"Este cajón es mi Dios": en la esquina de un semáforo, vida y brillo del Negro Alberto, lustrador de Tucumán
Escapó de su casa de El Bracho haciendo dedo en la ruta con apenas siete años. Llegó a la Plaza Independendencia, aprendió de los antiguos lustrines, consiguió maderas, un serrucho y desde 1971, hace 55 años, con el mismo cajón y en la misma parada de 24 de Septiembre y 25 de Mayo, le saca brillo al paso de los hombres y las mujeres de la provincia. | Por Alfredo Aráoz
El Negro Alberto Montenegro, ícono de Tucumán.
“Traté de venirme de allá porque las cosas no eran como uno quería. Era muy duro vivir en el campo. Entonces migré para acá, para la ciudad, sin rumbo alguno. Mis padres me buscaban por todas partes, pero yo no daba señales. Andaba por comedores y dormía en la Agromecánica. Siempre fui una persona libre”.
Víctor Alberto Montenegro tenía solo siete años cuando se fue de su casa de El Bracho. Salió a la ruta con una bolsa de ropa en la mano y haciendo dedo con la otra. Un camión lo levantó y durante 21 kilómetros ese niño vio a la tierra convertirse en asfalto. “Me dejaron aquí, en la Plaza Independencia, en el 71. Yo era apenas un niño y no sabía qué hacer. Hasta que un día empecé a mirar a los lustrines de aquel tiempo, muchos de los cuales ya no están, que en paz descansen. Los miraba a ellos y a sus cajoncitos de lustrar. Dibujé con mi mente la forma del cajón, conseguí unas maderas, me prestaron un serrucho y me puse a hacerlo. Aquí está. Es este mismo cajón que ven aquí. Yo lo he hecho. Y desde entonces me acompaña”.
Aquel changuito que hachaba maderas del árbol que da nombre a El Bracho tierra adentro y hacha brava en corazón de El Cortaderal, dejó las aulas de la Escuela 277 de Bajo Grande y con sus manos de niño bajo, pero grande, talló al compañero de su vida. En ese cajón guarda pomadas, tinta, brillo y paños con los que les da brillo a los pasos de miles y miles de tucumanos y tucumanas desde hace 55 años. Cientos de pares de zapatos de hombres y mujeres han pasado alguna vez por la esquina de 24 de Septiembre y 25 de Mayo y han posado sus calzados sobre la misma taquera de hierro que le regaló un cliente que trabajaba en El Radioarmador.
“Lustré zapatos de muchos famosos, de muchos cantantes, de muchas personas importantes en Casa de Gobierno. Desde don Amado Juri hasta el Golpe de Estado. Después con los militares no se pudo. Y luego volví hasta el día de hoy que entro a la Casa de Gobierno sin necesidad de presentar el documento. A mí me vienen a buscar a mi esquina, me presento en portería y subo. Un zapato bien lustrado me lleva 8 minutos”, explica Víctor Alberto Montenegro, ya sin el Víctor como nombre de pila en el uso diario y luego sin el Montenegro como apellido para todo tipo de acto solemne y protocolar. El documento dice una cosa, la calle dice otra: Montenegro, el negro de los montes, es conocido aquí por todo el mundo como El Negro Alberto.
“El 13 de junio cumplo 62 años. Con este compañero de vida que es el cajón hice estudiar a mis hijos, les di de comer, acompañé a mi señora, hice mi casa en el barrio San Cayetano. La clave para todo en mi vida es que hay que ser constante y trabajar siempre en el mismo lugar. Además de la Casa de Gobierno trabajo con mucha gente de la Caja, de los bancos. Siempre en la 24 y 25, siempre estoy ahí. Con lluvia o con sol, a mí me encuentran. Cuando llueve, me preguntan: ‘¿A quién le vas a lustrar hoy con esta lluvia?’. Y siempre hay algo. Siempre hay alguien que llega con los zapatos sucios y se va con los zapatos limpios”, se ríe este hombre bonachón, de manos curtidas por el lomo de madera de los cepillos, por el filo de las latas de pomada Cobra o Wassington en tres versiones (negro, marrón e incoloro), con los dedos ajados por la tinta, con la espalda hecha pomada por el tiempo, con una sonrisa franca por los logros conseguidos.
“Empiezo a las seis de la mañana y termino a la una de la tarde. A la tarde ya no hay nada. Los lunes, jueves y viernes son los días que mejor se trabajan. El martes y miércoles poco y nada. Y el sábado, nada de nada. Si usted vive en una calle de tierra, una vez por semana tiene que mantenerlo al calzado. Si vive en pavimento, aguanta más. La clave para mantener el zapato es lustrarlo: la pomada es un impermeabilizante para que el barro y la tierra se resbale del cuero, mientras que la tinta es la que alimenta al cuero. Primero va la tinta, después va la pomada”, da cátedra El Negro durante la entrevista a cajón abierto con Gabriel Sanzano y Alfredo Aráoz en el segmento Oficios Tucumanos del programa latucumana de mañana que se emite de lunes a viernes de 8 a 12 por YouTube y FM 95.9.
Uno a uno saca Alberto sus elementos de trabajo: las pomadas enlatadas con la forma de una gorda moneda, los rulos de la estopa para la tinta que cura las grietas del tiempo, las hebras de los cepillos para cada color y su andar, y el banquito hecho con un cajón de manzanas donde se sienta y desde concluye su clase magistral pública aprendida, como canta Walter Olmos, en esa escuela que fue la calle.
“Primero se lo limpia bien al zapato (sobre todo si tiene barro) y después va la tinta. Se la deja secar y y después va la pomada con una o dos pasadas si hace falta. En una hora puedo hacer 9 pares de zapatos. Eso pasa en la hora pico: a las 10 o a las 11, cuando la gente sale a tomar un café para hacer una pausa de la mañana o cuando sale de trabajar dice: ‘¡Ah, me lustro los zapatos!’. Y ya le quedan limpios para el día siguiente. También trabajo bien con mujeres policías y maestras. Si el calzado está muy despintado, les pongo tiñol. Tengo tiñol”, infla el pecho El Negro Alberto inmortal, quien en su trabajo homenajea a los grandes lustradores de esta provincia como otro Alberto, como otro lustrín de la Plaza Independencia, también grandote, pero Gringo, rubio, el gran Alberto Vier de las galerías Salvic de calle San Martín, quien falleció en febrero pasado, a sus 78 años, luego de darle lustre a Tucumán durante más de seis décadas.
“Aquella mañana que falleció don Alberto vino un cliente, me vio vivo y no lo podía creer. Le habían dicho que había fallecido Alberto, el lustrín de la plaza. Y pensó que era yo. Pero era El Gringo, un maestro del oficio. Yo no. Yo soy El Negro Alberto. Y espero seguir por muchos años más con este oficio. Ojalá así Dios lo permita y me dé salud para seguir”, ruega y se despide: “El cajón estuvo a mi lado en los buenos y en los malos momentos. Siempre fue un anfitrión para mi familia. De aquí adentro salió todo lo que logré. De aquí adentro saqué para comprar los remedios para mis padres. De aquí saqué para el día que fallecieron mis padres. De aquí adentro hice mi vida. Este cajón es mi Dios. Y así será hasta el último día”.








