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Adiós a lo de Ubila, el último bastión de la bohemia tucumana

historias de acá

Poetas, músicos, actores y melómanos de todo tipo pasaron por el Ubi-Car, un almacén de ramos generales bautizado por el tango como la abadía de los reos. El recuerdo y las lágrimas de despedida a lo que fue un cenáculo de amistad y de arte en Tucumán.

Ubila en la abadía de los reos, para siempre en el recuerdo.




Hasta hace no mucho tiempo, uno de los secretos peores guardados de Tucumán se ocultaba tras las persianas de chapa del 1152 de la calle San Juan, sede de un almacén de ramos generales que bohemios y melómanos convirtieron en su templo. ¡Si esas viejas paredes de azulejos tapizadas de recortes de diario hablaran! dicen quienes no paran las orejas. Si usted se arrima con el oído atento escuchará los rasgueos de las guitarras, el rumor de comité, la tertulia y el fandango que alargan las horas. Ahí todavía está Ubila predicando su amistad y los parroquianos que, sentados en cajones de cerveza, apuran un trago en la espera de las famosas huevadas de la Carime, alma mater y dueña absoluta de la cocina. Linyeras, manos sucias, mecánicos, poetas, guitarreros, escribas y doctores se amontonan para la misa del sábado que ya arranca con la cadencia del tango que lo honra y lo nombra como quien se despide de un amor:

Te declaro abadía de los reos
que olvidaron el salmo de rezar,
Don Ubila, levante las persianas
que hoy se toma, Dios, un vino, en Ubi-Car.

Esas voces siguen ahí, aunque ya no estén ni el mostrador, ni la balanza, ni los estantes. Aunque el trajín de los albañiles en su tarea no sea la farra de aquellos días en que Ubi-Car fue la abadía, la fonda y el cenáculo de canciones y copas compartidas. Si las paredes hablan, contarán la historia de este almacén de ramos generales donde se afincaron hace 38 años Pedro Ernesto Jeder y Nélida Rosa Drubi, Ubila y Carime. El almacén ya era el almacén que regenteaba un tano cuando llegaron, él de Raco y ella de Famaillá para formar su familia y emprender su propio negocio.  Delante de su casa, comenzó a funcionar el Ubi-Car a comienzos de la década del ochenta, mucho antes de que comiencen a proliferar supermercados y drugstores. Todo empezó un día de lluvia cuando Carime levantó la persiana para que los clientes pasaran a comer una picada y no se mojaran. Las empanadas y el picadito de fiambres y pan francés no tardaron en convertirse en el aperitivo y la pausa de los trabajadores que pasaban por ahí. Lo de las tertulias vendría tiempo después, a fines de los noventa.


“Primero venía la gente a hacer una picada, un vermut, una empanada, un vino… El espacio siempre fue el almacén. La mentalidad era que acá se comía de parado. Lo de las juntadas fue después, esto no estaba abierto al público, pero venían amigos y esos amigos invitaban a sus amigos. Así empezó a circular de boca en boca, decían que era un patio cultural donde se juntaban los amigos, pero siempre tenías que venir invitado por alguien. Venía la gente acá y se juntaban los sábados, primero era sólo al mediodía y después se yapó la noche”, recuerda Carime cómo se gestó la mística del lugar que empezaron a frecuentar grandes personalidades de la cultura local como los poetas Rubén Ángel Cruz, Néstor “Poli” Soria, Mario Casacci, el cineasta Gerardo vallejo, el guitarrista Federico Nieva, el cantante Julián Morel, Julio Robín, entre muchos otros. Los sábados al mediodía era la misa y Ubila era el abad, la convocatoria giraba en torno a su figura.

