La Copa de la perseverancia y el sueño convertido en realidad
Al fin se nos dio. Después de 36 años de lamentos y lágrimas, hoy volvemos a llorar, pero de la felicidad. Un partido que quedará grabado en la historia de los mundiales como la mejor final de todas, y es nuestra.
Al fin se nos dio. Después de 36 años de lamentos y lágrimas, hoy volvemos a llorar, pero de la felicidad. Un partido que quedará grabado en la historia de los mundiales como la mejor final de todas, y es nuestra. Argentina es campeón del mundo, con un Messi levantando el trofeo más lindo de todos. Esa imagen icónica de Lionel, que no se nos olvidará nunca. No paremos de brindar, no paremos de sonreír, que la vida, por lo menos hoy, es un poco más justa.
Muchos hemos vivido en base a la oralidad de nuestros progenitores o amigos de estos, las sobras de un legado que marcó la historia del sufrido pueblo argentino, batallas que se dieron en un campo verde, que lograron vigorizar a una nación sedienta de alegrías que muchas veces no consigue en su cotidianeidad. “La incursión de Kempes” o “Maradona con el gol del siglo” (me quedo corto incluso si digo solo esto) eran algunas palabras que se grabaron a fuego en el consciente colectivo de los futboleros (e incluso de los no tan) para entender las proezas de esos guerreros que no tenían capas ni espadas, solo botines y la mochila de un sueño inmenso: el de un país por encontrar en el deporte más popular, la felicidad que tanto necesita.
Desde ese momento, vivimos decepciones que se fueron acumulando como nudos en la espalda: Codesal y su regalo hacia Alemania, nos cortaron las piernas, la expulsión de Ortega, el horror de Corea-Japón, los papelitos de Lehmann, la pintada de cara de los germánicos, era por abajo y Sampaoli destrozando el vestuario albiceleste. Sin embargo, cuando varios pensaron en extinguir de sus ojos las llamas de la ilusión, apareció una pulga rosarina que jugaba en el Barcelona, pero era más argentino que el dulce de leche. Poco a poco su magnificencia fue creciendo como su carrera, ganando todos los títulos habidos y por haber. Verlo era y es un orgasmo visual para los amantes de este deporte. Si nos permitíamos soñar era porque teníamos al mejor. Sin embargo, todavía le faltaba la Copa del Mundo en su vitrina, el logro más anhelado por cualquier mortal que habite este planeta. “Por esa cosa me mato” dijo alguna vez el Doctor, y creo que todos asentimos sin titubear.
Todas esas hazañas que oímos y que vimos por videos, se estaban reflejando en este Mundial. Con un Messi líder jugando el mejor fútbol que le vimos a sus 35 años: pragmático, protagonista, siendo clave en los momentos donde había que hacer un paso al frente. Él también tiene sus nudos en esa espalda. Como el titán Atlas, carga en ese metro con sesenta y nueve de organismo lleno de magia, todo un contexto contrariado por cuestiones ajenas pero que se tuvo que hacer cargo por su talento innato, porque nadie más que Él nos puede “salvar”. Cosa que ya vimos que era un hecho que había que desmitificar, porque en un juego colectivo, no juega solo 1. Y con la Scaloneta, los corazones estaban más encendidos que nunca, hasta para los escépticos exquisitos que no pueden soltar el pasado, pero que, en este 18 de diciembre, suspendieron la incredulidad.
Cantamos el himno, nos limpiamos los ojos y miramos con ansiedad como arrancaba la final del Mundial. Quizás la última bala para Lionel Messi y compañía como Di María u Otamendi. Esperábamos un partido parejo, pero rápidamente se convierte en la mayor muestra de supremacía que se vio de un equipo en una final con selecciones de renombre. Argentina era más. Cada pase, cada movimiento, cada ejecución tenia un sentido y una razón. Que Angelito arranque por la izquierda provocaba que el gambeteador Dembele no pare de ser gambeteado por esa zurda indescifrable. Y en uno de esos garabatos podales, el francés le quiere tomar la dorsal al rosarino, que siente el contacto y cae. Penal. El más importante de su carrera. El que sin dudas era Él, porque estos momentos son para los que tienen agallas, porque estos instantes son los elegidos los que logran escribir la historia. Lio las tiene y dio vastas sobras a lo largo de su trayectoria, pero sobre todo en este mundial. Espera hasta ver como ese buzo amarillo da un paso en falso para ubicar la pelota sutilmente lejos de esa mano gala y que todo sea un grito de hermandad y fraternidad. La delicadeza de los que aman el balón para poner el 1 a 0 y jugar más holgadamente.
