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Por qué se emociona Velázquez, el vendedor de escarapelas de Plaza Independencia

HISTORIAS DE ACÁ

Desde hace 40 años, Raúl José Velázquez ya es un clásico del centro tucumano con su puesto cargado de símbolos patrios: qué le pasa este año tan especial para todos los argentinos, cómo se prepara para el jueves, y qué siente por los colores celeste y blanco.

Velázquez y los colores patrios siempre a su lado. Las fotos son de Martín Taddei.




Se emociona Velázquez desde que se sube al 4 en barrio Echeverría. Se emociona Velázquez cuando hay paro y llega al centro en moto. Se emociona cuando, todavía de noche, despierta y, hasta que febo asoma, calienta la pava, chupa dos mates, llama a su hija y juntos, en colectivo o en moto, llegan a la plaza Independencia.

Se emociona Velázquez con el sol limpio de invierno rebotando en las arrugas del tiempo, en su rostro terso y moreno de sesenta y pico de años, en su cabeza cubierta por una gorra de Jesucristo. Se emociona desde que se instala en la esquina de 25 de Mayo y San Martín, se apoya en la baranda de bronce de la Casa de Gobierno y saca el panel de telgopor.

Se emociona Velázquez cuando de una bolsa grande saca con cuidado el centenar de escarapelas con sus respectivos alfileres hincados en el telgopor. Se emociona cuando coloca las banderas argentinas de plástico en lo más alto del telgopor y la bandera de tela extendida en la parte baja. Se emociona Velázquez cuando las mira flamear y se emociona cuando dice: “Desde hace 40 años aquí, maestro”.

Raúl José Velázquez es el vendedor emblemático de escarapelas en Tucumán: “Me emociono porque siento que estoy haciendo Patria. Siento que a veces el orgullo por nuestro país se está perdiendo. Antes, para entrar a la escuela, sí o sí teníamos que entrar con la escarapela y siempre puesta del lado del corazón, ¿eh? Ahora no es tan así”.

Se emociona Velázquez cuando recuerda la primera vez que llegó al lugar que hoy ocupa, a fines de los 70, y se emociona cuando jura: “Ni con los militares estuvimos tan mal. Ahora no nos dejan salir de las casas a los mayores. Y nosotros vivimos al día. ¿Qué quieren que hagamos? No queremos molestar a nadie pero tenemos que comer”.

Se emociona Velázquez puntualmente desde el 18 de mayo hasta el 9 de julio inclusive: es una línea temporal donde el amor que siente por la Argentina: “El 18 es el Día de la Escarapela. Ese día empiezo a vender y sigo con el 20 de Junio, Día de la Bandera; el 25 de Mayo, Día de la Revolución, y ahora el 9 de Julio, Día de la Independencia”.

“Siempre estoy para los actos patrios desde hace 40 años: estoy acá en la Casa de Gobierno, en la Plaza Independencia o en la peatonal. Siempre para las fiestas patrias estoy. Nunca falto. Cuando más vendo es para el 9 de Julio, que es cuando empiezan a venir los turistas, se llevan recuerdos, mantitas, prendedores y sus escarapelas. Ahora el ritmo viene bien: se puede vender lindo en un día: las escarapelas van de los 100 pesos a los 250. La bandera de tela cuesta 350. La variedad es amplia”.

Se emociona Velázquez, entonces, cuando pasa un empleado bancario y le pregunta si queda bien en la solapa del saco, cuando una joven de barbijo y uniforme de Rapicuotas se lleva la escarapela de brillantes.

“Son cosas que me hace un muchacho de la provincia de Córdoba: antes del 25 de Mayo lo llamo y me las envía. Las figuras son el país, la escarapela tradicional, la del bicentenario, la Casa de Tucumán, el prendedor bandera para las coquetas, y las escarapelas de tela para los alumnos que este año vamos a extrañar. Sí, los vamos a extrañar con el delantal blanco y la escarapela en el pecho. ¿Cómo no me voy a emocionar?”