“Mi marido era un hombre que era muy amiguero, cuando llegaba a algún lado le decían: ¿vos sos el famoso Ubila? Era una persona que era muy buen anfitrión, una persona muy generosa, al que llegaba lo hacía sentir como que era amigo desde siempre. De acá nadie se ha ido sin comer y sin poder tomar una copa, sea que tenga los bolsillos llenos o vacíos”, comenta Carime cuyos platos gozaban de gran renombre entre los comensales de turno como el famosísimo bife a la sansonai, la huevada, los chipirones (kaftas), empanadas y comidas árabes. No había carta en Ubi-Car, no hacía falta. Se comía lo que había y donde hubiera un lugar donde parapetarse.


Tras la persiana de chapa, lo de Ubila funcionaba como una sociedad cuasi secreta, un club de amigos al que se iba arrimando cada vez más gente. Bohemios, laburantes, políticos y jueces compartían las veladas que arrancaban con el primer parroquiano que se asomaba a eso de las diez de la mañana y podían continuarse sin un horario definido. La abadía de los reos, como quedó inmortalizada en el "Tango de ramos generales" que compusieron “Poli” Soria y Rubén Cruz, contaba con su libro de actas donde los visitantes ilustres plasmaban sus firmas y también su propia y estrafalaria biblia del marketing con 17 puntos:

1. El cliente nunca tiene la razón.
2. La frase de bienvenida es: vos no vas a comer nada ¿no?
3. La atención es pésima.
4. No es barato, pero tampoco cómodo ni limpio.
5. Es un comercio donde un peso vale $0.50.
6. Se ha remplazado con éxito la frase “señor” por “animal”
7. El dueño garronea vino y comida a sus parroquianos.
8. La cerveza y el vino blanco se sirven tibios y el vino tinto, helado.
9. Todas las mesas son enclenques.
10. El mal humor de la cocinera es directamente proporcional al estado etílico y/o a la alitosis del despachante.
11. No se puede elegir la comida, se come lo que hay y sin sal.
12. El dueño se entromete en las conversaciones de los clientes usando a menudo la frase “vos cállate”.
13. La climatización es inversa.
14. Se prohíbe la matanza de cucarachas y moscas de la casa.
15. A los viejos clientes se los distingue con el trato de “boludo”.
16. Se redondea el precio hacia arriba para no dar vuelto.
17. Se trata de convencer a los nuevos clientes de no molestar y de comer en sus hogares.

En el reducido espacio del almacén cada uno se acomodaba adonde podía, pero sólo los más selectos tenían acceso a la zona vip que era el otro lado del mostrador. Esa jerarquía se ganaba a fuerza de años de permanencia y de amistad. No faltaban aquellos que llegaban en busca de algún consejo, palabras de aliento y largas charlas filosóficas y filosas. El amor, la vida, la muerte, el fútbol y la política eran materia del debate tantas veces intrascendente, como consta en el libro de actas los pronósticos de los parroquianos ante las internas del partido justicialista en 2007 entre Fernando Juri y José Alperovich.


Esas jornadas de conversaciones intrascendentes regadas de vino y música y las comidas de Carime se volvieron tan famosas que El Ubi-Car se volvió una visita obligada para los artistas de todas las latitudes que recalaban en Tucumán. Los Coplanacu, Jaime Torres, Julio Palacios (el de Julio Palacios y sus cañas mágicas), los actores Pablo Alarcón y Jorge Martínez fueron algunos de los protagonistas de esas tertulias a los que se sumaron nuevas camadas de artistas tucumanos como Blas García, Fernando de la Orden y Pablo Pacífico, entre tantos otros nombres de una lista que resultaría tan extensa que necesitaríamos de otra nota para dar cuenta de todos ellos. Los ilustres visitantes podían naufragar en océanos etílicos, pero en Ubi-Car, nadie se desubicaba porque el almacén era club de amigos, abadía y también casa de familia.  