Rogábamos no sacar el pie del acelerador y lo que vimos en ese segundo gol fue el manual del contrataque: 4 toques para llegar al área rival y encontrar al Ángel Endemoniado, que despliega sus alas y vuela con una definición excelsa para también elevarnos al mayor de los éxtasis: el desahogo y tranquilidad de un equipo dominante, que le hace probar una cucharada de su propia medicina a esta Francia asqueada del esférico. Merecido premio para un jugador que, como su par rosarino, jamás se rindió, que no pudo estar en esa final del 2014 masticando bronca por una lesión y una carta del frío Florentino Pérez, que la rompió como su contrato, sin mucho resultado porque a pesar de la impotencia era imposible que entre al campo del Maracaná. Pidió por favor a Scaloni que lo convoque, en un grito desesperado a los cuatro vientos de la prensa argentina, y se lo pago con creces. Goles en todas las finales que disputó para el Fideo y otro que también se mete en la historia grande futbolera de esta nación. Indudablemente entre los mejores 5.
Segundo tiempo. Argentina sigue con su libreto. Francia mete piernas frescas para liberar todo lo que no había podido hacer en esos 45 minutos. Si uno tiene que definir al fútbol, tiene que mostrar este partido: cruel y abstracto. Dos minutos de desatención, en el que Otamendi, de los 3 mejores centrales de esta Copa del Mundo, comete un penal por un error de cálculo. Luego, una pared que vuelven locos al Cuti y Molina, Mbappe que no había tocado la pelota en 79 minutos, la mandaba a guardar. Con esa sonrisa villanesca digna de la mezcla entre el Guasón, Norman Bates y Freddy Krueger, nos atrasaba la algarabía. Un Mbappe que tiene una mentalidad ganadora como nadie, y es un prodigio físico. Quiso superar a Pelé ganando dos mundiales de manera consecutiva. Encima de una mejor forma porque cuando esa Brasil gana en el 58´ y 62´, la segunda no fue tanto de Pelé, sino de Garrincha. Quería ser protagonista en las dos. Y lo estaba siendo.
A remar de nuevo, como vos cuando tenés que levantarte temprano todos los días y que cuando te calzas los zapatos ya estas haciendo malabares mentales para pagar los impuestos. Eso somos. Sufridos hasta el final. Hasta en la final. Suplementario y a lavarse la cara. Scaloni sigue sin hacer cambios en el medio, lo cual puede presagiar la pérdida de la mitad de la cancha. Los primeros 15 minutos son anecdóticos. Los segundos 15 son dignos de una película de Scorsese. Acción y giro de trama. La entrada de Paredes y Lautaro refresca al conjunto argentino. Una pelota larga y una gran combinación entre el Toro y el 10 que termina con el Messías empujando el rebote. Gol faltando 10 minutos. “Ya está, es como en el 86´, ya está” se escuchaba decir a más de uno. Era solo aguantar. Pum. Una mano de Montiel, penal de Mbappe, gol. Nunca sentimos un vacío tan grande en nuestra vida. Es como si una bazuca nos hubiera disparado a quemarropa. Nos miramos y no entendemos, esperamos que sea una mala broma de Dios o del destino. No lo es. ¿Nunca se nos va a dar? ¿Por qué lo que sea que este orquestando esto nos odia? ¿Acaso no podemos ser felices? ¿No lo merecemos? Dudas existencias que nos inundan los ojos de lágrimas, nos provoca taquicardia y hace que nuestro cerebro empiece a chocar con el cráneo. No damos más. No podemos soportar otro nudo en la espalda.
