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"Te hace pedazos": Juan, el herrero que desmantela sus recuerdos en el Mercado del Norte

MEMORIAS QUE DUELEN

Fue contratado por comerciantes del centro gastronómico para desarmar algunos de los cientos de puestos que hoy venden nostalgia y desilusión. Uno de ellos, en particular, le humedeció los ojos. “Hay mucha gente con ganas de llorar”, dice.

El lamento de un puestero, desde el interior del Mercado del Norte. (Foto: Juan, el herrero)





En los pasillos ya no hay gente, están llenos de hierros, maderas, bosas y cajas. Los puestos están vacíos, el aceite de las freidoras no chisporrotea, no hay más sonido de charlas, solo lamentos que se mezclan con el impacto de materiales en el piso sucio de polvo de memorias vividas, de platos degustados y gustos que quedarán por siempre en el inconsciente. Ya no hay olor a pizza, ni a empanadas ni a kipe; los reemplazó el sudor de dueños y trabajadores desmontando el esfuerzo de toda una vida. El Mercado del Norte se está quedando vacío. Y Juan, el herrero, lo sabe y lo sufre por su trabajo, que hoy le demanda desmantelar una parte de sus recuerdos.
 
Juan mira para arriba, hacia las paredes laterales que sostienen la mega estructura de cemento en pleno microcentro y no puede evitar dudar. El estado del edificio no es el mejor y no lo era desde hace varios años ya. A la espera de dos informes técnicos estructurales –uno de la Municipalidad capitalina y otro de los puesteros-, la labor continúa sin pausa para llegar a desarmar todos los locales hasta el viernes, nuevo plazo dado a los comerciantes para desalojar el mayor centro gastronómico de Tucumán.

 
Hay mucha gente con ganas de llorar”, cuenta Juan, desde las fauces de una amenaza que parece inminente. “Están todos mal, algunos no aguantan las lágrimas porque ven cómo va quedando todo sin nada; te hace pedazos la situación”, asegura.
 
Juan vive en carne propia el sufrimiento por la evacuación del Mercado del Norte. Entre la decena de puestos que debió desarmar, uno en particular le hizo temblar las piernas. El famoso Mingo, como muchos otros comercios, un pedazo de historia viviente en el lugar. “Nos pidieron ayuda y la verdad fue terrible”, se lamenta el herrero, que ahora se remonta varios años atrás, cuando trabajaba de albañil y el mango no alcanzaba para mucho. Eran entre siete y ocho compañeros los que, a la hora de comer, elegían a Mingo como lugar de encuentro, donde por un módico precio podían comer variado, rico y abundante, además de disfrutar de un ambiente sumamente familiar. “Todos los días nos preparaba un menú distinto, nos charlaba, nos hacía precio y a veces nos fiaba; era como una familia para todos nosotros”, describe Juan, que ahora se lamenta por la situación del puestero que debe rebuscársela para vender desde su casa, con las dificultades que eso implica.
 
Las escenas son deprimentes. Hay camionetas de la Municipalidad colaborando con los puesteros para trasladar sus cosas, también camiones. La evacuación es pacífica, aunque se respira desesperación. Es que por ahora no hubo mayores avances hacia una solución temporal, mucho menos a una definitiva. Los puesteros propusieron la creación de una “Feria del Mercado” en el predio de la ex Dirección de Tránsito, en Buenos Aires primera cuadra. La propuesta quedó bajo análisis. Nada es seguro.
 
Desde el interior del vallado, Juan se anima a fotografiar las columnas castigadas del frente norte del mercado. Están prácticamente partidas a la mitad en el tramo que choca con el suelo. “¿Sabés lo que es estar acá y ver todo el dolor de la gente? Qué dolor, chango, qué dolor”, se lamenta el herrero que, en lugar de soldar, ahora debe desmantelar una parte de sus memorias.