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"Soy rebelde contra el 'no puedo'": la historia de María Laura, la tucumana que desafía al silencio

historias de acá

A los 36 años, y tras una vida sorteando barreras en la educación, el deporte y el trabajo, María Laura demuestra en una panadería de San Miguel de Tucumán que la verdadera discapacidad es la de una sociedad que no sabe cómo comunicarse. Su lucha no es por el silencio, sino por el derecho a ser escuchada y trabajar a la par de cualquiera.

María Laura Cardozo, en la panadería Don Genurario; Marcos Paz 111.-





El olorcito a medialunas recién hechas atrae a cientos de tucumanos que entran, cada día, a la panadería Don Genuario en Barrio Norte. Muy pocos se dan cuenta de que la mujer que los recibe con una enorme sonrisa, delantal negro y cofia en la cabeza, habita un mundo sin sonidos. Con sus pinzas y una agilidad única, María Laura Cardozo, de 36 años, se hace entender a la perfección, leyendo labios y entendiendo las señas de los clientes. "Ella no se autopercibe discapacitada", cuenta a eltucumano.com con orgullo Ana, su hermana, quien ha sido su voz y su intérprete desde que eran niñas. "Ella dice: 'Bueno, no puedo escuchar, pero puedo hacer todo lo que vos hacés'. Nunca incorporó el no puedo".


"Cuando éramos chiquitas, mi mamá, para que dejemos de hacer ruido a la noche, nos apagaba la luz y nosotras nos agarrábamos las manos y yo con las suyas le decía cosas y ella me contestaba con mis manos", recuerda su hermana y da cuenta de la conexión y la complicidad que tienen desde pequeñas.

 María Laura y su hermana Ana.

Su camino fue una construcción de pura voluntad y amor por parte de su familia. Su madre se negó a enviarla a la única escuela especial de la zona, la Próspero Mena, porque sentía que allí solo les enseñaban talleres manuales y no los alfabetizaban. En cambio, la mandó al jardín de infantes común junto a Ana. "Mi mamá se sentaba con ella todos los días, de tres de la tarde a nueve de la noche, enseñándole letra por letra a través de las vibraciones: le hacía sentir en la piel el "mm" de la letra M para que ella entendiera el sonido que no podía oír", cuenta. 

Su condición nunca le impidió que practique deportes. Le encanta jugar al futbol y al hockey. Siempre fue muy valiente para todo. Una vez se plantó y se enfrentó a delincuentes que quisieron robarle en plena calle. La atendieron en un centro de salud por un dolor en el riñón, que le había dejado aquel hecho de inseguridad, y una ecografía reveló la sorpresa que cambiaría todo, para siempre."El bebé está bien", le dijeron. "Ella, negada, creía que era una confusión", recuerda y se ríe Ana de la negación de su hermana, y celebra una vez más la anécdota que le regaló una sobrina.


Hoy, Paulina tiene 15 años y es su gran apoyo en los trámites donde todavía falta personal capacitado para atender a personas sordas. "A veces la gente, al no entenderla, se atonta", reflexiona.

La maternidad fue un gran desafío. María Laura pasaba las madrugadas enteras en vilo mirando a su bebé por el "miedo constante de no escucharla si lloraba a la noche". 
El vínculo entre una madre y su hija es tan fuerte y natural que Paulina aprendió a pedirle leche con señas, llevándose un dedo a la boca, consciente de que su mamá no podía escucharla.

                                                      María Laura y su hija Paulina.- 


A pesar de ser siempre positiva y fuerte ante las adversidades, la sociedad se encargó de recordarle su discapacidad. El trago más amargo ocurrió en su equipo de hockey de "mamis", donde jugó durante cinco años. Tras perder una final, María Laura se fue a su casa pensando que no habría festejo; horas después, vio fotos en el celular de todas sus compañeras recibiendo medallas y celebrando en otro club. El técnico lo había avisado verbalmente, y nadie se tomó el trabajo de avisarle a ella por mensaje o señas. "Nadie en todo el equipo le comunicó... ella decía: '¿Nadie me va a avisar que tenía que ir o iba a decir, che, no está María Laura?'". Sintió que la barrera de la incomunicación era, a veces, como chocar contra una pared, una seña que en el lenguaje de sordos significa "inaccesibilidad".


Sin embargo, su presente en la panadería le ha devuelto la esperanza de una integración real. Gracias a un programa de la Municipalidad de Yerba Buena, consiguió un puesto donde hoy brilla. Allí encontró a Celeste, una compañera que sabe lengua de señas."Ella obviamente nos enseña todos los días algo nuevo y nos corrige siempre cosas que decimos mal", relata Celeste, quien la describe como una mujer "superactiva" que no se queda quieta nunca.


En el local, María Laura ya es "famosa" entre los clientes, quienes le dejan propinas y han aprendido a indicarle las cantidades con los dedos. Usa cartelitos con códigos para facilitarse el trabajo y, si algo se complica, resuelve todo con una videollamada rápida a su hermana. "Ella es rebelde contra el no poder", resume Ana. Es trabajadora, inquieta y se niega a quedar aislada, incluso en las reuniones familiares, donde exige que todos la integren en la charla.



María Laura es de esas personas que te cambian el día apenas la ves. Lo primero que notás es que no tiene nada de vergüenza, cuando entra alguien al local, ella busca la forma de hacerse entender como sea, sin quedarse quieta ni esperar a que otros resuelvan por ella. Aunque no escucha, se manda igual a atender a la gente con muchísima seguridad.


Le costó bastante llegar hasta acá porque, como ella misma dice, para una persona con discapacidad es muy difícil conseguir trabajo y los gastos son muchos, pero ya lleva cuatro meses en este puesto y está superintegrada. Verla trabajar con tantas ganas, siempre activa y con una sonrisa, te motiva un montón. A través de Ana, su intérprete, ella pudo contar que siente que en la sociedad todavía falta mucha comunicación y accesibilidad, y que este es el primer lugar donde realmente sintió que le daban el espacio que se merece. "No hay accesibilidad, no hay comunicación. Es la primera vez que veo que como que dan un lugar para que alguien como yo pueda entrar en un trabajo; yo veo que todo el mundo puede trabajar. Yo sí puedo, aprendo rápidamente todo. De a poquito, pero aprendo"  dice María Laura en señas frente a su intérprete y confidente, mientras Celeste la filma, orgullosa, por supuesto.  


Al final, su historia es una cachetada de realidad. Mientras el mundo vuela con la inteligencia artificial y avances de todo tipo, todavía hay personas que tienen que hacer un esfuerzo extra para algo tan básico como sentirse parte y poder comunicarse. María Laura es inspiración y ganas de salir adelante. Quizás el desafío pendiente no sea de ellos, sino de todos nosotros.



Diccionario de lenguaje de señas.

María Laura junto a sus compañeras de trabajo.-