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"Mi Rey": quién es Fernando Juárez, el muchacho de las calles de Tucumán

HISTORIAS DE ACÁ

Habla tan fuerte que a una cuadra ya se lo escucha venir: con la caja de madera con cepillos y pomadas, y una lata de dulce de batata, lustra zapatos en Tribunales, y canta y se pelea en la Chacapiedras. Qué le pasó en su infancia, por qué habla así, la rehabilitación en Mendoza y su gran sueño.

Fernando Juárez, Mi Rey.




Deja el cajón de madera y el asiento de lata de dulce de batata en la puerta, entra como el dueño de Havanna, pero no es el dueño de Havanna y pide un vaso de agua en la barra porque afuera está que pela. De lejos, no se entiende muy bien qué dice pero por el timbre de voz rasposo y nasal se lo reconoce. Y cuando habla, el encargado sonríe, las mozas sonríen. Saluda con el brazo estirado hasta el techo a un abogado del fondo del local que usa anteojos de sol adentro del local, que lo saluda con el pulgar arriba, que también sonríe pero como incómodo. Le señala los zapatos, el abogado le dice que no, Fernando controla que sus elementos de trabajo estén todavía en la entrada de este bar y se sienta a la mesa.

“Me llamo Fernando Andrés Juárez. Tengo 30 años cumplidos. He nacido el 4 de septiembre del año 90. Ando muy bien, gracias a Dios. Soy del barrio 11 de marzo, zona sur de la Capital. Hace 20 años que trabajo en la calle. Acá: en todo lo que es la zona de Tribunales y zona de Colegio de Abogados. También andamos en la zona céntrica y en la plaza Urquiza”.

Cuando Fernando Juárez habla en serio, se pone nervioso y se frota las manos con restos de pomada Cobra negra en las cutículas. Se tranquiliza cuando entiende que la nota no está saliendo en vivo ni es para un programa de radio.  Café o Coca Cola, pide una gaseosita, nomás, y ya más relajado dice: “Pregunte nomás, Mi Rey”.

“Mi Rey viene de la Iglesia. Yo creo mucho en Dios. He leído la Biblia y de ahí he traído la frase: ‘Mi Rey’, ‘Rey de reyes’, que es mi Dios. La frase la utilizo todo el tiempo. O ‘Varón’, ‘Dame vida, varón’, ‘Varón de varones’, ‘El varón guerrero’, todo también proviene de la Biblia y el ‘Dame vida, varón’ es la frase que más se me quedó de la Biblia. Son frases muy lindas que a la mayoría les toca el corazón”.

Pero hay personas a las que les molesta la presencia de Mi Rey. Más allá del gesto del abogado que usa anteojos de sol adentro de Havanna y toma jugo de naranja en sorbete, Mi Rey solo tiene palabras de agradecimiento a los y las que salen del portón de Tribunales de calle Congreso, frente al bar donde estamos sentados y una protesta con pancartas encabezada por Ceferino Décima empieza a dispersarse. Como si rindiera un examen ante la pregunta, Mi Rey toma aire y, sin repetir y sin soplar, se inclina ante el grabador de la nota y habla fuerte para agradecerles: “Son buenísimos. La verdad es que no  tengo nada que decir de esta gente. Mi familia se mantiene gracias a los abogados que me dan de comer todos los días. Ellos me visten. Me dan una pilcha, una ropa. Por supuesto que lo que esté a su alcance. ¿Estás grabando, no?”

Habla tan rápido Fernando que se le infla una vena del cuello. Siempre parece que está por quedarse sin voz. Como si gritara goles de San Martín todo el tiempo. O como si se cruzara con hinchas de Atlético que lo agarraron entre varios y le dejaron una marca en su nariz de boxeador: “Como chicle me hicieron, Mi Rey, pero son cosas que pasan”, dice y recuerda lo que estaba por hacer: “Marisol, ¿puede ser una coquita?” Toma y explica su timbre de voz: "Siempre hablé así. Los chicos me preguntan si hago algo o fuerzo demasiado a propósito, si hago algo. Sé que me a veces grito mucho, ¡Mi Rey!"

Se sirve la Coca Cola en el vaso con hielo hasta la mitad. La botella es de 600 y quiere hacerla durar lo más que pueda. Como la botella es de plástico, lo que quede se lo llevará cuando termine la charla, cuando vuelva a la calle, a la Congreso, a la General Paz, a la 9 de Julio, a la plaza Yrigoyen, al pasaje 2 de abril, pero no al drugstore que está cerca, donde hay dos mesas en la vereda y, como le ha ocurrido en la Chacapiedras, es sinónimo de envases, de cerveza, de birra, de una más, y de otra. No. Solo por hoy, Fernando Juárez está orgulloso de que está bien. Y después de un sorbo más, habla de la calle, de lo que significa para él andar por las calles de Tucumán.

“La calle es dura. Es bastante dura. Nosotros nos cruzamos con gente muy buena, re copada, y a la vez nos toca sufrir con la gente mala, con gente egoísta, con gente que te discrimina, gente que porque tiene un peso más encima se cree que te puede sobrepasar y eso no es así. Si a mí me tratan mal, yo les doy el mismo trato. Si a mí me tratan bien, los trato bien. Yo soy bien respetuoso, pero lo que más me calienta son los dueños de la Chacapiedras que tratan mal a la gente de la calle. Está bien que la gente nos mire de otra forma, que la gente desconfíe. Piensa que somos villeros, ladrones, pero no todos somos iguales. Ojo: no hay que embolsar a todos en la misma bolsa. Eso me da bronca: a todos los de la calle nos miran por igual y no es así. Yo soy respetuoso, educado. Sé lo que es ser honesto, amable. A mí lo que me saca de las casillas es que me traten mal: ‘¡Volá!’, ‘¡Andate!’ Eso me saca, que me griten, que me traten mal. Nunca le levanto la voz a la gente”.

