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"Último viaje en Renault 9": el relato de película de la noche que cinco amigos tucumanos vieron al Indio Solari

EL DIOS DE LOS ROTOS

El fernet tibio y batido con el dedo, ese brebaje que en los rituales ricoteros funciona como combustible y anestesia, nos acompañó durante las interminables horas de asfalto desde Tafí Viejo hacia Salta en 2011, la última vez que lo vi. Qué pasó aquel día. | Por José Luis Mazza

Carlos Solari (1949-2026)





"No te pongas mal papi, pero murió el Indio". 

La frase de mi hijo cayó sobre la mañana fría del 5 de junio con el peso de una sentencia definitiva, un eco tardío que rebotaba en mi oído y en mi alma herida por una bala que viajaba lenta.

Es algo que ya sabíamos, pero no queremos experimentar.

Automáticamente vinieron a mi cabeza mis amigos Barrio, Ramiro, Papo y el Chueco Aguirre esos compañeros de uno de los mejores viajes que hice en mi vida. Exactamente a fines de marzo de 2011, bajo el cielo espeso y violento de la ciudad de Salta.

Éramos cuatro arriba de un Renault 9 modelo 94 que tosía cada vez que la ruta amagaba con subir. El piso del acompañante iba alfombrado por botellas plásticas cortadas al medio y cajas de cartón de leche en polvo, esa que entregan en los caps.

El fernet tibio y batido con el dedo, ese brebaje que en los rituales ricoteros funciona como combustible y anestesia, nos acompañó durante las interminables horas de asfalto desde Tafí Viejo. Viajar en ese auto era una declaración de principios, una muestra de nuestra propia precariedad disfrazada de épica suburbana.

Llegar a Salta fue chocar de frente contra una marea humana indomable, un tsunami de remeras negras y banderas que inundó los alrededores del Martearena. Miles de almas dispuestas a todo por un par de horas de misa. La ciudad estaba desbordada, colapsada en sus servicios y en su paciencia.

La fraternidad ricotera empezó a mostrar los dientes temprano. Como no podíamos ser menos tratamos de refugiarnos en la fiesta de un “amigo” el cual pocos habíamos visto o conocido.

La tensión estalló pocas horas antes del show, en una esquina del barrio Santa Ana. Un roce verbal, una mirada a quien no teníamos que mirar de más y enturbiada por el alcohol barato, y la violencia se hizo carne.

La pelea fue breve, caótica y desagradable: botellas rotas contra el cordón de la vereda, gritos, insultos cruzados entre tucumanos y salteños, y el sálvese quien pueda bajo una siesta que rajaba la tierra.

No había poesía ahí; había un remanente de rabia social canalizada a través del aguante futbolero aplicado a la música. Terminamos con la ropa sucia, el labio partido de uno de los chicos y el Renault 9 con una óptica rota por un cascotazo.

El recital en sí fue una postal de desmesura bíblica. Desde los primeros acordes de Todos a los botes, esa marea de gente se convirtió en una trampa claustrofóbica. El pogo más grande del mundo ya no era una liberación, sino un ejercicio de supervivencia. La luz de las pantallas gigantes empieza a alejarse, tapada por los brazos en alto, las banderas y las cabezas de los que saltan. Estás abajo bien hundido. El horizonte se reduce a cinturas que se sacuden y a rodillas que golpean.

Intentás gritar, pedir un espacio, pero tu voz es un murmullo insignificante ahogado por el bombo de la batería y el coro monótonos de miles de personas que cantan con los ojos cerrados. Nadie te escucha. Nadie te ve. Pero Barrio estira su mano me rescata y quedo flotando en ese oleaje humano, mientras la música de El infierno está encantador sigue sonando allá arriba, a años luz de distancia.

Lo primero que hice cuando terminó el recital fue llamar a la Kuki que todavía hoy sigue conmigo para contarle lo que había sido eso y llorar como un niño de felicidad. Llorar como todavía no pude hacerlo por la muerte de este animal descomunal llamado Carlos Solari, un genio popular que hizo bailar a los filósofos y leer a los presos.

No hacía falta explicarle a mi hijo que el Indio que él descubrió hace un par de años en la música ya se iba quedando sin nafta yendo a Finisterre, adentro de un Renault 9 destartalado que olía a fernet rancio y a promesas rotas.