Amor a la Messicana
Cumbia, asado y fernet. Argentina tuvo un primer tiempo pálido y sin ideas que le permitía a más de uno presagiar lo peor, pero apareció el Messias para despejar toda neblina y encaminar un triunfo que se festejó como una final. Luego, la delicia de Enzo para emborrachar el corazón, de nuevo, con ilusión. Pura garra, puro amor. Por Nicolás Martín.
Fueron 4 días de agonía. Más de 96 horas intentando encontrar el porqué de algo que ni el más pesimista de los pesimistas podía predecir. El sentimiento de un vacío que solamente tenía una solución posible: revertir una imagen opaca, inverosímil para los acontecimientos que se vivieron en la previa de un Mundial, con una Selección que arrastraba un invicto de 36 partidos, jugadores que en muchos años se sienten más terrenales que nunca, cercanos a la gente y compenetrados con un objetivo que comparten más de 45 millones de personas y sobre todo: una idea de juego colectiva que hacía creer que la Messi-dependencia fue cosa del pasado, un mal sueño del que nos costó despertar, influenciado por el mal manejo de los diferentes actores que pasaron por AFA, tanto dirigentes como técnicos, afluencia que no supo manejar la gran riqueza invaluable que siempre tuvimos, demonios que dejamos atrás o no.
Millones de miedos volvieron a aflorar luego del martes, el mal humor mezclado con el corrosivo calor eran un coctel explosivo y cotidiano en el hincha argentino esta semana. Y el único refresco para calmar este fuego doloroso era una victoria ante México. Era eso o hundirse mucho más en el volcán. Es como ese amor de adolescencia, intenso y volátil, donde uno espera que todo sea para siempre, cuando de repente, todo se acaba. Pestañear era inadmisible para Argentina, perder hubiera sido manchar y marcar en los libros más oscuros de la historia futbolística de este país, un proceso que devolvió la sonrisa e invita a soñar, a creer, y que hoy, lo sigue haciendo. Injusto por donde se lo vea, pero ¿Cuándo existió la justicia en el deporte rey?
Cambiar la imagen. Día nuevo, nuevas oportunidades. Clima de final pero confiamos en estos guerreros que batallaron en enormes coliseos como el Maracaná o Wembley. La pelota rueda y esperamos que la tromba albiceleste se lleve todo a su paso, que no deje escombros, que la furia de la derrota haya impregnado de sangre en los ojos a estos luchadores. Cinco, diez, quince minutos. El reloj era incesante, totalmente contrario a lo que pasaba en el partido. Lo que antes eran sensaciones de reversión, vuelven a teñirse de un manto de incertidumbre.
Pánico escénico. El problema radica en que ya es una secuela. Que la primera película fue mala y la historia se repite. Rigidez, carencia de dinamismo y la falta de un protagonista que se cargue al hombro el guion de un film, que se asemejaba más al género de terror que de acción. Los espectadores se tapaban los ojos, no lo podían creer, si fuera un cine, los tomates ya hubieran sido arrojados y la turba enardecida hubiera pedido el reembolso de las entradas.
Con puntos más bajos que altos, el segundo tiempo había mucho que cambiar. Era escalar una montaña del tamaño del Everest. A pesar del ubicuo aire acondicionado en el estadio, la pelota emanaba fuego cuando tocaba un botín argentino. Sin embargo, se sentía en el ambiente otra postura. Pequeños atisbos fueron traspasando las llamas del balón al corazón del equipo.
Una pierna dura de Otamendi. Una subida de Acuña. La gambeta de Di María. Cosas, pequeñas, pero que en un todo promueven la sinergia de un grupo de hombres que ya puede ver la cima. Y De Paul mete, más con actitud que juego. Y aparecen jugadas esporádicas del Messias pero, a pesar de las buenas intenciones, no son suficientes para ganar un partido. Scaloni ve esto y decide plantarse ofensivamente, porque el espíritu de Argentina mutó a algo que ya percibió, porque como tiburón que huele la sangre, se puede sentir que el gol estaba cerca. Adentro Enzo Fernández como 5, Nahuel Molina para darle profundidad a esa banda derecha y Julián Álvarez para exigir aún más a los endebles jugadores aztecas.
A los genios hay que esperarlos, cualquier tipo de apresuramiento puede provocar obnubilación en sus pensamientos y ejecuciones. Tratar de inclinar la cancha para que el 10 se sienta cómodo. Porque la asfixia se podía sentir. Pero de un Messi morado en el primer tiempo, en este complemento recuperó su tono natural de forma gradual. Su gambeta iba tomando más velocidad. Sus pases eran ambiciosos y llenos de confianza. Estaba más activo.
Solo necesitaba que alguien lo interpretará. Que cuando hiciera algo fuera del guion le siga la corriente. Y no hay quien mejor te entienda que aquel que nació en tu misma ciudad. Que eran de veredas separadas pero que los colores celeste y blanco los unieron. Vivieron lo mejor y lo peor juntos. Messi se ubicó en la medialuna del área. Esperando, calmado, sabiendo que el “Fideo” de alguna forma lo abastecería. Sin señas. Sin gritos. Solo ellos dos descifraron el final de esta escena. El genio frota la lámpara, y en el poco espacio y tiempo que le permitieron los de camiseta verde, metió un latigazo seco como el clima, pero que ahogó de alaridos de gol a todo un país. Un desahogo inconmensurable. Un alivio inexplicable. Ahora a aguantar, a sostener, a imponer más que nunca.
La ferocidad iba in crescendo. La existencia de la mera posibilidad de sacar adelante un partido chivo era tangible. Un partido Mundial. Muchos lo entendieron así. Menos alguien que parece vivir en una burbuja. Un descontextualizado total. Un arrogante que siempre jugó sin cadenas. Demostró su estirpe en pocos minutos donde le tocó. Enzo se llama como el ídolo de los hinchas millonarios. Juega con el desparpajo de los grandes. Así lo hizo en Florencio Varela, lo hizo en Núñez, lo hizo en Lisboa y lo hizo en Estados Unidos. Primera convocatoria. Un puñado de minutos. Suficientes para entrar a la máxima competición del deporte. Ahora lo hace en Qatar. Arrogante y locuaz, su dinámica desfachatada contagia y aceita los circuitos. Hoy con un gol de antología. En la actualidad no se concibe un equipo sin la rebeldía de Fernández.
Minutos finales y la cara de Scaloni es la de todos: al borde del llanto, caminando por los confines de la cordura, de salir de una presión inmensa. Mientras Otamendi se suma otro chichón y lo convierte en el jugador de esta Copa del Mundo con más duelos ganados.
Mientras De Paul vuelve a ser ese motor incansable. Mientras Julián obliga con sus corridas. Mientras la Argentina se une en un puño de alegría y emoción. Y Messi aguanta y gana una falta. Y la entrada de Palacios que fue una bocanada de oxígeno a un mediocampo que necesitaba una pausa ¡Y juegue Argentina, como sabe!
Pitazo final. Amor a la Messicana. A bailar con cumbia, a servirse un vaso de hielo con mucho fernet y a preparar el fuego para el asado. Argentina vuelve a soñar. Depende de sí mismo y que este triunfo sea el puntapié. Bienvenido Argentina al Mundial. A jugar así, todos los partidos como una final. Hasta el final.








