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A cuatro años de la épica decana en Quito, reviví esa jornada histórica

Para volver a llorar

Hoy se cumplen cuatro años del día que Atlético enfrentó la adversidad y ganó en Quito con la camiseta de la selección argentina por la Copa Libertadores. El retraso del vuelo, el partido que se suspendía y el “Dios es justo” de Pablo Lavallén. Volvé a vivir esa jornada de la que habló todo el continente.

Foto: El Tribuno.





¿Te acordás lo que fue ese día? ¡Cómo no lo vas a recordar si de aquel partido habló el mundo entero! Esa jornada de exactamente cuatro años atrás será guardada en la memoria de todos como una de las páginas más gloriosas de Atlético y del fútbol tucumano. No sólo porque se trataba de la primera participación de un equipo de la provincia en la Copa Libertadores, sino por todos los condimentos que hicieron de ese partido una autentica épica futbolera. De hecho, ya ha quedado inmortalizada para la posteridad como “La épica de Quito”. Para los poco memoriosos, recordamos que esa jornada en Ecuador, el Decano se impuso a El Nacional por 1 a 0, por el encuentro de vuelta de la Fase 2 de la copa. El vuelo del equipo que se retrasó, el partido que estuvo a punto de suspenderse, el colectivo con los jugadores que atravesaba Quito a toda velocidad, el diplomático Luis Juez que se convertía en héroe y Atlético jugando el partido de su vida con la camiseta de la selección argentina ¿Ahora sí? Te invitamos a volver a vivir ese día inolvidable.

Repasemos algunos de los detalles de la épica decana en Quito. Luego de empatar en el Monumental 2 a 2, Atlético definió la serie en Ecuador. El plantel decano viajó tarde, su avión no podía salir desde Guayaquil y terminó llegando una hora y media más tarde de lo que pensaba hacerlo. Por lo tanto, el partido que tenía que comenzar a las 19:15 arrancó a las 20:45.

También se recuerda ese partido porque la indumentaria del Decano no viajó, por lo que el conjunto tucumano no tenía ropa para jugar el encuentro, pero terminó luciendo la camiseta de la Selección Argentina sub 20, que se encontraba jugando el Sudamericano juvenil. Di Plácido fue Belmonte; Bianchi, Romero; Canuto, Torres; Evangelista, Zalazar; Leyes y Acosta, el “doble cinco”, Ascacibar y Ojeda; Leandro González fue Barco; Barbona, Zaracho y Zampedri, Lautaro Martínez. El único que no lució el escudo de la AFA a la altura del corazón fue el capitán, Cristian Lucchetti.



Esa noche quedó en la historia porque David Barbona hizo la pausa y dio un pase en profundidad a Evangelista, que con el último esfuerzo tiró el centro, para que Zampedri cabecee bombeado y se cuele por el segundo palo. Así, Atlético pasó de fase y su entrenador, Pablo Lavallén, largó su mítica frase: “Dios es justo”, tras quejarse por el vuelo que no dejaron salir desde Guayaquil.


Fotos inéditas del gol de Zampedri que desató la locura Decana:


El inolvidable festejo de los jugadores Decanos

Foto: @ATOficial

Te invitamos a leer alguno de los relatos de esa épica inolvidable para revivir todas las sensaciones de aquella jornada que perdurará por siempre en los corazones decanos y en la memoria de todos los futboleros.
 
¡Cómo olvidarme esa noche que en Quito fui la Selección! Por Marco Lamoglia
 
El mejor día de mi vida tuvo muchos altibajos, comenzando con una gran previa, pasando por unos nervios increíbles y terminando de la mejor manera, abrazado con todos los hinchas que coparon el estadio Atahualpa de Ecuador. Un día donde los nervios y la adrenalina se abusaron, pero tuvo un final único.

La jornada arrancó siendo increíble, con un asado entre un gran grupo de hinchas en la casa de no sé quién. Pero apareció una casa y el Batuque Manson puso manos en la parrilla para comenzar a deleitarnos con la previa.

Faso va, faso viene, el sol empezó a dejar de calentar y a tirar sus últimos rayos, cuando apenas eran casi las 18. Ahí, decidimos partir al estadio junto a Juan Pablo Sosa, Daniel Coronel, Ruben García y el Pila Monteros. En el transcurso, alguien recibió señal de internet y la noticia comenzó a llegar: “Atlético no salió de Guayaquil”. No entendíamos nada, no sabíamos que pasaba, solo queríamos llegar y averiguarlo.
Una vez que bajamos del bondi que nos dejó en el Atahualpa, tomamos caminos diferentes, ellos cuatro por un lado y yo, como prensa, por el otro. Ahí comenzó el peormejor día de mi vida…

Atlético no llegaba, y lo que es peor, aun no salía de Guayaquil. El general no sé cuánto, presidente, decía que si se jugaba en los primeros minutos, pero al toque el entrenador uruguayo quería hacerse el que respetaba los reglamentos y solo esperaba el tiempo necesario. Eso hizo que cambiaran de opinión los dirigentes y amenazaran con no jugar. Automáticamente entré en un estado de nerviosismo y decidí irme de la zona donde estaba la prensa recibiendo la información. Me aislé de todos, me fui a los pupitres y me quede a esperar.

