"Está ideal para tomar porrón": tarde de sed cervecera en Tucumán
Historias de acá
El termómetro adelantó la primavera y los tucumanos aplacaron el calor con litros y más litros de cerveza. “Sale el sol y salen todos los vampiros cerveceros”, afirma un experto en la materia. La verdadera grieta: ¿industrial o artesanal?
Exequiel porroneando en la Chacapiedras.
En su lento descenso, la gota de transpiración se desliza por las curvas pronunciadas del cuerpo morocho y obsceno. Baja como en un tobogán lujurioso, pecaminoso y sensual; provocador en su forma y más aún en su contenido. La gota acaricia la piel transparente, lame el vidrio, se pierde de a poco en el camino a su inexorable final. A plena luz del día y con una temperatura ambiente de 34 grados, la botella de litro, toda helada y sudada, sobre una mesa en la vereda de la esquina que todos los tucumanos conocen como la Chacapiedras es un espectáculo cuasi pornográfico. Son las 16 y sobre nuestras cabezas el sol irradia fulgores primaverales, cálidos tentáculos que invitan a destapar una cerveza. Después otra.Y, si la tiranía del tiempo y de los bolsillos enflaquecidos lo permite, algunas más. El día en su bochorno es toda una apología a la libación perpetua; una apología que parece decirnos al oído: ¡Vaciá!
En la intersección de Chacabuco y Piedras ya arrancó la temporada de bermudas. Por acá, en esta esquina, la temporada de cerveza es todo el año. Pero hoy, con esta primavera anticipada que humedece la piel de los tucumanos, se desató una sed que irá in crescendo con los grados del termómetro. Lo sabe Caro, la encargada de uno de los bares, que acomoda de forma metódica las botellas en las heladeras hasta colmarlas. Afuera, hay mesas arrimadas, gente de camisa y corbata y también de remera. La charla es acalorada y un reguero de botellas de cerveza, esqueletos vaciados que se amontonan para envidia de transeúntes sedientos que no pueden evitar mirar de reojo, acaso tragar saliva y pasarse la lengua por los labios resecos. Sólo en una mesa hay dos botellas de vino cosecha tardía: son la excepción que confirma la regla.
Confesará Caro que sólo en ese bar de esta esquina regada de bares, acaso la esquina más sedienta del condado, en un día de calor como el de hoy, pueden llegar a venderse más de 30 cajones de cerveza, es decir, 360 litros. “Están los que toman una cerveza y se van, pero también hay muchos que se emocionan tomando”, explica la joven. No son pocos los que le hacen caso a su sed y, tentados por las matemáticas de las promociones, piden de a dos y también de a tres. ¿Cómo culparlos? Dos Quilmes por $240 y tres por $410. “Es raro que vengan y pidan gaseosa… pocos cortan la cerveza con gaseosa”, reflexiona la encargada y sus palabras traducen el espíritu porronero del lugar. Contará también que, con la acuciante crisis económica, muchos han vuelto a la Brahma, la cerveza más barata del mercado que acá puede conseguirse por $340 las tres. Una ganga.
“¿Cómo sería si fuera sábado? ¿No?”, se escucha desde una de las mesas más populosas en gentes y en envases vacíos. La sed de cerveza no conoce de horarios ni días. Tampoco se toma feriado. A simple vista se puede advertir que nadie toma porrón solo: la simbiosis es porrón y charla, porrón y reunión, porrón y dejar de mirar la pantalla del celular para entregarse al debate circunstancial, filosófico, amistoso. Un par de porrones, la pausa justa, parar la pelota, pisarla, y seguir. O gambetear cualquier obligación hasta que las velas no ardan. Esa parece ser la premisa de dos jóvenes dueños de esta esquina: Exequiel y Ezequiel.
“Está ideal para tomar porrón. Hay solcito y está lindo. Mirá esa tarde, es una tarde de verano. La verdad que me han dado ganas de escabiar”, cuenta el Exequiel con equis. El joven de 27 años confiesa: “Vinimos a componernos un poco”. Es que ayer fue el cumpleaños de Ezequiel con zeta y anoche estuvieron celebrando. Anoche y esta mañana, anoche, hoy y, quizás, también mañana.En una continuidad con breves pausas que los tiene yendo y viniendo desde y hasta esta esquina. Una caravana que nadie sabe a ciencia cierta cuándo es que terminará. Sobre la mesa, cinco envases vacíos parecen desmentir la compostura: el antídoto se ha vuelto, otra vez, veneno. “La Chacapiedras es lo mejor de Tucumán. El que quiera venir, ya sabe, acá nos encuentra”, sentencia el Ezequiel con zeta levantando en alto el vaso a medias.
El mismo calor, la misma sed, otra cerveza. Las ganas de tomar porrón se han propagado hoy como una pandemia por cada rincón de la provincia. Lejos de la Chacapiedras, en Yerba Buena, las mesas de la cervecería artesanal La Calle, en Perón 2200, han comenzado a poblarse desde temprano, apenas abrió el boliche. “Sale el sol y salen todos los vampiros cerveceros”, destaca Federico García Totongi, el encargado de la cervecería, también conocido por acá como “El Gordo de La Calle”. Según sus estimaciones, los días de calor como hoy, las ventas se triplican: de alrededor de 100 pintas diarias pasan a 300. “El termómetro de todos los cerveceros es que no llueva y que haga calor. No queda ninguno, el careta y no careta, de resaca o no resaca, todos salen a tomar cerveza”, cuenta.

Según cuenta Federico, con el reciente auge de las cervecerías artesanales, hubo un retorno a la cultura de la cerveza. Los que antes se citaban a tomar un café para tratar alguna infidencia o cerrar algún negocio, ahora ponen un porrón como excusa. Pero también están aquellos que van pura y exclusivamente a tomar cerveza: “Acá la gente primero toma y después charla”. El promedio entre su clientela es de cuatro pintas por personas. Muchos de ellos aprovechan el “Happy Hour”, esas horas felices en las cuales es posible consumir dos vasos por el precio de uno.
En su caso, son once las canillas con once variedades de cervezas, aunque la especialidad de la casa son las cervezas lupuladas, una variedad más fuerte al paladar y de final amargo. Aunque en los últimos años las cervecerías artesanales se han extendido en la provincia, este especialista asegura que el mercado tucumano todavía está virgen, con una capacidad industrial que apenas alcanza al 20% de la demanda actual. En días de calor como este, no es extraño que los productores tucumanos de cerveza artesanal se queden sin stock: “Te puedo asegurar que en un par de años las cervecerías no va a dar abasto. Acá se toma mucha birra, demasiada birra”.
Federico no le esquiva a la polémica que divide, de un lado y de otro, a los amantes de la tradicional polarizada de litro y a los cultores de estas nuevas pintas artesanales: “La principal diferencia es que la artesanal es una cerveza que tiene vida, no tiene conservantes. Está en su estado más puro y natural, una cerveza industrial tiene otro sabor”. Sin embargo, el especialista asegura que no es un talibán del porrón artesanal: “Tomé 200.000 Quilmes en mi vida. Ahora cuando tomo una industrial siento que no es lo mismo, no es de exquisito, pero son cosas diferentes”.
Como buen cervecero, Federico apela a terminar con la polarización: “Tenés mucha variedad de birras, el abanico es gigante. No hay grieta en el mundo de la cerveza, se pueden tomar las dos”. Artesanal o industrial, rubia o negra, en porrón de litro, en lata o en pinta, escuchando cumbia o rock, en las esquinas, en los bares, en las veredas, el día tucumano invita a seguir vaciando.









