Top

La revancha perfecta de un diciembre feliz

OPINIÓN

Argentina campeón del mundo es la reparación para tantos males. No es sólo fútbol. La euforia de estos días lo demuestra.





Como en ningún otro lado, en Argentina está instalado que diciembe es sinónimo de caos. Pero no el caos cotidiano de definir dónde pasamos las fiestas ("el 24 con mi familia, el 31 con la tuya", quizás la negociación más remanida) o de cerrar todas las ventanas abiertas en el trabajo (o los trabajos, porque uno sólo no suele alcanzar). El caos de verdad: miseria y hambre que redundan en marchas y protestas, que con un poquito de bronca y mucha mala leche de anónimos instigadores se transforman en saqueos; esos saqueos, que dejan inmigrantes orientales llorando en Crónica TV para estrujarnos el corazón, hacen tambalear a los dirigentes que no supieron domar la inflación y metieron una ley de ajuste atrás de otra contra los de abajo, como siempre. Entonces "que se vayan todos"; resulta que se van, hoy uno, mañana otro, la semana que viene otro más, y completamos el álbum de los cinco presidentes en una semana, transformado en orgullo nacional, junto a los cinco premios Nobel y los cuatro climas.

Sí, en diciembre pasan cosas, pero no todos los diciembres, cada tanto, como en cualquier mes. La gran derrota es que desde 2001 nos convencemos de que todo está mal todo el tiempo y que seguramente en diciembre seremos devorados por el caos, porque también nos lo merecemos, si somos un país de mierda. Pasamos las fiestas aliviados de que no haya pasado nada, no felices por estar todos ahí, de nuevo, a punto de arrancar la rueda para intentar llegar al doceavo y caótico mes del Año Nuevo.

No había terminado noviembre y ya se anunciaba que este sería el peor de todos. A falta de ocho días, dos muchachos que ya ni recordamos cómo se llamaban conseguían la hazaña deportiva de sus vidas y nos amargaban el desayuno del debut mundialista. Nunca más jugamos a las 7, por suerte. "El Mundial de los Cuatro Días", que parecía un chiste en la previa parecía acercarse a la cruda realidad. No fue así, porque una semana después estuvimos ahí, sobreviviendo, con lo justo pero en levantada, zafando del papelón, entrando a diciembre, bendito diciembre.

De todas formas, el caos llegó. Pero uno distinto del cotidiano y del voraz instalado en el inconsciente colectivo. Uno en el que cada tres, cuatro, cinco o seis días, sin importar si era laboral o fin de semana o feriado, algo nos impulsaba a salir a los balcones y escuchar el bafle de la vecina que pone el tema de La Mosca y luego La Cumbia de los Trapos; a la calle después, a tirarnos espuma, saltar y celebrar, subirnos a cosas (aleros, colectivos, paradas de colectivos, techos de los más diversos) y hacer una postal hermosa atrás de otra. En algún lado, privilegiados ellos, se encuentran con una abuela y cantan con el ritmo de Go West de Village People una letra simple y pegajosa que se transforma en grito de guerra para combatir la manija previa al domingo, ese gran domingo. Habíamos introducido un nuevo tipo de caos decembrista, y resulta que ya tenemos casi tantos tipos de caos como de dólar.

Llegó el domingo y todos sabíamos qué iba a pasar: sufrir, aunque pareciera fácil, sufrir y volver a sufrir, pero con la felicidad en el horizonte. El sueño se cumplió, la felicidad inunda ahora mismo las calles y es necesario celebrar. Juntarnos con quien sea para compartir esta felicidad. Tomarnos la revancha más hermosa: instaurar en Argentina, como en ningún otro lado, que dicembre será sinónimo de un festejo eterno, cada 18 diciembre recordaremos a Messi levantando la Copa del Mundo y agregaremos una instancia previa a los festejos de Navidad y Año Nuevo. Salud, argentinos y argentinas. Seamos felices en esta última quincena del año. Nos merecemos cambiar el sentido de nuestros diciembres.