El culto al sufrimiento, el Messi más maradoniano y La Selección de la gente
El 10 con la del 10, Argentina siendo Argentina. Primero hay que saber sufrir: ¿Después?, ¿Que importará el después? Estamos en semis, lo merecemos, a festejar y que se vengan más sufrimientos, para eso esperamos cuatro años.
“Dejó un pedazo de vida y se marchó”, es el verso tanguero que le cabe a cualquier argentino que hoy ha envejecido 5, 10, 20 años otra vez. “Primero hay que saber sufrir”, dice Naranjo en Flor en esa misma letra icónica que parece estar hecha a la medida de esta Selección, incapaz de simplificar las cosas, llenando las unidades coronarias de cuantas clínicas abiertas hay en el país.
“¿Con qué necesidad?”, se pregunta algún viejo sabio con mil años de cancha, que ni bien ese español pitó un full inverosímil supo que la noche se venía. “¡Qué falta pelotuda!”, exclama alguien cuando Pezzella se lleva puesto a medio mundo a pocos segundos de terminar los 10 insólitos minutos que adicionaron, vaya a saber por qué.
Desde el aire espeso de Lusail, llegó volando una sensación de gol de mierda que no tardamos en confirmar con una jugada preparada que solo puede surgir a esa altura de un Mundial desde un equipo que representa a un país con las necesidades básicas más que resueltas. Para nosotros, desde este lado del charco, no nos cabía más que masticar bronca y escupir puteadas a los cuatro vientos.
Antes, un equipo compacto, prolijo y ordenado, había sabido ponerse 2 a 0 con corazón y efectividad. Tal vez, relajado por la derota brasilera que, al menos, a los hinchas nos relajó con la idea de que perder no es tan malo y que ganar no revierte cruces de vida o muerte en el futuro cercano.
Todo había comenzado con un Messi inspirado, que sin mirar, captó por ese radar propio de los genios, el pique del incansable de Molina que controló y definió como si fuera un delantero nato.
Después, Messi mismo, despejó dudas con un penal que parecía liquidar el pleito y nos invitaba a una tarde de alegrías que nos anticipamos a concebir.
Pero así como el DT Ernst Happel quemó los libros del Fútbol Total, poniendo a Nanninga para empatar la final del 78 con pelotazos y un cabezazo, Van Gaal llenó de grandotes el área y hasta mandó los centrales para jugar por arriba hasta el final.
Scaloni lo entendió y puso a Pezzella para aguantar de arriba, pero el ex River no cabeceó ni una pelota playera, y encima hizo gala de una torpeza inaudita regalando la última falta de la tarde/noche que empezaba a ser más noche que tarde.
“¿Hay fuerzas para jugar 30 más?”, “No sé, decime vos, Lionel”, nos preguntábamos y contestábamos todos. Que alguien se vista de Kempes, que está en la tribuna alentando, que alguien llame a Bertoni, para que este alargue se defina. Hay que ganarlo como sea.
En los primeros 15 del alargue, Argentina entiende que la posesión lenta y cansina para recuperar la confianza es vital y ellos, por suerte, no entienden que es el momento de salirnos a matarnos y nos perdonan la vida.
Después, con la entrada de Di María, en el último cuarto de hora vuelve La Scaloneta audaz, maravillosa, ambiciosa, de la personalidad a prueba de balas. ¿Y qué importa que no entre? Aunque esto parezca guionado por Máxima y su esposo El Rey, de una nación que todavía cree en los herederos del poder, ese final de partido nos invita a soñar con una Selección que, lejos de haber perdido oportunidades, está hambrienta de gloria.
Y entonces, mientras descansamos el corazón que no para de latir, le pedimos al Dibu que se convierta en héroe, como Mascherano le pidió a Romero, que el Messi más maradoniano de todos los tiempos no nos falle esta vez.
Van Dijk gana todos los sorteos, elije el arco y patear primero, pero ahí se gasta su última cuota de suerte que lo trajo a él y a su Selección hasta acá. Entones el Dibu le adivina el palo y se lo come como Chiquito al Vlaar en el 2014.
Messí mira al arquero neerlandés y lo engaña como el Diego a Zenga en el 90. Después, el Dibu ataja otro y la película repetida nos hace viajar a San Pablo 2014, a Nápoles 90 y a un futuro que ojalá sea más promisorio que entonces.
El resto de los penales van por donde tienen que ir y aunque Enzo Fernández le ponga un poco más de suspenso a una tarde que ya no es apta para cardíacos desde hace rato, Argentina pasa a las semis cuando el Toro Lautaro se reencuentra con la confianza que le faltaba, cruzando un bombazo que vale más que todos los goles errados y anulados en Qatar. Gracias Lautaro, bienvenido, te extrañamos y te necesitamos.
Después, ya todos conocemos el resto: plazas llenas, monumentos embanderados, abrazos cerrados, gritos desencajados, voces roncas y fiesta en cada esquina. Argentina en semis y a seguir sufriendo que a eso hemos venido.








