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“No quería terminar así”: adiós a Nicolás Almaraz, el señor de los perros

HISTORIAS DE ACÁ

Vivía en las escalinatas del Concejo Deliberante sobre la puerta de calle San Martín casi Monteagudo. No daba un paso sin sus fieles amigos hasta que llegó la noche: "Los perros eran sus ojos y charlar con él era un gusto", lo recuerda Soledad, de Un Plato Caliente. VIDEO

Nicolás Almaraz, el señor de los perros.




Era habitual para miles de tucumanos y tucumanas encontrarlo ahí. Familias enteras dejaban sus casas y desde cualquier punto de la provincia tomaban un colectivo, viajaban hasta la capital durmiendo un rato más contra las ventanillas, y cuando el colectivero anunciaba que habían llegado a la Terminal, esos pasajeros todavía somnolientos hacían el último bostezo y subían por las calles que conducen al centro, al microcentro, donde se hacen los trámites que a otros lugares no llegan.

Uno de los caminos para dejar El Bajo y subir hasta el microcentro es bordear la avenida Soldati, doblar en la Refinor de la Francia, cruzar la Avellaneda y ya estamos en la San Martín primera cuadra, donde comienza a subir el rumor que de repente tanto se extraña en esta ciudad en cuarentena que ya se convierte en una orquesta de bocinas y gritos y vendedores ambulantes y boletas de la SAT por los aires.

Todo el paisaje urbano era visto por un hombre cercano a los 60 años, por Nicolás Almaraz y por sus perros, contemplando todo desde las escalinatas de San Martín 187, uno de los ingresos al Concejo Deliberante, donde por la puerta de la vuelta, la de Monteagudo, políticos y políticas de todos los partidos entraban y salían apurados con el celular en la mano: “A cada perro le puso el nombre de un político para recordarlos”, recuerda Sole, integrante de la organización sin fines de lucro Un Plato Caliente, este jueves de cuarentena en su casa en barrio Sur.

Nicolás Almaraz, el señor de los perros de Tucumán, deambulaba con sus amigos más fieles por la zona del parque 9 de Julio, se juntaba con sus amigos de la calle, pateaba con Marito, visitaba al popular Maradona cerca de la fuente, y volvía con sus perros cuando el policía de la puerta del Concejo ya se iba, cuando la calle también dormía la siesta y él con sus perros roncaban bajo el sol: “Eran sus ojos. Se cuidaban mutuamente. Nico podía no tener para comer, pero sí conseguía para sus perros. Cuando dormía, no cualquiera se animaba a acercarse a él para robarle o sacarle la vianda de comida que le dejábamos. Hasta que una noche pasó lo que pasó”.

Una noche Soledad fue a llevarle un plato caliente de comida, pero Nicolás Almaraz no estaba. A la noche siguiente lo mismo. “Solamente estaban los perros, desorientados, buscándolo sin encontrarlo por ninguna parte. Hace un tiempo no lo encontrábamos, a veces estaba en el Parque, o en el centro, siempre andaba por ahí. Lo reconocíamos por los perros, pero no aparecía hasta que supimos que estaba internado. Lo habían atacado, golpeado, estaba todo desfigurado. En el Centro de Salud no lo quisieron atender porque no tenía DNI, estuvo tres días tirado sin atención médica hasta que en el Padilla lo recibieron y se recuperó divinamente. Estaba limpito, lo habían pelado, más allá de que estaba todo golpeado, había recuperado el semblante, y preguntaba por los perros”.

Soledad fue a visitar a Nico dos o tres veces a la terapia del Padilla: extrañaba sus charlas cuando lo visitaba a la noche en la esquina de San Martín y Monteagudo: “De todo hablábamos, muchas veces volvía a mi casa quebrada. Él me decía que no quería terminar así su vida. Siempre estaba acompañado con Marito, hacían chistes. Siempre fue un señor educado, lúcio o no, jamás faltó el respeto a nadie. Cuando me enteré que falleció, me dolió, te duele porque establecés un vínculo. No queremos más pérdidas”.

Los últimos deseos de Nicolás Alcaraz fueron dos: “Una noche volvíamos de la zona de parque,  terminal vieja, comisaría 11, Centro de Salud y lo fuimos a visitar. Nos contaba que tenía una hija que estaba en Mar del Plata, soñaba con ir a verla, pero no pudo. Me quiebra el hecho de que nadie se ocupe de las personas que quedan en situación de calle. Él tenía a su madre, quien estuvo en la terapia a su lado. Nico a veces iba a verla, pero nunca se quedaba: ‘No me gustar encerrado, soy como un pájaro en libertad’, me decía. Siempre pienso en si mi mamá estuviese así, en ese estado, de vulnerabilidad, haría algo. Por eso ayudo, por eso ayudamos. Me parte el alma que no se haya podido hacer más por Nico. Así como hay veces que vuelvo a mi casa con el corazón lleno, el adiós a Nico me parte el alma”.




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