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La Vida Mundial

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Dos días sin fútbol. Ansiedad por el partido con Holanda. Noticias que nos devuelven a la dura realidad. Mundiales que recuerdan otros mundiales. Nostalgia del presente. Interrogantes sobre el futuro. Un sinfín de emociones que trasciende generaciones y al paso del tiempo.





Los 43°C no ayudan a levantar la cabeza en estos días de vacío en los que las pantallas no muestran partidos, ni las aplicaciones resultados. 

El calor agobiante nos tumba y encierra en la angustia interna, dolorosa e indescriptible que suscitan estas 48 horas sin fútbol tras tres semanas tan intensas que miradas hacia atrás parecen dos años.

En estas jornadas que nos dan tiempo para pensar, nos afloran sentimientos encontrados y de todo tipo. Queremos que estas horas pasen rápido para que llegue el partido con Holanda y, a su vez, que ese partido no llegue nunca. 

Desde el pitazo contra Australia instantes después del atajadón del Dibu, venimos respirando hondo y tomando los seis días que separaban de los cuartos como un descanso para el corazón que viene sufriendo más de lo esperado. Sin embargo, no contábamos con 48 horas sin fútbol justo antes de volver a la cancha y todo lo que eso implica. 

Justamente, mientras Portugal todavía goleaba a Suiza en los últimos suspiros futboleros antes del receso, los argentinos cambiábamos de canal para escuchar la sentencia en la que un tribunal impresentable condenaba a la líder política más importante de este siglo, inhabilitando a ejercer cargos públicos con el único fin de proscribirla. 

Entonces en las mismas redes sociales y en mesas de café en las que hasta hace un ratito estábamos todos más o menos de acuerdo para alentar, renacen las grietas, las discusiones y los discurso del odio que suelen ser preponderante en tiempos no mundialistas. 

Porque si hay algo que tienen los mundiales es que nos abstraen de todo contexto político, económico y social. "Los utilizan para distraernos", dicen los mal pensados y tal vez tengan razón, pero que bien que nos viene de vez en cuando distraernos, entonces.  Así lo deja claro Matías Bauso en su extraordinario libro "78 Historia Oral del Mundial", cuando asegura que los 25 días de ese Mundial fueron los más libres y alegres de la nefasta dictadura cívico militar. También abona esa teoría un cuento de Juan Sasturain en el que un soldado de Malvinas sale de una trinchera en medio de una balacera, arriesgando su vida solo para averiguar cómo salió Argentina contra Bélgica. Algo parecido grafica Hernán Casciari en una carta ficticia que una ama de casa le escribe a Maradona para contarle que su hijo y su marido, por la crisis, tuvieron mucho hambre durante México 86, pero ni cuenta se dieron ¿O acaso alguien recuerda que, mientras el Goyco atajaba penales en junio del 90, había un 300% de inflación y ese año se superaría el 3000%?

El problema es que, con lo de Cristina, entre otras cosas, recordamos que la realidad termina por imponerse y siempre duele. En estos días sin fútbol, esa tormenta de realidad que nos inundó de arena el oasis mundialista, nos obliga a caer en la cuenta de que Qatar está terminando. Sólo ocho partidos quedan, ojalá que tres sean de Argentina. Los que peinamos alguna que otra cana, a esta altura tenemos más que sabido que los mundiales tarde o temprano terminan, pero todavía nos sigue doliendo.

Esa nostalgia del presente, que también es del pasado, puede volverse hasta del futuro ¿Cuántos mundiales más nos quedarán por vivir?  ¿A quiénes extrañaremos en el próximo? ¿Qué será de nosotros en cuatro años o en ocho?

Además, estamos probablemente transitando la recta final del último Mundial tal como los conocemos. El que viene, que se jugará innecesariamente en tres países, tendencia que parece llegar para quedarse, tendrá 48 equipos en un acto demagógico que le sirvió a Infantino para construir poder en Fifa. Para entonces, tal vez ya no esté Messi, lo más parecido a Maradona que pudimos imaginar y ya seremos algunos menos, y más viejos, los maradonianos que mantengamos la bandera y la memoria del Diego bien en alto. Cuando llegue el momento, seguramente nos picará ese bichito que siempre nos recuerda a la infancia y veremos en los niños, quizás embelesados por Alejandro Garnacho, el entusiasmo que alguna vez supimos sentir. Ahí estaremos. 

Los mundiales, acaso como los carnavales, sirven más para recordar los anteriores que para disfrutar los actuales. Entonces es inevitable el recuerdo de esa mamá, para nada futbolera, que buscaba a su hijo del jardín de 4 para que no se pierda la ceremonia inaugural del 90, sabiendo que nada le gustaba más. 

Ese mismo año, la casa de una abuela y una madrina que ya no están, era el escenario de gritos apasionados en la que un padre abrazaba a su hijo mayor. Hoy, apenas algún llamado pos partido y algunos comentarios futboleros en sobremesas de domingos aislados, sostienen ese lazo que mundialero que fue desde las desilusiones por el doping al Diego, el gol de Bergkamp, y la madrugada de Suecia, hasta el compartir tribuna en el Mineirao al ritmo de Brasil decime que se siente.

Entonces, a menos de 10 días de terminar una nueva Copa del Mundo que todavía nos mantiene ilusionados, en medio del calor agobiante, entre la ansiedad y la nostalgia, con la certeza de que para el 2026 ya no seremos los mismos, no nos queda otra que volver a embanderarnos, pedirle a La Selección por una alegría más para este sufrido pueblo, para el que cada cuatro años renace una ilusión.