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"No entiende": Doña Rosa le convidó un mate a su hija en cuarentena y se armó en la cocina

HISTORIAS DE PANDEMIA

Es un ritual sagrado para muchas familias tucumanas: "Mi mamá puso a calentar la pava, nos sentamos en la cocina para charlar, pero cuando vi lo que estaba haciendo se lo hice saber y se enojó". Una situación en pandemia que nos pasa a muchos.

¿Tomamos unos mates? Cada uno con su propio equipo hasta que todo pase.




-Andá poniendo la pava.


Hasta que el mundo cambió, la vida de María tomaba una pausa todos los domingos después de comer: a la hora de la siesta, se iba a visitar a su mamá Rosa. Entraba a la casa, no había trapos de piso con lavandina, menos alcohol en gel al costado, se abrazaban, se daban un beso sintiéndose la piel de la mejilla y mientras acomodaban las cosas para la charla, el agua.


“A ella le encanta el mate. Con todo quiere tomar mate. Siempre los domingos a la tarde era una visita obligada, ya desde siempre. Después de almorzar, me voy a la siestita. Con sus problemas de huesos ahora no puede hacer muchas cosas, siempre vamos con mi hermana. Y tomamos mate. Pero ahora que no lo compartimos se enoja muchísimo”.


Cada familia se ha tenido que adaptar a los tiempos que corren: algunos como María han podido hacerlo, pero su querida mamá, quien cumplió los 80 este año, no. No entiende, no quiere entender, aceptar que algo tan simple como compartir un mate con su hija como lo hizo toda la vida, ahora, no.


“Nada de termo. El agua la ponemos en la pava de siempre. Pone el agua hasta que rompa el hervor. A ella le encanta hervido y con azúcar. Hasta dos cucharas por mate le mete. De yerbas le gustan la Cbsé y la Amanda, mezcla las dos y le pone al mate. Es un momento muy especial para cada uno compartir un mate con un ser querido. Ella recuerda anécdotas, cuando era joven. Me dice cómo los tiempos son diferentes ahora, en fin, la vida”, suspira María mientras habla con el diario el tucumano sobre uno de los rituales más clásicos en nuestra provincia y país: no hay grieta para el mate.


“Tomamos mates hasta que le digás ‘Gracias’. Si no le decís ‘Gracias’, sigue. Tiene sus cosas de salud, como los huesos, pero el azúcar lo tiene normal. Tampoco tiene problemas del corazón gracias a Dios. Mi mamá es un personaje tremendo: no te cuenta nada lindo, es peleadora, te reta por cualquier cosa. Me cuenta de sus padres que han sido siempre estrictos y que desde antes se trabajaba desde muy chicos. Ella cuenta que antes desde chico ya ibas a trabajar. Ah, y se enoja si la retás”.


“De las cosas de antes te cuenta que había por ahí de vez en cuando algún malintencionado, pero no como ahora con la delincuencia. Te cuenta que antes iban  a bailar en grupo y volvían a la casa como si nada. Algún amigo se podía pasar de rosca, pelearse, pero no más de eso. Siempre con un mate de por medio: desde chicos siempre el mate estuvo presente. Desde chicos, el mate cocido; y cuando entramos a la adolescencia, le tomamos el gusto al mate. Pero ahora que dejamos de compartir el mate, se enojó: ‘Mamá, ya no tenemos que tomar mate y si querés tomamos cada una en su mate’. Y ella me decía que no, que eso es una tontera, que ella limpiaba la bombilla y ya está”.


- Mirá, le paso la servilleta de papel a la bombilla.

- No, mamá, no es así.

- ¡Bueno! Le tiro agua caliente a la bombilla.

- Pero tampoco, mamá.  


Diálogos así se daban los domingos de cuarentena, hasta que un día, María le dijo a doña Rosa: “Mamá, no se puede compartir el mate. Si querés, cada una con su mate”. A lo que su madre no cedió: “No, así no se toma el mate. Para eso tomemos un té. Pero yo quiero tomar mate. ¿No querés tomar un mate?”


El “conflicto” llegó a los oídos de la hermana de María, la segunda hija de doña Rosa, firme con sus 80 años, escuchando hablar a las hijas: “Ahí dice la mamá que anda enojada porque no querés compartir nada en la casa”. A lo que María respondió: “No quiere entender”. Y al próximo domingo que la visitó llegó la mentira piadosa cuando su madre Rosa insistió: 


- ¿Vamos a tomar mate?

- No, mamá, me duele la panza.

- ¿Ves? Andás gorda porque no tomás mate y te metés cosas que te engordan.


“El mismo repertorio lo mantuve un tiempo, pero ya no lo hago. No voy por la cantidad de contagios que hay. Me llama por teléfono y me dice: ‘¿Por qué no venís?’ Siempre le digo que no puedo porque estoy trabajando, porque estoy cansada, pero en realidad es por todo lo que está pasando. Mi mamá no cree en el virus: tiene una negación, cree que es una tontera, una mentira de los políticos. Yo le digo que se muere gente, que no es mentira. Pero ella me dice que la gente se muere de otra cosa. Y no ve las noticias. Pero la negación de ella es un problema: le decimos que tiene que cuidarse. El trapo con lavandina, por ejemplo. O el alcohol en gel en la casa: no lo usa”.


Es una generación la de doña Rosa que creció en otro mundo: puede llegar a adaptarse a todo, hasta a hacer una videollamada por WhatsApp, pero es una generación que usaba un solo repasador para todo, que usaba la misma taza después de una lavada de agua con la canilla bien abierta, a veces para lavar los platos y otras para llenar la pava y compartir unos mates: “Yo rezo para que se desaparezca el virus. Para que se vaya. para que en Tucumán ya bajen los casos. Sueño con volver a las charlas de antes, a que seamos 30 en una mesa, a pasar las Fiestas todos juntos, a que en invierno nos reunamos todos alrededor de mi mamá, unos con el mate cocido, otros con el mate haciendo la ronda, con azúcar, sin azúcar, fuerte, lavado, eso es lo de menos”.