El azar es tan maquiavélico que, además, le gusta alimentarse del pavor que nos genera el solo hecho de pensar en lo peor. Pelota larga y el delantero Muani queda mano a mano con Dibu. Desértico como el mismo Qatar. Solo ellos dos. Ya está. Sacamos la mirada de la tele. Y de una manera inexplicable, haciéndose más grande que la muralla china, Emiliano Martínez nos da una vida más. Ese arquero que no era tenido en cuenta en el Arsenal. Que se fue de adolescente de Argentina para perseguir un sueño. Sueño que mantiene vivo con esta atajada de antología.
Penales. Creemos y soñamos. Este equipo dio muestras de carácter en momentos adversos. Imposible desconfiar. Y encima el primero lo ataja el enorme “Dibu”, el que se llevó la titularidad porque en esa Copa América ganada, Armani no paraba de dar positivo en los tests y Martínez no desaprovechó la oportunidad. Y se posiciona como el mejor arquero de la historia del fútbol argentino. No importa la experiencia sino lo que provocas cuando estas en la cancha y todos sabemos que el marplatense una va a tener. Nunca nos va a dejar a pata, como este equipo. Ninguno erra y luego de 13.331 días Argentina vuelve a inscribir su nombre en La Copa del Mundo. Y vemos la imagen que tanto queríamos. Ese hombre que al fin tiene premio porque nunca renunció, porque nunca claudicó, porque sabía que no podía irse por la puerta de atrás. Intentar hasta lograrlo. Messi es el ejemplo de la perseverancia, de la testarudez, de darse la cabeza contra la pared infinitas veces, pero hasta que el cuerpo y la mente no nos diga basta, debemos luchar por lo que queremos. Y que los odiadores seriales que solamente tenían un ítem para anular de la grandeza del Messías, se resguarden eternamente en esa cueva vacía y oscura, como sus mentes.
Todo los que nos contaron nuestros padrinos y madrinas que nos concibieron el bicho del fútbol, lo vivimos en este mundial de antaño: Caímos en el primero partido, Messi salvándonos de la eliminación con un zapatazo mágico, el fútbol champagne ante Polonia, las salvadas de Licha y Dibu ante Australia, el Topo Gigio y “Anda pa´ allá” del 10 para reivindicar al atacado futbol sudamericano con una definición para el infarto, el baile con una corrida de antaño detrás de mitad de cancha y la mejor final de la historia. Más condimentos no se puede pedir a este plato divino que tanto quisimos y hoy podemos probar. Sin dudas, el titulo lo vuelve especial, pero todos estos ingredientes son la combinación perfecta para darle mística a este seleccionado que nos representó en cada pelota, que fue a trabar con lo último que tenía, que tenían como motor la sonrisa de Messi y que querían más que nadie (o igual que nosotros) ese beso platónico entre la copa y el 10.
Párrafo aparte para este proceso de la Scaloneta, el joven inexperto que no tuvo miedo de cambiar por pedido de los jugadores, de ser un fútbol vertical a uno que tenga más la pelota y sepa efectuar el movimiento que pide cada jugada. Un proceso que consolidó a un arquero que pocos tenían en el radar, una dupla central de las más solidas de la historia argentina dándole banca a Otamendi cuando fue cuestionado en algún momento, un lateral derecho con características brasileras pero que es bien argentino, un Enzo Fernández que le bastó un casting con la Albiceleste para meterse al mundial y ser una de las figuras, un Mac Allister que tuvo que suplir a Gio Lo Celso y lo hizo con creces, un De Paul que es el motor y se come la cancha, un Julián que cuando no era titular en River ya era convocado a la Scaloneta y tantísimos otros jugadores que estuvieron cuatro años y el primer tucumano en ser campeón Mundial como Exequiel Palacios, que siempre la lucho a pesar de las lesiones y tiene el merecido reconocimiento. Algunos más, otros menos, pero todos igual de importantes para la conmemoración de un hito histórico no solo para el país, sino para el prontuario del esférico, de la mejor final de los mundiales, y es nuestra.
Sonrían, brinden, celebren y festejen. Con el que tienen al lado. También eleven esa copa al cielo para los que ya no están pero que fueron partes de la vida de cada uno. De ellos también es esto, que otorgaron su semilla para que germine y seamos felices. Desconfíen del que no se conmueve. Y disfruten, porque hoy, la vida es un poco más justa.








