, luego de haber perdonado aquella deslealtad, de acostarse una noche de copas con la mejor amiga de Cecilia. Martín le juró que no tuvieron sexo, pero no pudo cambiar el parecer de su colérica pareja; que a pesar de todo, pudo perdonarlo.
Pero nada sería igual.
Pasaron los días y, en un acuerdo implícito, negociado sin palabras, convivieron 5 meses sin tener relaciones sexuales. El amor se convirtió en desconfianza y resentimiento; cada uno parado en su trinchera se sometió a la locura de estar juntos a pesar de todo. Siempre se reprocharon culpas mutuas por el terrible comportamiento de la mascota. Contrariamente a las intenciones de Martín, fue un regalo que terminó de lapidar el poco amor que aún sentía su indiferente compañera hacía él.
En el transcurso del tiempo, y a duras penas, lograron acostumbrarse a sus destrozos y suciedades, a sus malos hábitos y a las peleas constantes con sus vecinos por los taladrantes ladridos. En el último tramo de la relación la perra fue pasando de casa en casa hasta que en una acalorada discusión Cecilia, desbordada por los nervios, estuvo a un paso de arrojar al animal por el balcón. El consorcio del edificio no soportó la situación.
No había nada que hacer.
Hanna había llegado para dar la sentencia final. Creció en el vapor moribundo de un amor que llegaba violentamente a su fin y sus ladridos parecieron resumir la naturaleza de tal aprendizaje. Los días finales fueron un infierno de reproches, gritos e insultos. La guerra terminó en un atípico y crudo invierno y entre las ruinas no pareció haber ningún ganador.
Martín dudó por un momento aquella tarde húmeda y calurosa. Indefectiblemente llegaba tarde a la cita así que actuó rápido. Con paso firme salió por el palier del edificio arrastrando al animal. Ya eran las 17:45, le quedaban 15 minutos para llegar.
La calle ardía al calor de un sol implacable.
Martín comenzó a transpirar profusamente. Con solo haber avanzado media cuadra la camisa mostraba dos grandes manchas empapadas de sudor en la zona de las axilas. Por su frente caía un incesante líquido pegajoso y salado que también descendía por su nuca bajándole por la espalda. Desesperado, intentó abordar un taxi pero el conductor le cerró la puerta en la cara al ver el remolino de pelos ruidosos que lo acompañaba.
Martín no se detuvo. La escena bordeaba lo ridículo. Las personas que se acercaban, al principio encantados de la belleza de Hanna, la esquivaban despavoridos ante el accionar salvaje de aquella pequeña fiera. Martín caminó apresuradamente dos cuadras más como un autómata, sin mirar a la cara a nadie, a punto de estallarle las arterias, tropezándose y enredándose continuamente con la correa mientras la transpiración brotaba ardiente por cada poro de su piel. Se le iban acabando las reservas de tolerancia, comenzaba a desistir de la idea de ir. Lo invadió la imagen de Cecilia subiendo a aquella carroza de princesa con aquel perfume desconocido y celestial. Masculló su ira como un ripio amargo y crujiente y decidió que no podía avanzar más.
En el instante que emprendía su humillante retorno, sonó su celular. Era un mensaje de un número descocido que decía: “Disculpá, llego en 15, ¿podemos encontrarnos en la plaza? Voy con mi perro, espero que no te moleste. Mariela”. Martín comprendió de inmediato, sin saber de qué manera, que Hanna podría servirle para destrabar aquella situación, abrir la cancha, abrir el diálogo, algo que atenúe la presión de su psiquis exigida.
Se había abierto un panorama nuevo y sintió con un renovado ímpetu que no podía perder esta oportunidad.
Se dirigió a paso firme con Hanna a cuestas, quien extenuada y sedienta no emitía ladrido. Llegó a la plaza y esperó bajo un árbol unos minutos.
Cuando la vio llegar, supo que algo recóndito en su ser le decía que era la mujer de su vida, que apostara el último cartucho de vitalidad hacia ella.
Martín siempre fue enamoradizo, ¿quién podría describir lo que sintió dentro de su convulsionado corazón? Inéditamente, su perra comenzó a jugar con el cachorro de Mariela, que se había anticipado y corría vivazmente entre los bancos perseguido por una desconocida Hanna.
Fue una tarde soñada e inolvidable para Martín. Esa noche durmió plácidamente con una sonrisa cristalina con la cual despertó al día siguiente.
Muchos años después, en vísperas de Navidad, Martín se propuso llevar a su familia al shopping para regalos y compras navideñas. Mientras bebían café en el bar, sintió que lo observaban a la distancia, como la mirada de una estatua que no despegaba los ojos de su mesa. Por cortesía a su mujer, Martín no se atrevió a devolver la mirada, pero supo que lo miraban fijamente. Esperó que Mariela llevase los niños al pelotero para girar la cabeza y darse con el rostro de la mujer que lo observaba. Al principio tardó unos segundos en reconocerla. No la había vuelto a ver desde aquel día que abandonó a Hanna en su puerta. Lo que veía, distaba mucho de aquella imagen casi fantasmagórica que aún deambulaba en algún rincón de sus recuerdos. Había perdido toda la belleza, su cuerpo de finas curvas, su aura de escultura griega, transparente, de mirada penetrante.
Nada.
El tiempo, los estragos de la vida, habían barrido su piel y el encanto de sus ojos que ahora lo miraban con un profundo desconsuelo detrás de un mostrador expositor de vinos, donde parecía trabajar promocionándolos.
Lejos de sentir rencor, Martín fue invadido por una lasciva tristeza ante su imagen tan castigada. Sintió la culpa de no haber podido hacer nada más para salvar aquel antiguo amor del abismo.
Pensó en los recuerdos más bellos junto a ella: su adolescencia, los viajes, las fiestas familiares, los viernes de películas, los amigos en común. Pensó en aquel hijo que, para suerte de ambos nunca llegó y que si era varón se hubiera llamado Patricio como el padre de Cecilia y que si era mujer se hubiera llamado Carla, como la madre de Martín.
Una catarata de recuerdos le caía incesante atravesando su cuerpo inmovilizado.
Sintió que lo llamaban, pero tardó un instante en despegar la mirada de aquellos ojos sombríos que aún lo miraban desde la húmeda nostalgia.
“¿Martín? ¡Martín! ¿Vamos que se hace tarde?”, le dijo Mariela, flanqueada de ambas manos por sus hijos. Martín miró a la cara a cada uno, como tomando conciencia del largo camino recorrido, de todo lo ganado, de todo lo perdido. Y supo que no volvería a ver a Cecilia nunca más. Dio la vuelta y con su voz apagada dijo: “Sí. Vamos yendo que se hace tarde”.