Pero es ese tono de voz el que cambia cuando Fernando deja de ser Mi Rey y con otro sorbito habla más serio, más bajo no por vergüenza sino por el tema en sí que cuenta, el de las drogas, el de su viaje a Mendoza a una granja para intentar rehabilitarse: “Consumía mucho cocaína, el famoso paco, pasta base. Ocho años estuve preso de la droga. Y bueno, en menos de un año he podido lograr lo que no había podido lograr en esos ocho años: la fuerza de voluntad propia de uno mismo me ha sacado. Acá no depende la Iglesia, el hogar, ni el centro de rehabilitación: todo se debe a la fuerza de voluntad de uno mismo”.

“El día que sentí que toqué fondo fue un día que caí enfermo al hospital Padilla con problemas del hígado y del estómago. Ya los médicos no me daban solución. Me decían que si no me descolgaba de la porquería esa iba a terminar en un cajón. Ahí apareció la granja evangélica. He recibido todo el apoyo de mi familia. Y en Mendoza me abrieron las puertas de una granja evangélica, en el medio del campo, en el medio de la nada. Allá nos dedicábamos a la cosecha del durazno, de la uva, de la aceituna. Salíamos a las calles de la Ciudad de Mendoza por cada barrio a entregar almanaques que eran fabricados por nosotros. Pedíamos solo a voluntad de la gente”.

“Allá convivía con muchos changos: con porteños, con mendocinos, con santiagueños, con tucumanos. Iban de todos lugares: de Córdoba, de Buenos Aires, de Río Negro. Allá recibíamos el apoyo del pastor del Hogar y el director dejaba a cargo a un preceptor. Los primeros días han sido los más difíciles, pero no por la abstinencia sino por estar lejos de mi familia. Me sentí mal porque abandoné a mi familia acá, quienes me apoyaron y me dijeron que juntara fuerza de voluntad, que en algún momento iba a volver e iba a volver bien y mirá cómo estoy ahora: recuperado, me siento muy aliviado, encaminado”.


Con estas mismas manos que Fernando se termina de frotar, ya quitándose de las uñas la última película de pomada que le quedaba, allá en Mendoza se quitaba la tierra de lacosecha y se encerraba en un cuarto con chicos más jóvenes que él, nombrado preceptor para compartir sus consejos. A otros chicos con problemas de adicción, Fernando les hablaba como un técnico de fútbol o un capitán en la manga, arengándolos: “Los guiaba. Les decía: ‘Encerrate en tu cuarto, orá, orá, orá, orá mucho, Él te escuchá, Él y nadie más. Mirate a vos mismo, no me mirés a mí ni a nadie más, mirate a vos, parate y mirate. Pensá. Pensá qué querés hacer después de salir de acá, de estas cuatro paredes. Porque estas son cuatro paredes donde estamos, pero esto no es un calabozo. Y afuera hay una familia que te espera’”.

La rehabilitación en Mendoza duró tres meses: el primer mes Fernando estuvo en el campo, el segundo mes fue a la calle, y el tercer mes compartió sus conocimientos. Cuando llegó a los 100 días en Mendoza, volvió a Tucumán y acá Mi Rey se potenció: además de lustrar zapatos, llegó la música. Y con la misma lata de dulce de batata y un palo, improvisó un güiro. Una noche pidió que las luces de los bares lo apuntaran sobre la vereda de Chacabuco, alguien le pasó un micrófono y cantó ante los celulares encendidos:

“La alegría para cantar la saqué de los golpes duros que viví. No es joda ir al mercado a revolver la basura para llevar frutas y verduras para darle de comer a tus 12 hermanos. No es joda perder a una hermana por pancreatitis. Se llamaba Rosa y entre todos cuidamos a Ian, su angelito. De verdad fue un pasado muy duro, que a veces vuelve, pero que quiero que ya quede en el pasado: hoy me levanté con alegría y le pongo música a la vida: sueño con ser cantante. Mis ídolos son el Potro Rodrigo y Ulises Bueno. Nadie más. Mi música es el cuarteto”.

“Eso sí: antes me gustaría terminar la secundaria. Sé leer y sé escribir. Iba a la escuela Dean Funes en la calle Olleros, en el 11 de Marzo. Me gustaba estudiar, era un buen alumno, pero no me ayudaba la conducta. Hacía macanas en los recreos. Me gustaba estudiar, tenía todas las materias aprobadas. La conducta de esos años me jugó en contra. Pero claro que me gustaría hacer la secundaria para tener mi currículum y poder defenderme mejor en la vida. Sé que decir ‘No’ a la droga es una pelea, es una batalla dura, día a día, que depende de uno si querés vivir del pasado o si querés cambiar tu vida. A todos los jóvenes les digo que todo se puede en la vida, que nada está perdido, que valoren a su madre que es una sola, que vivan más para su familia que para sus amigos. Si yo debiera elegir un amigo, elegiría a mi madre porque siempre está para acompañarte, para alentarte, para sacarte de la cama, ponerte de pie, salir a la calle y, pese a todo, sonreír”.