Los minutos pasaron, las puertas se abrieron y los hinchas de ambos equipos comenzaron a entrar. Yo seguía ahí, solito en los pupitres, rodeado de ecuatorianos y sin ningún argentino cerca. Las peores noticias llegaban y mi estado era peor. Ahí, apareció mi gran compañero de la aventura, alguien que nunca supe su nombre pero era el corresponsal de Telam, que estaba cubriendo el sub 20 y lo mandaron a hacer Atlético. El muchacho, al ver mis nervios y que no paraba de fumar, me empezó a pagar cervezas. Luego de la segunda me dice “Quedate tranquilo que se juega, y jugaran con la camiseta de la selección”. Obviamente no entendía un carajo y después de caer en sus palabras, y de que me las repitiera lentamente, me calmé.



Apareció Leandro González en la boca del túnel y empezó a alentar a la gente, y yo exploté, solo, en el medio de todos los ecuatorianos que, muy respetuosamente, solo me miraban.

Arrancó el partido, un sufrimiento, pero del lindo. Porque el equipo siempre se mostró mejor que el rival. La tuvo Zampedri en la mitad del primer tiempo, pero se fue cerca. En el arranque del complemento, otra vez de cabeza, pero se fue por arriba. Y la tercera fue la vencida. Las sensaciones de lo vivido en el Atahualpa en ese momento son muy difíciles de escribir. Porque el centro venía muy bombeado, y el cabezazo del goleador fue aún más de colgadita, pero preciso, letal. Porque veía cómo iba cayendo la pelota dentro del arco y un nudo comenzó a salir desde mi corazón, pasó por la garganta y salió por la boca. Con fuerza, muchas fuerza, y con lágrimas. Lagrimas que no podían creer lo que mis ojos veían.
 
Mientras saltaba del pupitre, gritaba y gritaba a lo loco. Solo. Hasta que me di vuelta y estaba este muchacho de Télam que, vuelvo a insistir, nunca le supe el nombre. Lo miré, lo abracé, fuerte, muy fuerte. Necesitaba abrazar alguien y gritar y gritar, mientras la tribuna con los tres mil decanos explotaba y el resto del estadio enmudecía. El pibe me entendió y me abrazó, festejó y me volvió a pagar otra birra. Un genio.

Foto: @ATOficial
Siguiendo

Los minutos pasaron, ellos tuvieron algún remate de lejos y nada más. El árbitro dio el pitazo y atiné a pararme en el pupitre y cantar, festejar, reírme, llorar, gozar. Todo un sinfín de sensaciones que nunca había sentido, jamás. Mientras, los ecuatorianos que estaban a mí alrededor me miraban y me aplaudían, me felicitaban. Y yo, más loco.
Me despedí con otro abrazo del chabón y, lejos de irme a la conferencia o a hacer notas, me fui al carajo. Di la vuelta al estadio y metí en la salida de los hinchas del Decano que iban saliendo muy de a poco. Necesitaba abrazarme con ellos, necesitaba festejar, necesitaba cantar y reírme; porque esa noche quedará en nuestra memoria para siempre. La noche que en Quito fui la Selección.
 
El día que el Deca jugó un cuento de Soriano Por Exequiel Svetliza
 
La tienen bien difícil los escritores de literatura en Tucumán. Sucede que acá, como reza el dicho popular, la realidad supera a la ficción. La frase hecha y hartamente repetida suena a lugar común (y lo es) y condena a pecar de poco original a quien la pronuncia. Sin embargo, a riesgo de hundirme en la vulgaridad de lo ya dicho, quisiera avanzar sobre ese juicio para emitir la siguiente tesis: en Tucumán la realidad no sólo supera a la ficción, se realiza día a día como tal. Es que nuestra provincia tiene un poco del Macondo de Gabriel García Márquez y algo del Springfield de Los Simpsons y un porcentaje de la Ciudad Gótica de Batman. Suena exagerado, pero no lo es. Hay historias de todo tipo y para todos los gustos. De las que hacen reír a carcajadas y de las que hacen llorar a moco tendido. Tragedias y comedidas y de las que tienen un poco de ambas. Historias con héroes y con villanos, o bien, con héroes que se convierten en villanos y villanos que devienen luego en héroes. Anónimos, famosos y tristemente célebres. Parafraseando la ecuación del compañero Pedro Noli: Tucumán es la provincia más pequeña de la Argentina y también la más densamente poblada, por lo tanto, esta es la provincia con más historias por metro cuadrado del país. De no ser así, nosotros, quienes escribimos sobre esas historias, no tendríamos cómo llenar tantas páginas, de las palpables y las virtuales.
 