“Nosotros lo gastábamos y le decíamos que eso era un centro cultural, el Centro Cultural Ubirla”, recuerda el músico Julián Morel, uno de los grandes animadores de las veladas que llegó hasta el almacén un día del año 2000 tras escuchar en El Alto de la Lechuza que había un lugar donde se iba a guitarrear y a compartir con amigos. Acaso guiado por su instinto bohemio o por cierta ansiedad etílica, Julián llegó hasta lo de Ubila. Una vez ahí, ya no se iría más: “Iban muchos que tenían empresas, había médicos, abogados, ingenieros… Ubila era un tipo que era muy convocante. Después lo conocí y era una excelente persona, un santo y un tipo muy estudioso, muy leído. Había debates sobre cuestiones muy importantes que se daban ahí y cuando había alguna duda él se iba adentro y sacaba una enciclopedia. El tipo era un melómano, un sábado a las cinco de la tarde estaba en la cocina solo tomando Fernet y escuchando música clásica”.


Fue Morel quien en 2009 instauró una fecha más a la misa de los sábados marcadas, sobre todo, por el folclore: los martes de tango. Un espacio donde muchos de los referentes locales copaban el almacén a la manera de esos antiguos bodegones porteños pintados de arrabal. Todo eso era posible gracias a la presencia del abad y maestro de ceremonias: “Hay que resaltar la bonhomía de Ubila, lo bien que nos trataba, ahí el linyera comía empanada con nosotros, era un lugar de encuentro y cualquier chapa quedaba afuera. Me acuerdo que a mí me decía Walt Disney porque hacía cantar a todos los animales. Sin Ubila no hubiera pasado nada de eso porque era él quien convocaba. Un lugar como ese sólo se puede conseguir con una persona como Ubila”.

A brilla mi amor. Esa era la frase de cabecera con que Ubila recibía a los parroquianos y daba inicio a su eucaristía pagana. En 2016, cuando la enfermedad comenzó a hacerlo flaquear, las reuniones se terminaron, pero el almacén continuó funcionando incluso después de su fallecimiento en 2018 hasta marzo de este año. Entonces fue que Nélida Rosa, Carime, se vio obligada a tomar la decisión más difícil de su vida: “Me costaba mucho tomar la decisión, son muchos años, muchos recuerdos, muchas cosas… Nosotros hemos sido muy compañeros con mi marido, estábamos las 24 horas juntos porque trabajábamos en el mismo lugar y, de pronto, él ya no estaba. Me costaba mucho atender el almacén y también tomar la decisión de cerrarlo. Son muchos recuerdos, mucha gente linda que ha pasado por acá. Gente que ha aprendido a quererla a mi familia y a mis hijos como si fueran sus hijos. Ellos compartían con nosotros las alegrías y las penas también. Me costó enfermarme ya no cocinar cuando vino un cliente y le dije que no”.


En este punto del relato, a Carime las palabras se le tiñen de lágrimas: “Cuando vi que le sacaban el frente, la persiana... me largué a llorar. He sentido mucha pena porque era parte de mi vida, pero tenía que tomar la decisión. Era como si le estuviera fallando a mi marido porque él amaba su negocio, él vivía para el negocio. Todos los días venía gente y la gente ya estaba acostumbrada al lugar. Mi marido ha sido una persona que sabía escuchar, sabía aconsejar y los hacía sentir bien. Hay mucha gente que agradece que, en alguno de los peores momentos de su vida, por alguna separación o algún problema, nosotros le hayamos abierto las puertas y que ellos se sientan con contención”.

Cuentan quienes traspasaron la ya histórica persiana de chapa que había una señal inequívoca de que la farra había llegado a su fin. Bastaba apenas un gesto para que los parroquianos comprendieran que ya era suficiente y que debían irse con la música a otra parte: Carime dejaba la escoba parada en la puerta. En ese momento, a modo de despedida, decía las palabras que ahora se niegan a escuchar los espíritus bohemios que todavía habitan entre estas paredes:  

- Esto ha sido todo por hoy, muchas gracias, buena suerte y hasta todos los momentos.

Mirá los videos de las tertulias en lo de Ubila: