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Memes, videollamadas y sorteos: la abogacía en tiempos del coronavirus

HISTORIAS DE PANDEMIA

Una pareja se divorcia y disputa la tenencia de los gatos, otro reclama que le devuelvan un táper, alguien quiere cambiar de trabajo. Esos y otros casos atiende la abogada tucumana Gabriela Figueroa a través de la pantalla de su computadora: “Muchos tienen epifanías y se dan cuenta de que sus vidas son una mierda”. Cómo ganar una consulta gratuita.

Gabriela Figueroa, periodista y abogada.




Los ascéticos y laberínticos pasillos de los tribunales, las mesas de bares atribulados, las oficinas repletas de gordos biblioratos y diplomas enmarcados en las paredes son, qué duda cabe, el hábitat natural de la fauna letrada. Al menos, así era durante la antigua normalidad cuando hombres y mujeres de leyes proliferaban por los fueros con esa formalidad que los caracteriza. Sin el acartonamiento de muchos de sus colegas, la abogada y periodista Gabriela Figueroa era parte de ese mundo de los juzgados porteños hasta que la llegada de la pandemia obligó a cambiar hábitos y costumbres incluso ahí donde muebles, inmuebles y quienes los transitan parecen siempre los mismos y siempre iguales ante el paso del tiempo. Ahora, en un mundo lleno de conflictos -de los legales y también de los otros-, la tucumana asesora a quienes requieren su consejo a través de las pantallas combinando su saber letrado con experticias millennials como el manejo de las redes sociales y de los memes. Doctora y también influencer, un poco psicóloga y otro tanto consejera espiritual. Así es Gabriela, una abogada en los tiempos del coronavirus.   

Una década atrás, la abogada de 37 años desembarcó en Buenos Aires y desde hace tres años que, junto a su socia Yolanda Aguilar, conduce su propio estudio jurídico: Aguilar & Figueroa. Al comienzo no tenían ni oficina. Al igual que tantos y tantas de sus colegas, se reunían con los clientes en los cafés de la zona de tribunales. Tampoco publicitaban sus servicios, sino que recurrían al más anacrónico de los métodos de promoción: el boca en boca. Un cliente le recomendaba a otro y este a otro y así. Hasta que montaron un estudio en el microcentro, a dos cuadras de Plaza de Mayo. Una oficina sobria y moderna donde las abogadas suelen compartir mates con sus clientes para romper con esa solemnidad propia de los jurisconsultos de antaño; seres de trajes pulcros con sus maletines y códigos de protocolo.

Todo marchaba bien hasta que llegó la pandemia, una feria judicial que se extendió hasta agosto y la imposibilidad de recorrer las casi ochenta cuadras que separan su casa en el barrio de Flores de la oficina, ya que sólo el personal esencial puede utilizar el transporte público. La solución fue apelar a la virtualidad: “Nosotras somos de la escuela de antes y hemos trabajado bien así, con el tiempo hemos ido ganando terreno. De repente, con las medidas de aislamiento, las consultas han bajado hasta el punto de que llegamos a no tener nada de trabajo. No estamos acostumbradas a las videollamadas por Zoom, pero tuvimos que ponerle el pecho a las balas. La forma de trabajar ha dado un vuelco, tanto para para nosotras como para otros abogados”.

De la oficina a la casa y de las consultas presenciales a las videollamadas, la adaptación a las formas pandémicas del derecho no ha sido fácil ni para la abogada ni para sus clientes: “Cambia la predisposición de las personas porque la imagen que genera la academia es la del abogado súper estrella y millonario. Eso juega en contra de nosotros porque hace que no vean que sos un trabajador o una trabajadora. A nosotros nos cuesta más entender lo que le está pasando al otro. La gente te busca para resolver problemas y nunca o casi nunca son cosas bonitas las que tenemos que escuchar. Siempre buscamos generar confianza, empatía, no revictimizar a las personas… Cuesta generar ese clima y que la gente se comunique y que te diga la verdad porque, hay que decirlo, el cliente te miente siempre hasta que llega a ese punto de confianza en que sabe que vas a guardar el respeto y la confidencialidad de lo que cuenta. Todo eso cuesta mucho más de lograr a través de una videollamada”.


Y aunque en su oficina reina un clima distendido que nada tiene que ver con esos estudios grises de muebles prehistóricos donde se respira el tedio doloso del trámite, el cambio de escenario al ámbito doméstico tampoco ayuda.  No está ni la computadora ni el título colgado de la pared ni la colección de libros gruesos como parte de una escenografía que muchos han asimilado como necesaria dada la importancia de los sucesos que requieren del consejo profesional. “Te ven en tu casa y, de pronto, se te cruza el gato en la pantalla o suena el timbre… a veces pasa que algún vecino pone música… Realmente es difícil para todos los trabajadores que están haciendo homeoficce en estos momentos. No sé cómo lo están logrando otros colegas”, comenta Gabriela que también tiene que batallar con algunas nuevas mañas de los clientes virtuales: aquellos que pretenden pagar menos la consulta por el hecho de ser virtual, los que aprovechan una sesión para matar cinco pájaros de un solo tiro y pretenden resolver varios problemas legales de una vez o los que aspiran a canjear los servicios de las abogadas por especias como clases de tango.

Otro de los grandes desafíos de los tiempos que corren es movilizar las paquidérmicas estructuras judiciales y adaptarlas a las exigencias del nuevo contexto.  Y si bien son muchos los trámites que ahora pueden realizarse de forma online o a través de las redes sociales como notificaciones de reclamos de alimentos por WhatsApp o las mediaciones judiciales a través de videollamadas, nada parece reemplazar aún el fino arte de recorrer los pasillos de los tribunales: “La justicia tiene que aggionarse a las nuevas tecnologías. Está claro que el sistema no estaba preparado para este momento. Uno sabe cómo funcionan las cosas, por ejemplo, cuando pedís algo por escrito siempre tenés que ir a recordarles dos o tres veces y ahora no podemos pasillar, como se dicen en la jerga. Ahora hay que meter escritos que son re insólitos, cuestiones como: ya que se libró tal cosa, hágalo para que hagan lo que han dicho que iban a hacer”. Lo que antes ameritaba una de esas visitas recordatorias, ahora se traslada a esa formalidad plagada de una redundancia kafkiana tan propia del lenguaje judicial.

“La pandemia me ha obligado a pensar cómo puedo ser una mejor profesional en este contexto y con las herramientas que tengo. Una siempre busca hacer lo mejor posible y me he puesto a pensar cómo hacer para potenciar mi emprendimiento”, reflexiona Gabriela quien aprovechó el tiempo en que la justicia estuvo paralizada para hacer cursos de marketing digital y jurídico y de coaching jurídico. A esto último lo menciona riendo consciente de los prejuicios que pesan sobre esta práctica. Y junto con toda esa información nueva y la necesidad de reinventar la forma de promocionar sus servicios letrados aparecieron los memes como una herramienta que explota a través de la cuenta de Instagram del estudio: “De repente, con el aislamiento, el boca en boca se ha frenado y nuestro trabajo ha bajado bastante. Ahora han surgido otras emergencias y urgencias sobre lo legal, por eso la necesidad de usar una red social especifica del estudio y que no sea para hablarle a otros colegas, como hacen muchos, sino que tenga información que le interese compartir a las personas que la necesitan. Hemos intentando apelar al humor con los flyers que son tipo memes y las reacciones son muy positivas. Creo que está bueno aunque sea para sacarle una sonrisa a la gente en estos momentos que estamos viviendo y la verdad que la gente se caga de risa. Ese tipo de cosas genera reacciones que los sacan del mundo de la pandemia y la cantidad de contagios y de muertos y esa persona ahí se acuerda de que tiene que resolver un tema legal. Siento que está costando mucho distender esta tensión y volver a reírse”.



Y otro de los recursos poco ortodoxos a lo que apelan Gabriela y Yolanda en su estudio son los sorteos, como el que se realizará mañana viernes a las 15 donde rifarán una consulta gratuita por videollamada de una duración de cuarenta minutos para abordar un problema legal. Para participar tienen que seguir su cuenta de Instagram y etiquetar a un amigo. La invitación a participar del sorteo es con la ya icónica figura del actor Robert Downey Junior y esa expresión de hastío que se ha vuelto meme; esa expresión que nos refleja en el agotamiento de estos días de aislamiento y nos saca una sonrisa. Acaso también demuestra que, bajo esa coraza de formalismos y gestos ampulosos, los abogados también pueden ser divertidos.


Abogada y consejera espiritual: Los problemas de la gente en la pandemia

Menos cuestiones de derecho penal, Gabriela y su socia abordan distintas facetas del derecho como cuestiones civiles, de familia, previsionales, problemas de expensas, administración de consorcios, daños y perjuicios, registro de marcas y reparaciones de Derechos Humanos, entre otras. También le ha tocado lidiar con conflictos mucho más mundanos, como la vez que tuvo que apelar por la custodia de dos gatos en un caso de divorcio: “Eso ha sido de lo más bizarro, tener que pelear por la tenencia de la mascota. Las mascotas son personas no humanas que no son una cosa, pero tampoco un niño, claro. Lo que generaba más resentimiento en la pelea era quién se quedaba con los gatos. Era una cuestión sentimental, no pasaba por la plata. El que se quedó con los gatos no dio brazo a torcer. También me ha tocado tener que hablar con el abogado de la otra parte para que le devuelvan un táper al cliente. Una termina  tratando de bajar los ánimos porque, por algo que parece tan tonto, una negociación que lleva mucho tiempo se cae. Antes, la llamada con el cliente era una herramienta auxiliar y ahora es lo más importante. Por eso, en estos tiempos, es muy difícil llegar a esos acuerdos”.

Con el advenimiento de la pandemia, además de la asesoría legal requerida, las consultas se instalan de lleno en problemáticas humanas que este momento excepcional ha puesto en carne viva. Entonces, Gabriela se vuelve también, de alguna manera, consejera espiritual; ese oído que necesitan aquellos dolientes del otro lado de la pantalla: “La gente está mucho más introspectiva y el Covid llamó a redefinir nuestras vidas. Estamos impedidos de salir, nos vemos limitados en estos espacios y nuestras cabezas piensan todo, todo el tiempo. Eso los hace replantearse el paradigma de dónde están viviendo. Hay personas que tienen como epifanías en las que ven que tienen que cambiar de trabajo y de vida. Entonces, en medio de la consulta legal, te preguntan qué opinás vos… Te cuentan toda la epifanía que tuvieron y cómo se dieron cuenta que su vida es una mierda y que su trabajo es el peor. Hay muchas epifanías de irse del país, cambiar de vida o de trabajo”.

Según explica la abogada tucumana, las consultas más frecuentes durante la pandemia fueron acerca de separación de parejas, divorcios, sucesiones y violaciones de derechos laborales: “No sé si hay más gente que se está separando ahora, en muchos casos, se trata de personas que ya estaban separadas y que venían posponiendo el trámite. También hay muchos dramas familiares y tironeos que estaban pendientes y algunos aprovechan este tiempo para resolverlos”. Y si bien ella no atiende asuntos del fuero penal, también llama la atención acerca del crecimiento exponencial de denuncias por violencia de género. En esos casos, Gabriela nunca les niega atención a las personas que acuden en su ayuda, pero después las deriva a profesionales que son especialistas en la materia para su mejor abordaje.

También ha debido atender muchos casos de secuestros de vehículos a personas que han incumplido con el aislamiento. En algunos de esos casos, el valor de las multas es muy alto, pero además pueden llegar a liquidar los vehículos. La cuestión se vuelve compleja porque no se trata sólo de una infracción de tránsito, sino que también se abre una causa penal por atentar contra la salud pública. Sin embargo, Gabriela advierte que, en la mayoría de los casos, es posible negociar para que se cierre el expediente judicial.

Los planes de ahorro de automóviles se han aprovechado del contexto con fines inescrupulosos. Según advierte, entre las disposiciones que ha adoptado el gobierno nacional por la pandemia, se encuentra una norma específica que establece que no se pueden aplicar intereses punitorios a las cuotas de los planes ni secuestrar los vehículos por falta de pago. Sin embargo, aun cuando los usuarios se encontraban impedidos de ir al banco a pagar las cuotas, las empresas han aplicado los intereses: “Me peleo con los clientes para que no los paguen y si bien la ley dice que no te pueden sacar el vehículo, ellos mandan cartas documento diciendo que te van a ejecutar la prenda. Son de terror, son los que más se están beneficiando con la pandemia”.