Se sabe que el fútbol es, a escala, como la vida misma en la imprevisibilidad de su dinámica. Y el fútbol tucumano no tiene por qué ser indiferente a esa afición local por los enredos literarios. Las peripecias que padeció Atlético ayer en su incursión a tierras ecuatorianas parecen, una vez más, confirmarlo. Sucede que todo lo que aconteció antes, durante  y después del partido entre el Deca y El Nacional es digno de las ficciones futboleras pergeñadas por el escritor Osvaldo Soriano. Algunos de los sucesos   y personajes plasmados en sus obras parecen haberse replicado en el episodio de anoche.
 
Repasemos: un equipo se enfrenta al partido más importante de toda su historia y este se pospone en una espera angustiosa, como en el cuento “El penal más largo del mundo”. Al relato se suman muchos condimentos increíbles: un avión que no despega del aeropuerto, la incertidumbre de miles de hinchas que han viajado miles de kilómetros, la especulación periodística, la cuenta regresiva en la pantalla, los imparciales que se muerden los codos frente al televisor, la intransigencia de los rivales, los que opinan en las redes sociales y los que putean. La alegría se tiñe de tristeza y la justicia parece alejarse de los justos. Y ahí aparecen otra vez los matices sorianescos: El Nacional de Ecuador es un club fundado por el ejército de ese país, lo cual recuerda a ese clima de tensión bélica de la novela “Cuarteles de invierno”, donde un boxeador llega como retador a un pueblo militarizado que le hace sentir su condición de visitante. Y también sus personajes: la carismática intervención del embajador Luis Juez y su patriada para hacer que el partido se juegue nos remite al personaje del cónsul Bertoldi, el protagonista de la novela “A sus plantas rendido un león”. En plena guerra de Malvinas, Bertoldi se propone plantar la bandera argentina en la embajada inglesa de un ignoto país africano y en esa pequeña gesta se siente heredero del prócer San Martín. Paradigmáticamente, Juez es nuestro paladín de la justicia deportiva y poética, como lo sintetiza con sus palabras: “Déjense de hinchar las bolas con el reglamento”.
 
La enumeración de afinidades entre la realidad y la ficción podría continuar, pero para muestra bastan un par de botones. Lo de Atlético en Ecuador pareciera desbordar los límites imaginativos de la literatura. Sigamos entonces con el relato: un plantel que se baja apurado del avión y viaja a bordo de un colectivo que atraviesa Quito a toda velocidad, como en una escena de fuga hollywoodense. En el trayecto, el embajador pide a los ecuatorianos por televisión que los dejen jugar, que lo hagan por el bien de la patria, del deporte y de la justicia divina. Al final, no pesa ningún reglamento sino las leyes implícitas del fútbol barrial: se juega. Entonces, los jugadores, que han llegado al estadio como si fueran víctimas de un certero y masivo ataque de diarrea, salen a la cancha con camisetas y botines prestados. Toman prestados también nombres que no les pertenecen, como los delatan sus espaldas. Aunque los colores siguen siendo los mismos de siempre, llevan en el pecho el escudo que aglutina a toda la patria futbolera, que los apropia como sus héroes. Tenemos entonces un equipo de jugadores apurados, con ropa prestada, en un clima hostil, que se juega el partido más importante de toda su historia. Como si esto fuera poco, esos tipos salen a la cancha y juegan a la pelota. No sólo juegan, sino que meten un gol y ganan ahí donde todo había sido adversidad. Y mientras las redes sociales explotan en un rumor colectivo del que nadie quiere quedarse afuera, ni propios, ni ajenos ni convidados, la historia comienza a contarse y la ficción pierde una vez más. Esta vez, por goleada.
 
Llegará ahora el tiempo de los festejos de algunos y de las cargadas de unos a otros, la proliferación de analistas que estudiarán la imprevisión o la conjura de los dirigentes, los filósofos de las tácticas y las estrategias y sus sofismas de pizarrón. Se llenarán muchas páginas, de las palpables y de las virtuales, con títulos rimbombantes.  Lo de ayer, más allá de los colores que cada quien defienda, recupera un poco del anacrónico y olvidado género de la epopeya. Se trata de una épica incruenta y lúdica, sin batallas ni caídos, que sólo el fútbol parece capaz de encarnar en los tiempos que corren. Es el fútbol y somos nosotros, los tucumanos, que nos escribimos día a día como parte de un cuento increíble.